Turner, según el pintor inglés Richard Dighton
Turner, según el pintor inglés Richard Dighton

A veces, cuando las cosas no funcionan, hay que salir a caminar. Turner lo hacía, caminaba mucho. Podía hacer treinta kilómetros diarios observando lo que lo rodeaba. Salía de la ciudad, transitaba ese purgatorio que desembocaba en praderas y pastizales, el río Támesis, el silencio, para contemplar el atardecer. En su libreta anotaba ideas y dibujaba bocetos. Luego, en su casa, ya tranquilo, se paraba frente al lienzo y se fundía en él.

Estamos hablando de la Londres del 1800, los instantes en que se estaba tejiendo el nuevo mundo y la gran Revolución Industrial —con sus industrias, el ferrocarril, el humo y la migración a las ciudades— cambiaba el paisaje para siempre. Sin embargo, Joseph Mallord William Turner —ese era su nombre completo— sentía cierta nostalgia por la naturaleza que mutaba. Vivir ese momento de metamorfosis exigía cierta capacidad de contemplación, y él la tenía. En su obra el horizonte ocupa un rol clave, porque ordena y permite la fuga al infinito.

¿Qué escenas paisajísticas hubiese pintado Turner hoy, con los rascacielos que tapan los confines y la enceguecedora luz de las pantallas? ¿Encontraría la forma de conmovernos?

Ascenso de un niño entusiasta

En la primavera de 1775, Turner llegó al mundo. Nació en el barrio londinense de Covent Garden, hijo de familia de trabajadores —su padre tenía una barbería, su madre trabajaba en una carnicería—. ¿Cómo fue entonces que se dedicó al arte? Un revés en el devenir lógico de la vida. Un revés trágico, desde luego.

“El hundimiento del HMS Minotaur” (1793) de Turner
“El hundimiento del HMS Minotaur” (1793) de Turner
La batalla de Trafalgar (1824) de Turner
La batalla de Trafalgar (1824) de Turner

Con pocos años de vida, su hermana muere. Corría el año 1783, Turner tenía apenas ocho. Su madre cae en una profunda depresión que la lleva, tras perder con frecuencia la estabilidad mental, a ser internada definitivamente en un neuropsiquiátrico. Su padre no pud hacer mucho al respecto, entonces, con diez años, mandan a Turner a vivir con su tío, en un pequeño pueblo cercano llamado Brentford. Es allí, en ese contacto con el campo, donde se interesa por la pintura. Nadie sabe bien cómo —probablemente ni él— pero desarrolló el germen de una técnica exquisita. 

En la escuela en Margate, a orillas del mar, se empezó a perfeccionar. Estaba tan comprometido con la disciplina que para esa edad ya había exhibido algunas obras en el comercio de su padre. Entonces se movieron algunas piezas y logró ingresar a la Real Academia de Artes. Tenía apenas 15 años cuando fue aceptado. El director era Joshua Reynolds, quien no dudó en alentarlo con vehemencia..

Gracias al pintor Thomas Girtin aprendió las técnicas de la acuarela. Era joven, estaba en plena formación, era el momento de explotar su entusiasmo y adquirir conocimientos. Absorberlo todo. Entonces recorrió Europa. Estudió en el Louvre de París y visitó Venecia, Roma, también algunas ciudades de Suiza. Volvió renovado y nunca dejó de pintar: su última exposición fue en 1850, un año antes de su muerte. En su casa encontraron más de 19 mil dibujos y bocetos.

El templo de Poseidón en Sunium, Cabo Colonna (1834) de Turner
El templo de Poseidón en Sunium, Cabo Colonna (1834) de Turner
El castillo de Caernarvon (1799) de Turner
El castillo de Caernarvon (1799) de Turner

El pintor de la luz. Así lo bautizaron. Sus obras parecen esconder el secreto de la luminosidad del sol que se filtra en las nubes y el polvo hasta resignificar la escena. Con Turner, la pintura paisajística adquiere un valor nuevo, incluso se pone a la par de la pintura de historia. Los impresionistas —Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir y Paul Cézanne, entre otros— lo tomaron junto a John Constable como su mayor influencia.

