“Si me hacen jugar a las 12 del mediodía con un sol que me parte la cabeza, tengo derecho a decirlo. En la cancha la cara la pongo yo. Nadie paga por verlo a Havelange”, Diego lo dijo en el mundial de México ´86. Joao Havelange era el presidente de la FIFA. El tema era el horario de los partidos para la televisación en todo el mundo. Si un partido en México se jugaba a las siete de la tarde, cuando el calor bajaba, en Europa, por ejemplo, donde estaban los televisores de las potencias iban a ser las dos de la mañana. Imposible para el gran negocio. Y un mundial también es un negocio. A jugar al mediodía entonces. Y Maradona ya sabemos lo que hizo al mediodía en ese mundial, con ese calor y en esa altura.
Maradona tuvo siempre una relación clave con la lengua que resulta imprescindible para entender su épica y el dolor de este momento. Cuando en un programa de televisión, lo llevan a “La blanqueada”, la pizzería que estaba en Pompeya, en Avenida Sáenz y Roca –la vi cerrada cuando pasé ahora en octubre y me dio mucha pena–, donde Diego se comía dos porciones de pizza cuando bajaba del colectivo que lo traía de entrenar en la cancha de Argentinos Juniors en Paternal, para cruzar el Riachuelo y tomar el tren en la estación de Puente Alsina hasta Fiorito. Le traen engañado a Diego un chico que juega en las inferiores de Boca y que parece que la rompe, y que de hecho está haciendo ahí en la pizzería todos los malabares posibles con la pelota. La sorpresa televisiva, claro, es que aparece Maradona. El chico hace jueguito y Diego entra. Abrazos y lágrimas y música de melodrama, y después el periodista le pregunta a Diego qué le pareció, y Diego dice: “que ahora lo haga en la cancha”. Antes había contado la anécdota de un húngaro que lo quería desafiar a ver quién hacía más jueguito con la pelota, pero nunca había jugado con la selección. “Vos hacés jueguito, yo me jugué la vida”.
El genio era zurdo pero la lengua de Maradona era diestra en todos los tonos, en todos los géneros. Podía ir hacia la épica: “Yo me equivoqué y pagué, pero… pero la pelota no se mancha”, podía ir hacia la chicana ordinaria y rencorosa, “la tenés adentro”, hacia la tragedia: “nos cortaron las piernas”, la gratitud –a Bochini, su ídolo– “pase maestro, lo estábamos esperando”, la ironía “no me dejan entrar a Japón porque consumí droga, pero dejan entrar a los yanquis que les tiraron dos bombas atómicas”, o hacia el humor de salón, el chiste freudiano “Yo crecí en un barrio privado… privado de luz, de agua, de teléfono”. Como Borges, como Charly García, como Perón, como Tita Merello, como Federico Peralta Ramos, como Gatica, la lengua de Maradona tiene la relación perfecta con la indecible verdad del ser argentino.
Tal vez por eso, cuando Diego se encendía, cuando se iluminaba, y estaba dispuesto a correr hacia el gol por la orilla del mundo y contra las fuerzas del orden, sacaba la lengua. Hay muchas fotos que captaron eso. No era la lengua afuera, mostraba la lengua. No hay Maradona futbolista y Maradona hombre, no hay Maradona bueno –el deportista– y Maradona malo –el insolente, el vicioso, el irresponsable–, esas son categorías falsas, el dedito del poder que se levanta para decir qué es lo correcto y qué no. Maradona es un hecho extraordinario de la Historia y la lengua argentina, “Dios es inconsciente”, indicó Lacan. “Dios es argentino”, decimos nosotros, y no sólo nosotros.
Diego lloró muchas veces públicamente. Cuando perdió la final con Alemania en el ´90, cuando le cortaron las piernas en el ´94, cuando se despidió del futbol, por sus hijos y nietos, y en los últimos tiempos, después de que sus padres murieran, se emocionaba fácil y lloraba seguido. No es común que los hombres públicos lloren, no es común que los políticos lloren, incluso que los artistas lloren fuera de cálculo ¿por qué será? Pero los pueblos lloran a sus héroes, siempre fue así. Lloran y rezan, y traen un recuerdo y dejan una ofrenda. ¿Qué diría Diego al ver a su pueblo llorarlo así? Llorarlo como nunca ese pueblo va a llorar a nadie. Mejor que no lo vea, que no nos vea así, se pondría tan triste que se moriría.
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