Juego de mujeres: “Tres noches”

“Como los relatos de Chejov, de Natalia Ginzburg, de Julio Ramón Ribeyro, estos cuentos quedan en la memoria menos por lo que cuentan que por la calidad inconfundible de su voz", escribió Leopoldo Brizuela. Los sábados Infobae Cultura reproduce las historias que integran este libro de la escritora argentina, un pequeño cosmos que sus protagonistas habitan solidariamente y con fraternidad de género

(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)
(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)

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El ritual es recostarme –vodka tonic en mano– sobre el sofá en el que nos amamos durante tres noches seguidas: cierro los ojos y retorno al paraíso. Alguien diría que rezo, Luisa Castelli. Cierro los ojos y lo primero que recuerdo es tu olor, que enseguida penetra mi nariz y recorre mis venas hacia los brazos, el cuello, el pecho, las piernas hasta las puntas de los dedos del pie. Nunca le conté esta historia a nadie, ni siquiera a Andrés, porque me lleno de vergüenza. Quizá porque aún no sé lo que me pasó. Nadie me creería si me rasgara las vestiduras porque fueses casada; he estado demasiadas veces en triángulos amorosos. Además, no estoy seguro de que fueras casada. Aunque lo hayas dicho. ¿Lo dijiste? ¿Ser o estar casado? Porque serlo es mucho más que estarlo, pavada de diferencia… Lo crucial es que si entonces eras libre, aquellas tres noches ardientes, inmemoriales, no conformarían este tiempo beatífico al que retorno con cada invocación, se habrían convertido en la máquina de la vida doméstica: “Se acabó el vodka, Luisa”. “¿No ves que estoy concentrado, Luisa?” “Hoy salgo con Andrés”. “Y bué, guardá mi guiso preferido para mañana”. “Sí, claro que te quiero, Luisa, y por supuesto que me importa tu carrera, pero ya no usás las bombachas de encaje blanco”.

Tres noches de verano tórrido en la ciudad vacía. Sexo furibundo. Desesperante. Yo, la eminencia, en vías al suicidio por simple hastío de mi vida malograda, y de repente el imprevisto regalo de una burguesita sobre una bandeja de plata. Y encima con el aderezo de la prohibición. ¿Tenías códigos pacatos, Luisa Castelli?

Entonces, la evocación de tu olor enciende en mi nariz una quemazón que me recorre el cuerpo; puedo sentir mi boca en la humedad de tus labios vaginales. Solito, vodka tonic en mano, evocándote, llego al punto álgido, entre la tortura y el éxtasis.

En aquella reunión habíamos hablado sobre los ritos. No sé quién dijo la reverenda redundancia de que los ritos consiguen que algo que sucedió en otro tiempo vuelva a suceder. No veía la hora de que se fueran todos a la mierda. Recuerdo que te miré con intriga. No sabía nada de vos a pesar de que te soñé tantas veces durante los tres años en que compartimos trabajo. Y pensar que mis sueños no rozaron, siquiera, los talones de la realidad. Con Andrés coincidíamos en que las burguesitas eran minas que “se dejan” cojer. Los ojos cerrados como princesas durmientes y después te miran por el rabillo de un ojo altivo para que les reverencies el descenso a tu cama. En cambio vos fuiste una geisha reventada, y sin embargo tu recuerdo tiene la alcurnia de lo sagrado. Geisha por la pura entrega, y reventada porque, quién hubiese creído, eras cabalmente desinhibida.

I

Bajaste en el ascensor con el último grupo y me esperaste en la vereda. No quería que los demás me vieran con vos. Siempre tuve códigos de laburo y los sigo teniendo. Al restorán llegamos con la excusa de que me debías una cena. Ya no me acuerdo qué había generado la hipotética deuda. Creo que unas correcciones que le hice a tu ponencia en Córdoba. Apenas nos sentamos tu turbación, combinada con esa mirada pícara que pretendías disimular, me produjo una confusión hecha de misericordia y calentura. Ya no existen minas así de cándidas, pensé. Media hora más tarde me di cuenta de que no tenías ni un pelo de ingenua. Dos vasos de vino y me preguntaba qué corno iba a hacer con esta mujer híper correcta que coquetea como al paso, por instinto.

–Estoy sola en Buenos Aires –dijiste de repente. –En enero todo el mundo está solo en Buenos Aires –retruqué–. Además, ¿quién te había preguntado si alguien te esperaba en tu casa?

