Juego de mujeres: “El fuego de tu amor”

“Como los relatos de Chejov, de Natalia Ginzburg, de Julio Ramón Ribeyro, estos cuentos quedan en la memoria menos por lo que cuentan que por la calidad inconfundible de su voz", escribió Leopoldo Brizuela. Los sábados Infobae Cultura reproduce las historias que integran este libro de la escritora argentina, un pequeño cosmos que sus protagonistas habitan solidariamente y con fraternidad de género

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(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)
(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)

Del estado de ebullición de sus alumnos, ya la había prevenido Zulma cuando se encontraron en el patio del Hogar Escuela. Zulma fumaba un cigarrillo apoyada contra la pared, al lado de la puerta de entrada y le dijo a Ana:

—No sé qué les pasa hoy a estos chicos, están tremendos, Anita. Mirá, ahí vuelven del comedor. Qué apurados. No quieren perderse tu clase.

Zulma le guiñó un ojo a Ana al mismo tiempo que le dio un golpecito con el codo, en un gesto de burla. Ana se ponía nerviosa frente a Zulma. Le parecía una mujer resuelta e independiente que sabía todos los secretos de la vida. En la desenvoltura de Zulma había pensado Ana cuando se bajó del 130 y la silbaron. Ana no prestó atención al chiflido y apuró el paso pensando que se trataría de un tipo cualquiera, y de repente sintió un aliento tibio en la oreja y una voz impúdica que decía: “qué hace una chica tan atractiva y tan solita.”

Ana había pegado un respingo y, ante su sorpresa, vio que era el propio director del Instituto. Él había pasado un brazo por encima del hombro de Ana y caminó así, pegado a ella y en silencio, los treinta metros que faltaban hasta la puerta de entrada. El director era un hombre alto, con anteojos cuadrados de marco negro y el pelo negro y tupido. Usaba el delantal blanco desabrochado, encorvaba los hombros en una actitud displicente, que algunos interpretaban como arrogancia y otros, desprecio. Trataba a Ana de “vos” y Ana no dejaba de remarcar el “usted”. Siempre la había recibido en su despacho como si estuviera apurado pero, aun así, le concedía unos minutos, destacando la excepción. Ana lo tenía en un pedestal y no entendía su actitud, tan discordante con su cargo, que era, para ella, de total dedicación al prójimo, al más débil, al más necesitado. Menos aún entendió, ese mediodía, aquella pregunta que la timidez no le permitió responder. En verdad, no era una pregunta que necesitara respuesta. Debía tomarlo como un piropo, se dijo, todavía temblando, cuando atravesa-ron la puerta de entrada del Instituto y el director siguió hacia su despacho.

Ana cursaba el primer año de la carrera de Terapia Ocupacional y enseñaba catequesis en el Hogar Escuela del IREP, que entonces se llamaba Instituto de Rehabilitación del Lisiado. Tenía vocación de servicio y se había ofrecido como voluntaria apenas terminó el colegio. Estaba de novia con un chico de Pastoral juvenil –los dos tocaban la guitarra en la misa de la tarde, en Santa Elena–, que solía acompañarla en el 130 hasta el IREP. Su clase era la de quinto grado, los miércoles, después del almuerzo.

El Hogar Escuela era una casita blanca de tejas rojas, a la izquierda del edificio central, ambos de bella arqui-tectura, estilo colonial. Apenas se trasponía la puerta de entrada, había un patio de baldosas rojas con un tilo en el centro y un cantero que recortaba las baldosas. Los sábados de buen tiempo, Ana y su novio tocaban la guitarra para los internos que quisieran escucharlos.

No había mucha diferencia de edad entre Ana y sus alumnos; ellos tenían entre quince y dieciséis años y Ana recién había cumplido los dieciocho. Eran nueve. A Marito le faltaba una pierna, lo había atropellado un tren cuando corrió para rescatar a un hermano de unos “transas” peruanos. Rodrigo, Dulce y Pepo tenían inca-pacidades motoras por un daño en el cerebro. Se les torcía la boca al hablar, caminaban con muletas canadienses arrastrando las piernas combas y no se quedaban quietos durante la clase, aunque estuviesen sentados y prestando atención a los relatos de Ana, que les fascinaban. Yo aprendo de mis alumnos, le gustaba decir a Ana, y lo decía de un modo muy serio. Ella era una chica seria. Olga, Nanu, Mari y Florián estaban en sillas de ruedas. Salvo Olga, los otros tres eran tan movedizos que daban la sensación de que en cualquier momento se ponían de pie y a bailar. Y Mónica. Mónica era una chica preciosa y calladita, tendría unos doce años, era la menor del grupo. Ana no sabía cuál era su discapacidad motriz. Sus piernas y sus brazos se veían derechos y dóciles y hablaba con fluidez, sólo que todo lo hacía a paso de tortuga.

