
El 6 de agosto de 1943 una multitud recibió en el puerto de Buenos Aires a Vito Dumas. A bordo del LEHG II acababa de finalizar una hazaña náutica sin precedentes. En plena Segunda Guerra Mundial, en medio de combates que también se desarrollaban en los mares, había dado la vuelta al mundo navegando en solitario por la “ruta imposible”, siguiendo el paralelo de los 40º de latitud sur, en los límites de los hielos antárticos, y doblando los tres cabos más temidos en la historia de la navegación: Buena Esperanza, Tasmania y Hornos.
Esa gesta lo posicionó como uno de los navegantes solitarios más grandes de la historia, para muchos como el más grande a secas, y lo ubicó entre los más grandes deportistas-aventureros que conoció el Siglo XX. Hombres que no dudaban en desafiar a la naturaleza y arriesgar su vida para ser los primeros en llegar a los lugares más recónditos de la Tierra. Dumas fue parte de una generación que con sus logros buscaba posicionar a la Argentina en un lugar destacado a nivel mundial. En ese sentido, si bien había un componente individualista muy fuerte en lo que hacía, ya que quería ser el primero en lograr esas hazañas, buscaba insertar sus logros en el marco de un proyecto de país.
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Leí Los Cuarenta Bramadores, el libro en donde el propio Dumas narra las alternativas de ese viaje, hace ya mucho tiempo. Luego siguieron los otros, en total cuatro libros llenos de pasión por la aventura, impecablemente escritos y con una potencia visual que nos llevan a compartir los disfrutes y las penurias que vivió el navegante solitario en el mar.
Pero esta es sólo una parte de la historia de Dumas. Cuando me puse a investigar sobre su vida encontré otra, que está marcada por el menosprecio que en su momento sufrió por parte de un sector del ambiente náutico nacional: “No sabía navegar”, “Era un loquito”, “No menciones su nombre”, eran frases que no era raro escuchar entre los navegantes del Río de la Plata. La inquietud surgió naturalmente ¿Cómo era posible que el máximo referente náutico que tiene nuestro país, el único navegante argentino que dio la vuelta al mundo en solitario, gesta de la que ya pasaron casi 80 años, fuera menoscabado de esa manera?
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El intento de dar respuesta a esa pregunta fue el germen de este documental. Afortunadamente, a la hora de escribir el guion, encontré que la de Dumas fue una historia con ribetes cinematográficos, bien propios de una ficción espectacular del cine de aventuras, en la que se mezclaron por partes iguales hazañas, desengaños, misterios y amores. Y que además de un eximio navegante, fue nadador, pintor, escritor y chacarero. Un hombre con una personalidad transgresora, polifacética y excéntrica, propia del ideal de “hombre renacentista”.
Desde un primer momento nos propusimos junto con Rodrigo Sánchez Mariño hacer un documental que transmitiese toda la pasión y la emoción de los viajes de Dumas, pero sin dejar de lado las circunstancias sociopolíticas y el contexto histórico en el que se desarrollaron, fundamentalmente las décadas del ´30, ´40 y ´50, años de ascenso social, de peronismo y antiperonismo, y de una Argentina que buscaba ocupar un lugar destacado entre las naciones del mundo.
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En ese sentido, con esta película no sólo intentamos documentar en abstracto la apasionante biografía de Vito Dumas, sino que quisimos aportar algunos elementos para repensar nuestro pasado colectivo a través de una figura en la que se condensaron algunos de los ideales y desengaños que marcaron la historia de nuestro país durante gran parte del siglo XX.
*El navegante solitario, de Rodolfo Petriz puede verse en el Cine Gaumont, Avenida Rivadavia 1635, del 16 al 22 de enero en funciones diarias a las 17:45hs. Entrada: $30.
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