
El fauno despierta reúne las tres obsesiones pictóricas del finlandés de Magnus Enckell (1870-1925): el homoerotismo andrógino, el simbolismo y la personajes mitológicos.
El artista, de quien hoy se cumplen 150 años de su nacimiento, fue el primero en su país en romper con el naturalismo academicista, por lo que desde sus inicios, su obra sufrió rechazos y sobre todo repudios, cuando centró su énfasis en hombres desnudos, algo que resultaba escandaloso en su época.
Estudió en Helsinki, pero fue en París -en dos viajes en diferentes momentos de su vida- donde su producción se vio profundamente afectada. En su primer traslado, se unió al movimiento simbolista galo, con una fuerte influencia del pintor Pierre Puvis de Chavannes.
Así, en esta obra temprana, sus piezas son de tonos suaves y apagados, colores marrones lavados, y con hombres andróginos como eje. Muchachos desnudos de mirada perdida, inexpresivos, que parecen no conocer empatía ni pulsiones, carentes de emoción. Incluso cuando las figuras aparecen en grupos demuestran inconexión, como si fueran entes que no registran al otro.

Como todo simbolista, Enckell busca la realidad universal, despojarse de los artificios de los avances sociales y tecnológicos, para que su obra reflejara la vida interior. En ese sentido, la relación personal con el escritor y ocultista Joséphin Peladan, a quien conoció en su segundo viaje a la Ciudad de la Luz, le imprime a su mirada una perspectiva esotérica
El artista encontraba en estos temas una manera de poder aceptar su homosexualidad, tema que lo angustiaba existencialmente. Durante esta época pintó El despertar, su máxima obra, en la que conjuga el punto de vista simbolista sobre un joven que parece apagado de la vida, que en sus primeros momentos del día pareciera no querer continuar.
Como los prerrafaelitas, otros simbolistas, encontró en la mitología un espacio donde poder ingresar a un escenario donde se confunde la idealización de una vida cruenta con metáforas.
Tuvo una breve etapa inglesa, tras un viaje a las islas, en la que realizó retratos y se enamoró de la estética renacentista, luego recorre las ciudades italianas de Milán, Florencia, Rávena, Siena y Venecia, cuando ingresa al postimpresionismo, dando a su paleta un cambio radical con el uso de colores más brillantes. Se unió en ésta estética a Verner Thomé y Ellen Thesleff en el grupo Septem.

En 1907 realizó Resurrección, un fresco de diez metros de ancho y cuatro metros de altura, para la nueva catedral de Tampere, una ciudad del sur de Finlandia. Aquí, como en acto político, regresa al simbolismo, con un trabajo de colores tenues en el que representa a personas de todas las razas que salen de sus tumba para encaminarse hacia el paraíso. Entre ellos, puede apreciarse a una pareja de hombres tomados de la mano.
El fauno despierta, que se encuentra en el Museo de Arte Ateneum, Helsinki, es una obra de sus último años, en 1914, 11 antes de morir, en la que mixtura su pincelada postimpresionista con su numen, los jóvenes semidesnudos y la mitología.
En la pieza, la criatura legendaria despierta bajo la cálida luz del sol y fue inspirada por el ballet ruso que el artista vio en París. “La figura humana en el exótico paisaje natural era un tema que se encontraba a menudo en el arte de la época, simbolizando el sueño de una conexión entre el hombre y la naturaleza. Hoy, esta obra y otras producciones de Enckell también se pueden leer como abiertamente homoeróticas, pero en el pasado la interpretación estaba envuelta en expresiones oscuras”, dice la reseña del museo sobre la obra.
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