Los alumnos de Ana habían tomado la primera comunión en octubre del año anterior en la capilla San Luis, a una cuadra del Instituto. Habían asistido los familiares de todos los chicos, salvo los de Mónica y Florián; también las enfermeras y las maestras del Hogar. Zulma ayudó a Ana a decorar la capilla con flo-res del jardín de su casa. Después del evento, Ana le pidió al director si podía seguir yendo semanalmente, en el mismo horario, después del almuerzo. Podía empezar a prepararlos para la Confirmación, le aclaró. El director le contestó que para él era lo mismo, le daba igual qué les enseñaba ella a los chicos, su hora era extrapro-gramática, pertenecía a las horas de voluntarios.

Aquel era un día de otoño y Ana había preparado una clase sobre los dones del Espíritu Santo. Cualquiera fuese el tema, les contaba a los chicos una historia, porque ellos sólo se concentraban cuando les contaba historias. Había planeado relatarles una que conocía por su propia maestra de catequesis, cuando estaba en quinto año del secundario (que, pura coincidencia, también tenía una deficiencia motriz, por culpa de la polio).

Marito fue el primero en salir por la puerta del Instituto. Ana y Zulma lo reconocieron por su manera de caminar: apoyaba la pierna izquierda, arrastraba la derecha, rígida como todas las piernas de madera; asentaba los bastones canadienses al mismo tiempo que esa pierna y después daba un saltito con la izquierda.

—Seño —gritó Marito—. Ya estamos. Ahí vienen los otros.

Marito llegó hasta ellas y sonrió. Tenía los dientes muy separados entre sí, como si tuviera pocos y se esforzaran por cubrir el frente. Su pelo rubio era crespo, la cabeza de una redondez perfecta, y los ojos azules, inquietos.

—Cómo andás, Ana, Anita —dijo y la palmeó en la espalda.

—Más respeto, Marito —le dijo Zulma—. Esa no es forma de dirigirse a la señorita Ana. ¿No ves que la catequista se viene hasta acá para brindarse a ustedes sin que nadie le pague?

Marito rió mirando sus manos, que batía con los dedos abiertos. Después se dio vuelta y miró hacia el patio, en dirección al Instituto.

—Ahí vienen los otros. Vamos, seño, apurémonos. Mientras esperaban que los ocho chicos llegaran

hasta ellos, Marito aplaudía, exaltado, chocando los bas-tones uno contra el otro. Delante de ellos formaban fila las sillas de ruedas, que se lanzaron a la carrera, los codos de los conductores abiertos como alitas. Detrás de las sillas, las muletas canadienses dando zancadas torcidas, y por último, Mónica, despacito; adelantaba un pie y traía el otro hasta juntarlos, en un movimiento tan lento como cadencioso.

—Vamos, chicos, vamos —dijo Marito—. El tiempo vuela.

Caminaron hasta el aula 4. Se los notaba con una excitación distinta: los chicos se empujaban, acusándose y defendiéndose de los empujones. Decían “yo no fui, fue él”; “¿a mí qué me decís, nene?, yo no hice nada”; “seño, decile que no me provoque, mire que lo castigo”; “basta, idiota, rengo, deforme. Basta”. Ana no los reprendió. No dijo nada. Los primeros minutos la inquietaban, nunca estaba segura si iba poder calmarlos. Una vez dentro del aula, les pidió que se ubicaran en el fondo, cerca de la ventana, donde estaba calentito gracias al sol que entraba por la ventana. Los chicos se dis-pusieron en círculo, las cuatro sillas de ruedas en fila contra la ventana. Antes de que Ana dijera nada, comen-zaron las risitas. Dulce se tapaba la cara con las dos manos y la cabeza se le movía de un lado al otro. Mari decía ay, ay, ay, y Marito le pegó un coscorrón.

—Basta, chicos. Vamos a empezar la clase rezando la oración al Espíritu Santo que les enseñé la clase pasada. Vamos, todos juntos: “Ven Espíritu Santo, llena los cora-zones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Pfffffffffff, se oyó. Marito, Rodrigo, Pepo, Nanu y Mónica estallaron en carcajadas.

—¿Se puede saber qué pasa? —preguntó Ana. Nadie contestó durante un rato largo. Se revolvían en las sillas. De golpe Marito dijo:

—El fuego de tu amor.

–¡Como la novela! –gritó Dulce–. ¿Vos te la ves, seño, a la novela? Está buenísima ¿no, chicos? Empezamos a verla después de la clase pasada. ¡Ja! Enciende el fuego de tu amor.

