
Cuando se piensa en la relación entre ballet y pintura, el nombre de Edgar Degas surge con más fuerza que ninguno o, en todo caso, como único referente. Y no está mal ya que el impresionista francés realizó aproximadamente 1.500 obras, entre pinturas, monotipos y dibujos sobre el tema. Pero no fue el primero.
De origen italiana, la danza también es asociada a lo francés por la sencilla razón que fue Luis XIV, el Rey Sol, quien mandó a construir una escuela para bailarines en la Académie Royale de Musique (hoy conocida como Ópera de París), allá por 1669, por lo que su terminología, tal como la conocemos hasta estos días, tiene origen galo.
Y fue precisamente en el país de Degas, donde el ballet comenzó a ser objeto del arte pictórico, ganando su lugar entre las obras referidas a bailes que, hasta ese momento, eran en general situaciones sociales, para festejos populares o de las clases altas -de Brueghel “el viejo” a Giovanni Domenico Tiepolo.
En ese sentido, Nicolás Lancret (1690 - 1743) podría tomarse como su precursor, pero no porque al parisino le encantara la danza o encontrara en la belleza del movimiento un motivo de inspiración, sino debido a porque parte de su obra -como la de otros pintores rococó- estuvo centrada en los festivales galantes (fête galante), las reuniones al aire libre realizadas por aristócratas desde 1715 hasta la década de 1770.
Y allí, en aquellas reuniones, brillaba la presencia de Marie Anne de Cupis de Camargo, o simplemente La Camargo, una bailarina francesa, a la que le atribuyen, entre otras cosas, haber sido la primera mujer en ejecutar el distintivo paso entrechat quatre, para el que abandonó los zapatos con tacón y calzarse zapatillas chatas -por lo que se la considera la pionera- y debió, además, recortar su vestido hasta la pantorilla, otro paso adelante en el uniforme como se lo conoce hoy.

Admirador de su contemporáneo Jean-Antoine Watteau, Lancret se formó con varios maestros, entres ellos Claude Gillot, quien había sido a su vez guía de Watteau, por lo que sus estilos tiene un significativo parecido a tal punto que Lancret fue acusado de ser un copista, aunque eso tampoco le restó éxito. Cuenta la leyenda que dos de sus cuadros fueron exhibidos en la Place Dauphine con tal éxito que los adjudicaron a Watteau y que éste, al oír sobre la confusión, jamás volvió a hablarle o, en todo caso, cuando lo hacía no era una conversación amistosa. Con el tiempo Lancret fue un respetado académico y completó obras para decorar el Palacio de Versalles.
La Camargo baila, de 1730, es un claro ejemplo de una fête galante y pertenece a una serie de obras que tuvo a La Camargo como centro. En la obra se aprecia a la bailarina con una túnica blanca bordada con flores, lo que sugiere que interpretaba una ópera pastoral, junto a un compañero que parece querer imitar sus movimientos, lo que realiza gracilidad de la artista en este pas de deux. A la izquierda, apenas se ven los músicos, ocultos entre los árboles, mientras que un grupo de curiosos, todos finamente vestidos, observan la coreografía.
El escenario es la naturaleza, otro toque rococó, uno de los temas favoritos de Lancret, quien aconsejaba a sus alumnos: “Si abandonan la naturaleza demasiado pronto, se volverán falsos y educados, hasta el punto de que, cuando quieran volver a consultarla, sólo la verán con ojos preventivos y solo de la manera habitual".
Perteneciente a la colección del banquero estadounidense Andrew W. Mellon, La Camargo baila se encuentra en la Galería Nacional de Washington. Otras obras de la sociedad entre la bailarina y el pintor pueden verse en el ruso Hermitage, en la londinense Colección Wallace y en el Museo de Arte de Nantes.
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