
Marie-Guillemine Benoist (1768 – 1826) fue una pintora que tuvo cierta proyección a principios del siglo XIX, aunque la historia, como a muchas grandes artistas mujeres, las fue corriendo del lugar que les corresponde.
De estilo neoclásico, cultivó la pintura histórica y de género, aunque lo hizo con una mirada que hoy se llamaría feminista y que en ese momento generó malestar en los centros academicistas.
En 1791, con 23 años, por ejemplo expuso por primera vez en en el Salón de París. con La inocencia entre el vicio y la virtud. Hay un giro importante en la interpretación de personajes. Es un evocación mitológica donde Hércules tiene que decidir entre la virtud y el vicio. En el cuadro del pintor italiano Paolo Veronese de 1580, Hércules es, desde luego, varón, y abraza a la Virtud mientras el Vicio intenta agarrarlo con fuerza. Virtud y Vicio, en Veronese, son mujeres. Lo que hace Benoist es una destitución masculina para poner en el centro de la escena, en el protagonismo, a la mujer. El vicio, en este cuadro, es el hombre, y es quien intenta tomarla. Pero la virtud es mujer y es con quien finalmente su Hércules, que también es mujer, se queda.

Volvió a exponer en el Salón en 1800, con otra emblemática obra Retrato de una negra o, como se la llama en la actualidad, Retrato de Madeleine, que se encuentra en el Museo del Louvre, París.
La obra, realizada solo seis años después de la abolición de la esclavitud en las colonias francesas, simboliza la emancipación de los hombres y mujeres negros. Con esta obra, la autora rompe la costumbre de los pintores occidentales de representar a los habitantes de países no europeos con vestimentas exóticas. Entonces, se criticó la equiparación artística de los esclavos con las personas libres.
Años después, el debate prosiguió. El historiador de arte británico Hugh Honour celebró su “imagen cálida y noble y humana”, mientras que Griselda Pollock, especialista en la relación entre la mujer y el arte, aseguró que se pone “vergonzosamente a su modelo negra, como en un bloque de subasta de esclavos, para servir a la causa de su propia creatividad”. ¿Qué hay detrás de esta obra? ¿Cuál era el contexto y cuáles las condiciones de producción?
Con la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, llegó la abolición de la esclavitud. Fue en la Convención Nacional de 1794. El contexto era fortuito para hacer una obra de este calibre, aunque la sociedad —sobre todo la alta sociedad, donde acontecía este arte— aún estaba atada a sus prejuicios más conservadores. De hecho, dos años después de que Benoist presentara su Retrato de Madeleine, Napoleón restablece la esclavitud. Su abolición será definitiva recién en 1848, con lo cual estamos hablando de una libertad muy endeble.
El poder de este cuadro es trascendente. Basta con contemplarlo. Una mujer negra con un sólo pecho al descubierto —connotación de madre lactante— mira al espectador con una firmeza propia de la autodeterminación. Su mirada es desafiante, orgullosa. Los colores que la acompañan son, además de un blanco que enfatiza la libertad, detalles azules y rojos completando el símbolo de la revolución. Si esto no basta para percibir la posición antiesclavista y libertaria de Benoist, se puede agregar lo que bien señala Doris Y. Kadish: Jacques-Louis David, su gran maestro, era un ferviente partidario de la revolución. Evidentemente sus tardes enteras de trabajo en el taller estuvieron llenas de formación ideológica.
La lectura, entonces, que se ve en Retrato de Madeleine se bifurca en tres sentidos. En primer lugar, aparece eso que Carles Feixa Pàmpols llama transformar el estigma en bandera: intensifica el color oscuro de la piel de la modelo en contraste con el fondo y la ropa como forma de remarcar su disidencia étnica. Por otro lado, la emancipación de los esclavos está teñida por un fuerte componente de clase, con lo cual la lectura clasista está. Y en tercer lugar, y en concordancia con el resto de su obra, la mirada feminista es inevitable: porque la modelo es mujer y es madre, y en ese universo donde el patriarcado es un sistema mucho más represivo de que lo es hoy, Benoist pinta, como si de un manifiesto se tratase, a una mujer libre. Ni más ni menos.
Una obra feminista, clasista y antiracista. Eso construyó Benoist que, más tarde, abrió su taller para introducir mujeres a la pintura.
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