Todos reían y se cruzaban miradas furibundas. Marito se tomaba del asiento de la silla con las dos manos, se elevaba como para ponerse de pie y volvía a sentarse. El torso de Rodrigo se balanceaba y las manos se cruzaban delante de su cara, con las muñecas dobladas. Olga agachaba tanto la cabeza que casi le tocaba las piernas. Dulce tenía los ojos cerrados y la lengua le colgaba hacia la comisura. Los puños de Mónica estaban apretados y la cabeza giraba a derecha e izquierda, lán-guidamente, como en cámara lenta.

Ana desenrolló una cartulina color rosa. La estiró y pegó con cinta adhesiva a la pared, al costado de la ventana:

—Estos son los dones del Espíritu Santo. Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Como les expliqué la clase pasada, el Espíritu Santo fue enviado en Pentecostés para darles valentía a los apóstoles y para servirles de guía. Voy a contarles una historia y ustedes van a decirme qué don usa el personaje de la historia.

—Cuen-to cuen-to —dijo Florián.

—Callate, espástico —dijo Marito.

—Queremos hablar de otra cosa, seño —dijo Pepo.

Del fuego de tu amor, la novela de la noche.

—Shhh —dijo Mónica—. Silencio, bocón.

Mari inclinaba su silla de ruedas y la deslizaba sobre las ruedas traseras, hacia delante y atrás. Rodrigo se puso de pie. Trataba de decir algo pero no se le entendía, tartamudeaba, la boca se le torcía hacia un costado y mojaba con baba la remera. De golpe se dio vuelta y apoyó la cara contra el vidrio. El cuerpo y las manos se agitaban, la cara completamente aplastada contra la ventana. Y se reía. Los demás rieron también.

—Chicos, si no se tranquilizan, no voy a poder contarles la historia —dijo Ana.

—Cuen-to, cuen-to —dijo Florián.

—Hace algunos años, en la época de la primera gue-rra mundial, dos heridos compartían habitación en un hospital —empezó a contar Ana—. Uno tenía la cama frente a la ventana y podía mirar el parque, mientras que el otro sólo podía mirar la pared.

—Ufa, seño, eso fue hace un millón de años —dijo Pepo—. Ahora las cosas son distintas. ¿Existía la tele? ¡Nadie se veía la historia de Cristal y Carlos Esteban, los de El fuego de tu amor!

En ese momento fue que Marito se puso de pie, apoyó las dos manos sobre el respaldo de la silla y, mirando muy fijo a Ana, le dijo:

–Seño, tenemos que hablar de otra cosa más urgente. Rodrigo, Dulce y Nanu se sumaron con sus “sí” enfáticos.

—Son unos pendejos —dijo Mónica.

Las caras de Mari y Olga se veían color anaranjado. Olga se dobló hacia delante, otra vez apoyó la cabeza sobre las piernas. Pepo reía y su cuerpo se retorcía sobre la silla.

—No sabemos a quién preguntarle, seño —siguió Marito.

—Preguntar qué —dijo Ana.

—Preguntar de relaciones sexuales.

La cara de Ana se tiñó de rojo. Cerró los ojos duran-te unos segundos, sentía el corazón golpeándole el cuer-po entero, y cuando los abrió, reparó en una lámina que reproducía el cuerpo humano y que, pensó, seguramen-te estaba ahí desde la primera vez que entró al aula. Los chicos se reían y se movían. Después Ana los miró, uno por uno. Mónica le devolvió una mirada fija a los ojos, como desafiándola. Marito juntó las manos debajo del mentón y se arrodilló sobre la pierna entera.

—Sí, seño —dijo Mari—. No sabemos nada.

Ana seguía muda.

—¿El guitarrista es tu novio, seño? —preguntó Olga.

Ana abrió la boca como para decir algo pero no dijo nada.

Al fin habló Rodrigo. Habló tartamudeando, se le atascaban las palabras que repetía y repetía hasta que salían con claridad, y se hacía difícil seguir el hilo: que todo había empezado en las duchas. Por las noches que-daban solos después de cenar. La celadora trancaba la puerta de su habitación y encendía la radio. Una noche él, Rodrigo, entró a las duchas de la izquierda, que son las de los varones, y vio a Mónica y a Dulce en las de la derecha porque la puerta estaba abierta. Mónica estaba desnuda y le pasaba la esponja a Dulce, pero a Dulce sólo le veía la espalda porque el cuerpo de Mónica la tapaba.

Los demás chicos rieron cuando Rodrigo llegó a esa parte. Dulce le dijo que se callara, que quién lo mandaba a contar eso, tonto, sólo tenías que preguntar cómo se hace.

—Preguntá vos —la desafió Rodrigo.

—Seño —siguió Marito—. Vamos todos a las duchas. Nos turnamos para tocarnos. Pero no sabemos después.

