
El viaje como metáfora que transforma una existencia es casi un lugar común. Me corrijo, es un lugar común. Pero si este tipo de frases existe es porque, seamos realistas, resguardan una verdad profunda. Y en el caso del estadounidense Thomas Moran puede haber un buen ejemplo, porque aquí el viaje no es solo personal, sino también físico y, a su vez, único, como sucede con los expedicionarios.
Como muchos artistas de la época, el estadounidense Moran (1837 – 1926) comenzó con el grabado porque, a fin de cuentas, allí estaba el dinero en la industria de la imprenta, pero se cansó del proceso y comenzó a indagar en las acuarelas. Y fue en su juventud cuando encontró a su referente, al artista que lo obesionaría y que definiría su carrera: William Turner.
Entonces, J. M. W. Turner, el gran pintor británico, el primer gran paisajista, vivía sus últimos años y su obra era exaltada en el mundo entero. Moran dejó todo y marchó hacia Inglaterra para poder estudiar los óleos y acuarelas de primera mano. Es indudable que el uso del color, la luz e incluso la selección temática -angular, diríamos- de las obras que realizó a partir de entonces tienen la impronta turnereana.
Si bien tenía un nombre como ilustrador para distintas publicaciones, su carrera dio un vuelco cuando lo convocaron para un viaje inaudito, como era adentrarse en el corazón de Yellowstone, hasta entonces una zona casi inexplorada, de la que se tenía conocimientos por relatos, lo que le daba una espíritu más de mito que de realidad.
Era 1871 y desde el Servicio Geológico de EE.UU. preparaban un viaje como ningún otro, una especie de oda a la Expedición de Lewis y Clark a principios de ese mismo siglo. El viaje, que por supuesto tenía un propósito económico, estuvo promocionado por Jay Cooke, financista del bando triunfador durante la Guerra Civil estadounidense, la Unión, y que luego se convirtió en el rey del desarrollo de los ferrocarriles en el noroeste del país.
Así que motivado por extender su reinado y consciente de la importancia de las imágenes, Cooke pidió al Servicio la incorporación de Moran, “un artista de Filadelfia de excepcional genio”, incorporó al viaje a la Scribner’s Monthly, una revista ilustrada donde mostrar los trabajos, y también al fotógrafo William Henry Jackson, que se especializaba en mostrar la “América profunda” en asociación con empresas de trenes.
Fueron arduos 40 días, yendo de un lado a otro, trabajando sin parar, en los que Moran realizó 30 trabajos. Sus obras, como las capturas de Jackson, conmocionaron al país, se convirtieron en un suceso y, gracias a ellas, el presidente Horace Grant y al Congreso de los Estados Unidos crearon el primer parque nacional allí, en 1872. Moran y el fotógrafo volvieron a trabajar juntos en la expedición al oeste en 1873.
En las obras de Moran late el espíritu de Turner como también el de Yellowstone a tal punto, que el artista, ahora reconocido y con éxito financiero, comenzó a firmar sus obras como TYM: Thomas Yellowstone Moran.
Moran realizó una serie de pinturas a gran escala sobre su experiencia, como El Gran Cañón de Yellowstone y El abismo del Colorado, comprados ambos por USD 10 mil cada uno, cifra inaudita para entonces, por parte del Congreso para ser exhibido en el Capitolio en Washington. Hoy, ambos se encuentran en el Museo Smithsoniano de Arte de la capital.
Con parte del dinero ganado, Moran regresó a Europa, especialmente a Venecia -como Turner-, donde realizó bocetos para su serie con la ciudad de los canales como eje. Y aprovechó para traerse una góndola para dar realismo. Sus últimos años los pasó pintando el paisaje y estilo de vida de los pueblos originarios en los pueblos de Acoma y Laguna.
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