
A Richard Bergh no le interesaba centrar su obra en la representación de escenas nacionales e históricas o mitológicas. Nacido a mitad del siglo XIX en Estocolmo, hijo del paisajista Johan Edvard Bergh, cuando comenzó a dominar cierta habilidad los lápices y los pinceles se inclinó por el realismo. No estaba bien visto en su país. Esa tendencia era más bien francesa. En el norte de Europa las postales épicas e históricas mantenían cierta hegemonía temática.
En 1881, a los 23 años, se fue a Francia a continuar un legado. Veinte años antes, los pintores suecos Alfred Wahlberg y Hugo Salmson torcieron el camino al decidir formarse en París en lugar de ir a las ciudades alemanas de Düsseldorf o Múnich, como hacía la mayoría de los artistas. Por eso fue que Bergh y varios artistas de su generación tomaron la posta de los disruptivos de la generación anterior. Lo que estaba en juego era la libertad artística.
Estudió en Francia y llegó a ser un participante habitual del Salón de París. Sus cuadros eran muy requeridos y su estilo muy halagado. En 1883 recibió una medalla. Pero amaba Suecia, como sus colegas, entonces decidieron volver, no para que todo siga igual, sino para cambiar las cosas.

El pintor Ernst Josephson ya había expresado críticas al panorama artístico sueco en dos ensayos de diciembre de 1884. Cuatro meses después, un texto firmado por Josephson, Bergh y 84 artistas más le “declararon la guerra” a la Academia Sueca y a las instituciones tradicionalistas. Entonces comenzaron las exposiciones tanto Francia como en Suecia de las que participaron pintores como Carl Larsson, Anders Zorn, Nils Kreuger, Bruno Liljefors, Karl Nordströmy y Georg Pauli.
En ese gran punto de inflexión en la historia de la pintura sueca se crea la Konstnärsförbundet —en español, la Sociedad de Artistas Suecos— con Sede en París y Estocolmo, con Josephson como presidente. En 1903 Richard Bergh pinta el el Consejo de la Sociedad de Artistas Suecos, que hoy está en el Museo Nacional de Estocolmo. Allí están los principales referentes del “movimiento opositor”, como se los llamaba, y sobre la mesa el logotipo de la organización.
A los pocos años las cosas fueron cambiando y el arte en Suecia se volvió mucho más libre. Fue cuando entonces aceptó la propuesta y se convirtió en el director de la renovada la Academia Sueca del Museo Nacional.

La belleza que hoy presentamos se titula Tarde de verano nórdico (mide 170 centímetros de alto por 223,5 de ancho), fue pintada entre 1899 y 1900, y es una de las joyas del Museo de Arte de Gotemburgo en Suecia. Escribe el crítico de arte Kristoffer Arvidsson: “Tarde de verano nórdica es un emblema de la pintura del crepúsculo de la década de 1890 cuando los ‘opositores‘, que se encontraron con la luz en París, regresaron a su tierra natal para pintar el paisaje nórdico”.
Y agrega: “Esta pintura atrajo mucha atención en la exposición Northern Light, que estuvo de gira por los Estados Unidos en 1982-1983. En la recepción estadounidense, la posible carga erótica o marital de la pintura estaba en foco, mientras que la recepción sueca se centró más en la relación entre el hombre y la naturaleza. Parte del poder sugestivo de la pintura es que estimula diferentes interpretaciones”.
Para Bergh, el arte era un lugar de libertad, por eso siempre se opuso, como sus compañeros, a las imposiciones estéticas de las instituciones suecas. Hasta que lograron cambiarlas. “El museo de arte debe ser como una casa de belleza abierta a todas las personas”, solía decir. Murió en Estocolmo en 1919 a los sesenta años.
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