
Hace 40 años mi Netflix era una ventana. Estaba en un tercer piso y su vista era más bien mediocre pero sentado a mi lado tenía un compañero de lujo que me abría mundos infinitos, era mi abuelo Pinucho, que pasaba más horas sentado a esa ventana que ningún otro lado.
Hacía un tiempo le habían diagnosticado mal de Parkinson y eso lo llevó a elegir ese lugar para dejar transcurrir la vida. Era joven, andaba por los 70 pero quizás sentía que su vida salpicada de emociones, ya le había dado demasiado. Entonces miraba desde su sillón hacia la calle Curapaligüe y Primera Junta.

Al abuelo le gustaba mucho esa ventana, lo percibo porque cuando empecé a indagar en cajas de negativos que digitalicé hace unos meses, encontré varias imágenes desde ahí. Son bastantes más viejas que yo. En mi infancia ya no sacaba fotos, mi conjetura es que las imaginaba cuando estaba solo y que narraba historias para acompañar esas imágenes en los momentos en que nos acompañábamos.
Ese horizonte porteño era nuestro streaming o, quizás sea más preciso definir como nuestra Playstation: jugábamos a ver quien adivinaba el color del próximo auto, en cuánto tiempo iba a bajar el vecino del Siam Di Tella a pasarle la franela o cuántos bondis 44 venían juntos.
Ahora que ya pasé la edad en la que te creés inmortal y este virus de mierda te lo recuerda de la manera más cruel, te aísla y te guarda en casa, me aferro a mi ventana porteña y su paisaje de cemento.
Recuerdo al abuelo e imagino qué hará de su vida la chica de enfrente que hace jardinería en su balcón o los dueños de las dos sillas blancas del quinto que quedaron ahí frente a las puertas corredizas abiertas; me pregunto a qué jugará todo el día el del segundo frente a un televisor gigante, afino un poco la mirada y allá lejos, cómo a media cuadra, alguien prende el fuego para un asado.

Me asomo a mi esquina de Corrientes y Medrano, en la que se cruzan los que van al centro con los que enfilan para los arrabales del sur y la veo vacía con un único habitante: un hombre solo con riñonera y un papel en la mano que controla los horarios salteados de los colectivo. Usa guantes y barbijo, lo intuyo con miedo. Y entonces vuelvo a pensar en el abuelo y en sus últimos años sentado en esa ventana, mientras otra enfermedad le endurecía los músculos y me reprocho otra vez, no haberlo visitado más.

*Periodista, autor de Fusco, el fotógrafo de Perón, libro donde recuperó la obra fotográfica de su abuelo Pinélides Aristóbulo Fusco.
**Las fotos que acompañan esta historia son inéditas y forman parte del archivo personal de Pinélides Aristóbulo Fusco.
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