
En su testamento, Alfred Nobel explicó qué tipo de autor debería ganar el Premio Nobel de Literatura. “Quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”, escribió el filántropo sueco. ¿Qué significa escribir en “la dirección ideal”? Eso corre por cuenta de la Academia Sueca que es la que anuncia el primer jueves de cada octubre al gran ganador.
Entre esas decisiones hubo muchas indiscutibles —Thomas Mann, William Faulkner, Ernest Hemingway, Samuel Beckett, Svetlana Aleksiévich y Gabriel García Márquez, sólo por mencionar algunas—, así como también los que generaron dudas. El ejemplo clásico es Winston Churchill, cuyo premio parecía más un reconocimiento a su actuación contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial que el Nobel a un gran escritor. Pero en la larga lista que comenzó en 1901 hay grandes ausencias.
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Quizás la más destacada, al menos en este rincón del planeta, es Jorge Luis Borges. En una entrevista con Infobae Cultura, su viuda, María Kodama, contó que un día alguien en la calle le dijo a Borges: “Maestro, yo voy a rezar a Dios para que le den el Nobel”. “¡Por Dios!”, le respondió él, “¡no haga eso! Si me lo dan, voy a ser un número más en una lista. Así soy como un ícono al que no le dieron el Premio Nobel”. Así se tomaba el asunto el autor de El aleph, Ficciones y tantos libros que ya son universales.
Pero Kodama contó que el día en que Borges se preparaba para ir a Chile a recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica, sonó el teléfono. Hablaban desde Suecia. Luego de oír el motivo de la llamada, respondió: “Mire señor, yo le agradezco muchísimo lo que usted acaba de decirme, pero hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar. Y después de lo que usted ha dicho, mi deber es ir a Chile. Adiós”.
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En ese momento Augusto Pinochet lideraba la dictadura chilena. La Academia Seuca le estaba pidiendo que no vaya y que, además, realice un gesto contra los atropellos a los derechos humanos del país fronterizo a la Argentina. Por principios y compromiso, Borges finalmente decidió ir. De esa forma le dijo “no" al Nobel y eso fue para siempre.

Otro elemento que marcó Alfred Nobel en su testamento fue que el ganador en la categoría de literatura debía ser de “tendencia idealista”. “El comité se tomó la frase a la tremenda en los primeros tiempos, y la adujo para rechazar las candidaturas de León Tolstói, Mark Twain, Henrik Ibsen y Emile Zola. Cuando se relajó la norma ya estaban todos muertos”, escribió Javier Sampedro en El País en el año 2009. En ese sentido, la decisión del jurado y de los consultores externos está determinado siempre por una época y un contexto.
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Un ejemplo es Karel Capek, gran escritor checo de la primera mitad del siglo XX que, más allá de lo anecdótico de introducir la palabra robot, escribió libros de finísima ironía contra el nazismo como La guerra de las salamandras. Fue este mismo motivo el que suscitó dudas al comité Nobel en si premiarlo o no. “A los académicos les parecían demasiado insultantes para el Gobierno alemán”, cuenta Sampedro.
Pero a la Academia Sueca le interesaba la obra de Capek, entonces le dijeron que para darle el Nobel era necesario que escriba libros menos controvertidos. Eso fue lo que le insinuaron. Jamás lo hizo, por supuesto, y dio por terminada su aspiración al mayor premio literario.
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En los 119 años de historia que cumple el Premio Nobel, hubo muchísimas ausencias, algunas hasta escandalosas. La lista es larga pero tiene sus trampas. Por ejemplo, Marcel Proust murió en 1922 y su principal obra, En busca del tiempo perdido, no estaba terminada para entonces: el quinto, sexto y séptimo volumen vieron la luz en 1923, 1925 y 1927, respectivamente. Algo similar ocurrió con Franz Kafka, que dos de sus novelas más aclamadas, El castillo y El proceso, fueron publicadas de forma póstuma.
Lo que ocurrió con uno de los grandes escritores de todos los tiempos, James Joyce, también es para mencionar. Irlanda, país al que representaba, ya tenía dos galardones —William Butler Yeats y Bernard Shaw; luego se agregarían Samuel Beckett y Seamus Heaney— para cuando él sonaba como candidato. Es una injusticia del destino, pero también del criterio del jurado, que el autor de Ulises no haya sido premiado.
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Lo que a Virginia Wolf le impidió ser elegida fue un tema de criterio, pero en otro sentido: el machismo de la Academia Sueca hizo que su obra nunca fuera destacada. No sólo a ella también a escritoras importantísimas como Irène Némirovsky, Willa Cather, Rosario Castellanos, Ursula K. Le Guin y Margaret Mitchell, sólo por nombrar algunas. Desde 1901, sólo fueron galardonadas 15 mujeres, de las cuales cinco de ellas lo recibieron en los últimos quince años.

Pero también está el famoso y universal “acomodo”. Lo que ocurrió en 1974, año en que se hizo una doble premiación, puso bajo sospecha la reputación del Nobel. Había dos grandes candidatos que tenían el apoyo de la crítica y de los lectores y, años más tarde, de la historia. Uno era el británico Graham Greene, que nunca lo ganó y muchos sostienen que es por dos motivos: su inmensa popularidad y la intensidad de los temas religiosos que trata en sus novelas. Y el otro era Vladímir Nabokov, el ruso, autor de Lolita, Pálido fuego y Ada o el ardor.
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En ese particular 1974 los ganadores fueron Eyvind Johnson, autor de Odisea, Regreso a Ítaca y Los días de su majestad, y Harry Martinson, que escribió Ortigas en flor y, según el jurado, sus textos “atrapan la gota de rocío y reflejan el cosmos”. Ambos escritores no sólo eran suecos, también eran miembros de la Academia Sueca, institución que entrega el premio.

Y además de los mencionados se pueden sumar César Vallejo, Anton Chejov, Ítalo Calvino, Julio Cortázar y tantos, tantos otros. Una lista que con el paso del tiempo se agranda porqueel Nobel sólo es entregado a un autor vivo y, de a poco, los grandes escritores mueren. Es el caso de Philip Roth, por ejemplo, que falleció en 2018 sin obtener el preciado galardón.
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