—No sabemos después cómo se hace —dijo Rodrigo. —No sabemos si podemos, tonto—dijo Nanu. —¿Pero vos sos idiota además de espástico? —dijo Mónica.

—Mónica viene a mi cama —dijo Pepo—. Y no sé, no sé, sí sé, pero ¿y después?

–¿Después querés tener un hijo, imbécil? ¿Un espastiquito como vos? –espetó Mónica, que cruzaba los brazos delante del pecho y miraba a Pepo con furia.

De repente todos callaron y miraron a Ana. Sentía su cara roja. La sentía ardiendo y le latían los pómulos. Cerraba los puños sobre la falda. Parpadeaba y se mordía el labio. Después cerró los ojos y se tapó la cara con las dos manos.

—¿Qué pasa, seño?—dijo Marito.

—Se puso mal, tarado —dijo Olga.

Ana sacó la cara de entre las manos y cuando los miró tenía los ojos empapados. Sonrió:

—Yo no puedo ayudarlos —dijo—. Voy a hablar con el director. Él se va a ocupar.

—No, seño, el director no. Mi viejo me mata si me echan —dijo Marito.

–¿No les dije que era una frígida? –soltó Mónica que sacudía los hombros, en una mezcla de ansiedad y enojo.

Ana fue a ver al director después de que sonó el timbre para el recreo. La puerta de su despacho estaba entornada y desde afuera lo vio hablando por teléfono. Le hizo señas de que entrara y se sentara en la silla fren-te a su escritorio. Miraba a Ana entrecerrando los ojos, como si todo lo que estaba diciendo estuviera dirigido a ella. Decía que así no podía trabajar, que la ineptitud era demasiada y no la toleraría más. Cortó, la miró fijo:

—Decime.

Ana permaneció callada un rato largo. Abría la boca y miraba hacia algún punto detrás de la cabeza del direc-tor, donde colgaban sus diplomas, y no le salían las palabras. Él resopló con impaciencia hasta que al fin Ana pudo decir:

—Los chicos de mi grupo necesitan una charla sobre sexualidad, doctor.

—Qué pasó. ¿Te molestaron?

—No, no. De ninguna manera, son un encanto — Ana seguía mirando hacia el costado de la cabeza del director mientras procuraba que su voz saliera firme, segura—. Nomás me pidieron que les explicara y no creo ser la persona indicada.

El director esbozó una sonrisa burlona y permaneció en silencio un rato que a Ana se le hizo eterno. Ana dobló la cabeza hacia la izquierda. Tosió. Incómoda, apoyó las manos sobre los antebrazos de la silla como para levantarse.

—Sos virgen —dijo al fin el director, cruzándose de brazos como quien se dispone a sostener una larga con-versación. Tenía la cabeza apoyada contra el respaldo de la silla y torcida hacia la derecha. Sonreía. Agregó:

–Qué desperdicio, Ana. ¿Sabés que desde que te conocí me pregunto qué hacés acá entre minusválidos?

–No se refiere a los chicos –espetó Ana, que ya esta-ba de pie. Levantó la cartulina y el bolso que había apo-yado sobre el piso—: Estos chicos no son minusválidos. Tienen capacidades diferentes. ¿O no es lo que usted dice siempre en sus discursos? Me tengo que ir. Buenas tardes.

–Vení para acá –oyó cuando llegaba a la puerta. Si bien fue una orden, la voz había sonado cariñosa, paternal. Con el picaporte en la mano, de espaldas al director, Ana lo oyó levantarse de la silla y acercársele. El director la rodeó con sus brazos y le susurró en el oído:

–Estoy aventajado en el camino de la vida, Ana, y sería un placer ayudarte.

Ana se desprendió del abrazo, abrió la puerta con brusquedad y, en un movimiento que condensaba su rabia, estampó la puerta en la cara del director, sin darle tiempo a correrse hacia un costado.

–¿Ayudarme? Muy amable su ofrecimiento, doctor, pero no va a hacer falta –dijo Ana, ya del otro lado de la puerta–. Cuando giró, alcanzó a ver a Zulma, que, a escasos metros de ella y ocultándose de la vista del director, batía las palmas con suavidad y la observaba, complacida.

Cruzó el patio al trotecito. Soplaba una brisa y un grupo de hojas se levantó, formando un remolino que bailaba delante de ella; amarillas, rojas, doradas, marrones. Bordeó el tilo en el centro del patio y su cantero, recortado entre las baldosas, donde ella y su novio se sentaban los sábados de buen tiempo a tocar la guitarra. Por el costado del ojo izquierdo pudo ver a algunos de sus alumnos pegados contra una ventana del segundo piso del Hogar. Le hacían señas y la llamaban, pero ella siguió su camino hacia el portón de entrada.


Ilustración: Mapi de Aubeyzon.


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