
El pintor francés Jules Lefebvre (1834-1912) fue un maestro de los desnudos femeninos del siglo XIX, un artista de la academia puro y duro, y formador de toda una camada.
Nacido en Seine-et-Marne, vivió en Amiens desde sus primeros años. El rol de la ciudad en su formación sería esencial y él lo agradecería vendiéndole la pintura Lady Godiva, por un precio cuatro veces menor a lo ofertado por otro comprador.
En Amiens, Lefebvre -de quien hoy se cumple aniversario de fallecimiento- asistió a la escuela municipal de dibujo y luego, cuando debía abandonar la École des Beaux-Arts de París por provenir de una familia humilde y no tener recursos, fue su ciudad adoptiva la que financió su carrera.

A lo largo de su carrera expuso 72 obras retratos en los Salones de París entre 1855 y 1898 y tuvo entre sus pupilos al paisajista escocés William Hart, a los estadounidenses Childe Hassam, Frank Weston Benson, Edmund Charles Tarbell y John Noble Barlow, así como los franceses Georges Rochegrosse, Henri-Lucien Doucet, Gaston Darbour y Adolphe Déchenaud, por nombrar algunos.
Entre sus obras más conocidas se encuentran La muerte de Príamo, por la que ganó el Prix de Rome en 1861; La Vérité (La verdad), que le dio fama y prestigio, y que se encuentra en el Museo de Orsay; los retratos M. L. Reynaud y el del Príncipe Imperial y, por supuesto, Lady Godiva.

Realizado en 1890, el óleo sobre lieza representa la leyenda de Godiva, una dama anglosajona del siglo XI, esposa de Leofric, conde de Mercia y señor de Coventry. Si bien no hay documentos que avalen la historia como fidedigna, ésta fue relatada por Roger de Wendover, monje de la Abadía de Saint-Albans en 1188, en Flores Historiarum, un siglo después de los supuestos hechos.
Según la leyenda, Godiva le pidió a su esposo que bajara los impuestos de los pobladores de Coventry. Él respondió que sólo lo haría después de que ella recorriese la calle principal a caballo, totalmente desnuda. Ella lo hizo, no sin antes acordar con sus vecinos que estos se encerrarían en sus casas durante el paseo. Todos los habitantes sostuvieron su promesa y no la observaron, bueno casi todos. Un hombre llamado Tom se atrevió a mirarla y, por ende, quedó ciego. De allí proviene la expresión inglesa Peeping Tom (Tom el Mirón), que se utiliza para los voyeuristas.

Lefebvre no fue el primero en representar esta leyenda, pero su versión es sin dudas una de las más bellas de la historia del arte. El belga Adam van Noort lo hizo en 1586 y lo siguieron Marshall Claxton (1850), Joseph Van Lerius (1870) y finalmente los prerrafaelitas Edmund Leighton (1892) y John Collier (1898).
La pintura se presentó en el Salón de 1890 con gran éxito de la crítica. La ciudad de Coventry ofreció comprar el cuadro por una gran suma, pero Lefebvre eligió a Amiens, donde hoy se puede apreciar en el Museo de Picardía.
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