Seguro que eras casada, una mina como vos es siempre casada. Un par de hijos que cuidaría una niñera de Paraguay para permitirte el lujo de reproducirte al mismo tiempo que hacer carrera. Para ser alguien. Me exasperó el bronceado de tu piel, más Caribe que cama solar. Y en la vereda, que conste, para hacerla un poco más difícil, te propuse ir a un bar. Pero la quisiste fácil. Dijiste que mejor fuéramos a mi departamento y te quedaste paradita a dos milímetros de mi cara, los labios temblándote. Te di un beso. Me salió desabrido, medio tosco. Entonces caminamos la cuadra desde el restorán hasta la puerta de mi edificio uno al lado del otro con los brazos rectos como muñecos. En el ascensor hice el chiste que hago siempre de apagar la luz. Pegaste un gritito histérico que me excitó recordando a otra burguesa, perfecta en el estereotipo de clase. Pero vos no, en todo caso parecías una burguesa reciente, algo así como una advenediza.

Hice unos vodka tonics y fumamos un porro en el sofá, frente a la ventana abierta. Entraba un vientito que refrescaba apenas. Estabas erguida y la pollera color crudo de bambula te marcaba las rodillas y el largo de tus piernas. La musculosa blanca parecía adherida a la piel. Hacías tintinear los hielos en el vaso. Me tiré enci-ma tuyo, que era lo que vayamos a tu departamento había dejado claro. Y de ahí en más –y acá está el núcleo del mito propio– todo fue sorpresa. Abriste la boca apenas como para que entrara mi lengua y la tuya recorrió la mía lamiendo todos los recovecos. Mientras tanto me rascabas la cabeza. Tenías unas tetas perfectas, redondas, de película, que me rogaban que las besara. Te pusiste de pie y me miraste. Te sacaste la musculosa. El corpiño era delicado, de encaje blanco. Desabrochaste un botón en la cintura y la pollera cayó al suelo. La bombacha hacía juego con el corpiño y dejaba entrever un triangulito negro. Te sentaste sobre mis piernas y seguiste besándome la boca, ahora con las manos detrás de la espalda, como si las tuvieses atadas. Tu olor, mi dios, tu olor. Y la piel, de una suavidad imposible y tibia. Me sacaste la remera. Empezaste a desabrocharme el panta-lón y cuando me lo deslizabas hacia las rodillas, te dije que pararas ahí porque soy cohibido. Fue hablarle a una sorda. Mientras me desvestías me dio un ataque de timidez. Odio perder el control. Te estiraste sobre mi cama. Tan larga. Nunca había visto una mujer así de bella en toda mi vida. Lo dije una y otra vez. No había visto jamás una mujer tan bella en mi cama. Ahora pienso que en ninguna parte. Tan larga cuando empezaste a tocarte vos misma y sentí que se me bajaba la presión y que si me desmayaba iba a perderme todo. La música era de Charlie Parker y desde entonces me prohibí escucharla. Te miraba, a punto de flaquear, el vaso en la mano, obligándome a volver a la lucidez.

Esa primera noche duró cinco horas, hasta las siete de la mañana. Hacíamos el amor y dormitábamos y volvíamos a hacer el amor. Ya sé que hacer el amor no es una expresión mía, pero es la que me produce el recuerdo. Como si hubiese pureza en aquellos coitos. Claro que me avergüenza reconocer que estaba hecho una miseria. Pasarse de merca tiene ignominiosas repercusiones en la hombría. Cual ángel, disimulaste mi infamia como una puta con disfraz de enfermera. Esta burguesa angelical gozaba dando y recibir era para ella puro dar. Me lamías y acariciabas con uñas y yemas a un tempo que parecía comandado por mi propio antojo. Aunque en un momento pensé que no soportaría la tortura, es decir que no podría aguantar tanto placer, y estuve a punto de insultarte. Pero como si leyeras mi mente, de repente toqué el cielo con los poros y se deshizo mi psique. Pasaron minutos, acaso una hora, y abrí los ojos y estabas ovillada en mi cama sin sábanas, tu cabeza apoyada, de costado, sobre el antebrazo. Empecé a acariciar tu contorno, la redondez de tu culo, la entrepierna tibia. Me hundí dentro de la exageración de tu olor, aquella maravilla, mientras tiritabas de placer. Tu goce hermanado con el que me producía besarte, acariciarte, lamerte, como si tu cuerpo fuese una extensión del mío. En un descanso, apoyabas tu cabeza sobre el antebrazo otra vez y con los ojos cerrados hablaste sobre tu ponencia y yo también cerré los ojos y soñé, en cursi, estar a tu lado para siempre.

