
Es todo desolador. La postura de ese hombre, con lo brazos y hombros vencidos, a la espera. El bebé del fondo, mal tapado por una manta, en el abandono, mientras un joven recolecta flores. El pobre pescador es una obra de corazón triste, en la que aún lo que no sucede para suceder, una pieza atravesada por un clima de extrañeza, de hastío, de abandono.
Cuando en 1881 Pierre Puvis de Chavannes ( 1824-1898) realizó esta obra era ya un pintor consagrado, de éxito, sin embargo la pieza fue rechazada por el academicismo.
Puvis de Chavanne era un simbolista, un poeta del pincel, y sus obras eran despojadas, escapaba al barroquismo, a la superposición de detalles, a la desmesura. Buscaba representaciones honestas, sin artilugios, lo más desnudas posibles, a través de la utilización de colores planos y claros. Y en sus trabajos hay un estatismo que las impregnan de esa sensación de que algo ha pasado o está por pasar, la incertidumbre de la tristeza.
Defensor del muralismo, realizó frescos y pinturas en Amiens y en el Panteón de París, como también decoró otros edificios públicos de Europa y Estados Unidos.
En El pobre pescador, uno de los fundadores de la Société Nationale des Beaux-Arts, retrata a un viudo con sus hijos en un momento de su trabajo, en el que el tiempo para hacerse eterno, y da su visión sobre la desolación y la resignación de las clases sociales menos favorecidas. No hay en la obra una idealización romántica.
Al mirar al pescador es imposible no realizar una asociación bíblica, como un pobre cristo que ante un contexto solo le queda sacrificarse por sus hijos, ese es su destino.
La obra, que se encuentra en el Museo d’Orsay, fue la primera de Puvis de Chavannes comprada por el estado francés, aunque la polémica suscitada cuando se presentó en el Salón de 1881 postergó esta decisión hasta 1887.
Pero, ¿qué molestaba de la pintura? Por un lado su composición sintética, esto del despojo, que para la época pareciera de facturación sencilla con respecto al puntillismo o el impresionismo, que ganaban adeptos, y ni hablar de la tradición clásica. Por otro lado, el rechazo del autor a utilizar modelos y su búsqueda de romper con la perspectiva. Estos dos eran afrentas. Y el color, de matices verdosos, opacos.
Puvis de Chavannes fue amado y odiado. Estaban sus detractores, que le criticaban tener buenas conexiones y, por ende, un mejor pasar económico que el resto de sus colegas, quienes en general atacaban su obra. Sin embargo, las nuevas generaciones encontraron en la fuerza de su despejo una belleza singular, inaudita hasta entonces. Entre ellos estaban Seurat, Gauguin, Denis y Picasso. El tiempo le dio la razón a este último grupo.
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