
Nunca logro olvidarme del Thistle Hotel. Nunca logro olvidarme de esa extraña noche de invierno.
La había invitado a cenar y luego a la ópera. Mi habitación estaba frente a la de ella. Dijo que aceptaba pero… ¿podía ayudarla a anudarse el corsé?... Tenía ganchitos en la espalda. Muy bien.
Era aún de día cuando llamé a la puerta y entré. Se había puesto el corsé y una enagua entera de seda y se estaba lavando, pasándose la esponja por el rostro y el cuello. Dijo que ya estaba lista, que me podía sentar en la cama y esperarla. Eché un vistazo a la lúgubre habitación. Había una sola ventana, sucia, que daba a la calle. Desde el cuarto podía ver la ventana atascada y llena de polvo de la lavandería de enfrente. A modo de mobiliario la habitación tenía una cama baja envuelta en un repugnante cobertor amarillo con un estampado de vides, y había también una silla, un ropero con un fragmento roto de un espejo, y un lavatorio. Pero era el empapelado lo que me dolía físicamente: eran colgajos deshechos que caían de la pared. En las partes menos descoloridas y gastadas pude distinguir unas rosas (pimpollos y flores); el friso era un convencional diseño de pájaros, de qué género sólo Dios sabe.
Y éste era el lugar donde ella vivía. La observé con curiosidad. Se estaba poniendo un par de largas y finas medias y la escuché maldecir porque no podía encontrar las ligas. Y sentí en mi interior la certeza de que nada bello podría jamás suceder en ese cuarto, y sentí desprecio por ella, un poco de tolerancia, muy poca piedad.
Una sombría luz gris lo cubría todo; parecía acentuar la chabacanería de su vestuario, la miseria de su vida, también ella se veía sombría y gris y fatigada. Y me senté sobre la cama, y pensé: “Vamos, a Tu Edad. Me he olvidado de la pasión, me han dejado atrás en la hermosa, dorada procesión de la juventud. Ahora estoy viendo pasar la vida desde el vestuario del teatro”.
Cenamos por ahí y fuimos a la ópera. Era tarde cuando salimos a la atestada calle nocturna, era tarde y hacía frío. Ella alzó sus largas faldas. Volvimos en silencio al Thistle Hotel por el blanco sendero bordeado de bellas lilas doradas hasta la escalera en sombras color amatista.
¿Había muerto la Juventud? ¿Había muerto la Juventud?
Me dijo mientras caminábamos por el corredor hasta su habitación que se alegraba de que la noche hubiese terminado. No le pregunté la razón. También yo me alegraba. Parecía un secreto de a dos. Entonces fui a su habitación para desabrochar los problemáticos ganchillos. Ella encendió la lámpara de un velador esmaltado. La luz llenó la habitación de oscuridad. Cual niña somnolienta, ella se quitó el vestido y luego, repentinamente, se volvió hacia mí y me echó los brazos al cuello. Todos los pájaros en el abombado friso se pusieron a cantar. Todas las rosas del empapelado gastado florecieron. Sí, hasta las verdes vides del cubrecama se envolvieron de extrañas coronas y guirnaldas, se entrelazaron alrededor nuestro en un abrazo repleto de hojas, se aferraron como miles de zarcillos.
Y la Juventud no había muerto.

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