
I
Cuando un espectador se para frente a una pintura de Max Ernst, piensa: ¿qué es esto? Esa pregunta nunca aparece al principio. Las primeras sensaciones siempre son intensas porque golpean estéticamente con una brutalidad agradable. Los colores y las formas que suele usar este pintor alemán funcionan como tentáculos: atrapan al espectador y no lo sueltan.
Luego, sí, aparece la pregunta inquietante: ¿qué es esto? En Napoleón en el desierto, una obra que comenzó a pintar en Francia, pero la terminó en Santa Mónica, California, después de escapar de la Europa devastada por la guerra, es un signo abierto. El espectador debe completar su significado. El título, como suele ocurrir con muchos pintores, sobre todo con Ernst, influye en la confusión.
En esta obra de 1941 que está en el MoMA de Nueva York vemos un paisaje con cielo despejado y agua calma. Al fondo, se asoma una criatura marina (¿un pez?), adelante, rocas, vegetación, una columna en el medio y a los costados los dos extraños protagonistas de la escena: a la derecha una figura masculina con máscara y a la izquierda una mujer que muestra parte de su cuerpo.
II
Max Ernst es un hombre del siglo XIX. Quizás por eso su imaginario es tan críptico, tan extraño, tan diferente. Nació el 2 de abril de 1891 en Brühl, ciudad del Imperio Alemán, hoy simplemente Alemania. Fue un pintor, escultor, artista gráfico y también poeta. Fue un artista prolífico y pionero del movimiento dadaísta y del surrealismo.
Lo interesante de su biografía inicial es que no tenía una formación artística formal. Lo que lo llevó a ser lo que fue era su actitud experimental hacia la creación. Así inventó el frottage, una técnica que utiliza el calco de objetos con lápiz como fuente de imágenes, y el grattage, una técnica análoga en la que la pintura se raspa sobre el lienzo para revelar las huellas de los objetos colocados debajo.
Tuvo tres nacionalidades: alemana, por supuesto, hasta que se naturalizó estadounidense en 1948 y francés en 1958. Era un hombre del mundo. Adonde llegaba, lo hacía con los ojos muy abiertos, siempre dispuesto a aprender cosas nuevas, pero sin olvidar de dónde venía: de otro país y de otro tiempo. Vivió 84 años. Murió el 1 de abril de 1976, el día antes de su cumpleaños número 85.
III
Las obras de Ernst son alucinantes en varios sentidos: primero, los colores que utiliza; segundo, las minuciosidad de sus formas llenas de detalles; tercero, el efecto de confusión y familiaridad que provoca en el espectador. “No hay ningún elemento que sea totalmente interpretable aunque nos parezca familiar”, escribe Julián González Gómez sobre Napoleón en el desierto.
Esta obra tuvo un renovado interés por la crítica y el gran público cuando formó parte de la exposición Max Ernst: Beyond Painting en el MoMA en 2017. Allí se devela que el pintor utilizó decalcomania, una técnica semiautomática en la que se aplica pintura con una hoja de vidrio o papel para crear texturas inesperadas. Así manipuló el paisaje y sus extraños habitantes.
Luego de mucho trabajo, Ernst terminó la obra en 1941. Cuando, en aquel entonces, le preguntaron qué era eso que había creado, respondió: “Posiblemente, una expresión inconsciente de mis sentimientos en ese momento; porque su figura central no es un Napoleón triunfante, sino un Napoleón en el desierto de Santa Elena en el exilio y la derrota”.
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