El año en que el mundo se oscureció

Hubo un año en que el mundo se volvió oscuro. Siglos después, los meteorólogos lo llamaron "el año sin verano". Estamos hablando de 1816. Turner tenía 41 años, estaba en un gran momento creativo. Entonces el sol comenzó a apagarse.

No hay demasiada precisión sobre el asunto. Sólo estimaciones. Lo cierto es que se produjo una serie de importantes erupciones volcánicas —con la erupción del monte Tambora de 1815 a la cabeza—, que produjo cambios climáticos históricos. No sólo oscuridad, también, y por consiguiente, el descenso estrepitoso de la temperatura. Cayeron lluvias torrenciales en los polos y nevó en lugares inéditos como México y Guatemala. El frío destruyó cosechas en distintos puntos del globo, desde el sur de China y el norte de Europa hasta el nordeste de Estados Unidos. Los precios se dispararon, como el de la avena, que se multiplicó por ocho. Entonces llegaron las muertes: escasez de alimentos, hambruna y saqueos. Para el historiador John D. Post se trató de "la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental".​

“Lluvia, vapor y velocidad” (1844) de Turner
“Lluvia, vapor y velocidad” (1844) de Turner
“Aníbal cruzando los Alpes” (1812)
“Aníbal cruzando los Alpes” (1812)

Como todo fenómeno natural encuentra su reacción en la cultura, un poema de Lord Byron titulado Oscuridad grafica muy bien la época. Es una especie de panorama apocalíptico. Comienza así: "Tuve un sueño, que no era del todo un sueño. / El brillante sol se apagaba, y los astros / vagaban diluyéndose en el espacio eterno, / sin rayos, sin senderos, y la helada tierra / oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna; / la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo / consigo el día".

Visto en perspectiva, la obra de Turner es un exemplum de aquellos tiempos. En su obra de esta época el sol nunca aparece pleno y radiante en medio de un cielo despejado. Por el contrario, es luz. Una luz que fragmenta la cortina de nubes y polvo. Una luz que se esparce con fuerza y que Turner pinta con una exquisitez inaudita.

El sol es mi dios

Hay una escena. En la película biográfica Mr. Turner que se estrenó en el Festival de Cannes de 2014, dirigida por Mike Leigh y protagonizada por Timothy Spall, hay una escena. Es un atardecer inmejorable. En el campo abierto, el sol se pierde por el horizonte, detrás de la llanura, y el cielo se llena de colores diversos. Turner, que es protagonizado por el actor Timothy Spall, mira esa puesta con detenimiento, frunce el ceño. La expresión de su rostro es de concentración. Anota en su libreta algunas ideas, también dibuja y hace bocetos en varias páginas, para luego pararse frente al lienzo y hacer su trabajo. Pero ese momento en que pone —como suele decirse— manos a la obra, ese rato en que su imaginación batalla contra lo real, es clave: personal, introspectivo y de profunda cavilación. Como si tradujera con los pinceles el secreto que el cielo acababa de contarle.

Fue el crítico inglés John Ruskin quien dijo que Turner es "el artista que más conmovedoramente y acertadamente puede medir el temperamento de la naturaleza". Sus obras son bellísimas, profundas, emotivas. Nos hablan del encanto del mundo, pero también de su fuerza imponente: lo pequeños que somos frente a él.

Se dice que sus últimas palabras fueron éstas: "El sol es dios". Se refería al mismo sol que hoy, acá arriba, nos calienta e ilumina diariamente, pero que algún día —todos lo sabemos— se revelará y nos convertirá en hielo.

 

*La gran muestra J. M. W. Turner. Acuarelas inaugura en Buenos Aires el 25 de septiembre y podrá verse hasta el 17 de febrero de 2019 en el Museo Nacional de Bellas Artes, Avenida del Libertador 1473 – CABA
Entrada: $100-

 

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