II

La segunda noche empezó en un bar en el que sólo se comía pizza y estabas famélica. Viniste con una pollera de bambula pero esta vez en color verde pálido y una musculosa blanca de algodón. Nos sentamos en la barra, sobre taburetes, y tomamos vodka con limón en vasos de plástico. Habíamos fumado un porro dentro de tu autito, que hiciste zigzaguear por Marcelo T. mientras reías y reías. Ahí mismo metí la mano debajo de la bambula. Pegaste un respingo. Parecías en cortocircuito, te reías.

–Me voy a morir aquí, ahora. Y es algo bueno. Pero tengo hambre. Mucha hambre, Antonio.

Sacaste mi mano empapada de tu bombacha y la tuya latía. A los pocos minutos, mordías tu pizza y después de terminarla me besaste en la boca y en la cara.

–Decime que me querés, Luisa.

Me miraste con la ternura con que se mira a un nene. Te detesté y metí la mano debajo de la bambula con furia, como si pudiera reducirte a las pautas del decoro de las burguesas de mi adolescencia. Otra vez tiritaste como por una patada eléctrica. Te temblaban los labios y los besé. 

–Acá no, Antonio. Si vas a seguir así vayamos a tu casa.

De las tres noches, esa fue la más sublime. Nos relajamos con la certeza de lo que queríamos que ocurriera; porro y vodka. Y vos, Luisa, enseguida desnuda o, mejor dicho, en otro conjuntito de encaje blanco, uno de algodón. El algodón le daba un cariz infantil al cuerpo más erótico jamás visto, y creí que me volvería loco. Mi rendimiento estuvo a la altura de mi orgullo y recuerdo algunas frases que dije mientras te acariciaba y lamía con desesperación: de dónde saliste, Luisa Castelli, cómo hago para detener el tiempo.

El recuerdo se parece a lo que sentía en ese momento: la entrega brutal de Luisa Castelli montada sobre mí, encastrados, sus piernas abiertas y dobladas a la altura de la rodilla y su torso plegado hacia atrás como solo podría una acróbata, hasta no poder verte la cara. Tu nuca de pelo largo tocando mis muslos y mi visión, ahora, es la de tu abdomen liso y tu vulva abierta conmigo adentro.

No tenías el aire melanco y sufriente de la primera noche, estabas socarrona, acaso arrogante. De golpe te paraste en mi cama y empezaste a menearte al compás de Charlie Parker. Tu cuerpo desnudo era perfecto, una fantasía de Dios. Bailabas a un ritmo somnoliento y exhibicionista y sentí una piedra en la garganta. Creí que me bajaba la presión otra vez pero enseguida comprendí que me estaba emocionando. Apoyé el vaso sobre un ojo y después sobre el otro para esconder las lágrimas. Te arrodillaste al lado mío, sobre la cama, y empezaste a acariciarme. 

III

Llegaste a eso de las ocho, el cielo todavía tenía un tinte de color gris claro y la luz del día nos daba una facha un poco obscena. Venías con un paquete de fideos, una lata de tomates, un CD de Tom Petty de regalo y una cajita de forros. Querías cocinarme y que no saliéramos de mi casa. Discutimos porque yo quería ir al restorán italiano del primer día y se me fue un poco la mano con el furor. Revoleé la bolsita del Disco sobre el escritorio, se cayó al suelo el CD de Tom Petty y tiré de tu brazo izquierdo para salir en ese mismo instante de aquella caja hermética y sin oxígeno que me parecía mi departamento. Afuera, corría una brisa deliciosa, de esas que anuncian tormentas. De golpe, como si te hubiese venido un vómito, me contaste del embarazo del que acababas de enterarte y que te ibas con tu marido a vivir a no sé dónde. Dijiste que era tu tercer hijo, y que lo ibas a tener.

–¿Y para qué carajo la cajita de forros?

–Porque no puedo contagiarme nada, Antonio, entendeme.

¿Qué iba a entender? Cenamos a las apuradas y no hice más que burlar tus ambiciones académicas, tus ínfulas, comentarios, clase social, jean gastado, gestos de tilinga y no sé qué más. Te violé en este mismo sofá como si te acuchillara. Eras un trapo, pero sin embargo pudiste decirme me das lástima, Antonio. Quedaste acurrucada contra el respaldo, gimiendo y tiritando.

Después vomitaste. Dormiste unas horas en el suelo, frente a la puerta del baño. Charlie sonaba apático. Sonaba a despedida, a para qué mierda habías aparecido en mi vida, para qué si ya eras puro recuerdo, tres noches luminosas, un paréntesis en mi oscuridad solitaria. 


Ilustración: Mapi de Aubeyzon.


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