
En Las diez puertas, Elvio Gandolfo articula con precisión y audacia relatos que dan cuenta de separaciones, despedidas y enamoramientos que permiten realizar un recorrido por géneros, ya que hay cartas, cuentos eróticos y ciencia ficción, para desafiar las formas de percepción de los vínculos.
Narrador, poeta, traductor, editor y periodista cultural, Gandolfo (Mendoza, 1947) dice en esta entrevista que su experiencia biográfica fue disparadora de algunas de estas historias, pero explica que siempre está “sintonizado con cuentos y relatos a partir de datos ínfimos de la realidad”.
Los diez cuentos del libro, editado por Blatt & Ríos, dan cuenta de ese vínculo con lo cotidiano como universo que Gandolfo logra ampliar y resignificar con humor y melancolía.
—¿Cómo se fueron construyendo estos cuentos?
—Los fui escribiendo en los años siguientes a la reunión de mis cuentos completos en Vivir en la salina. Me devolvieron la confianza en seguir escribiendo relatos. Su gran variedad también depende de eso: no están pensados como parte de un libro coherente, estructurado.
—Decía hace poco que “se pueden hacer cuentos con absolutamente cualquier cosa”, ¿por qué?
—Es mi experiencia. Tal vez porque siempre estoy sintonizado con cuentos y relatos a partir de datos ínfimos de la realidad, sin darme cuenta. Y de pronto afloran, se escriben a sí mismos con gran precisión.

—En estos diez cuentos hay diversidad de géneros, que es una característica de su obra, ¿en cada caso el género aparece al comenzar a escribir o lo decide antes?
—En algunos casos es muy consciente. En cambio en otros van apareciendo a medida que se despliegan. Incluso hay algunos en los que no coincido con su pertenencia a un género, que según otros existe.
—La muerte y la enfermedad de los padres, ese devenir y la posibilidad de despedirse que tienen los hijos es tema de varios cuentos, ¿qué le interesaba de ese momento de la vida?
—Es evidente que se trata de mi propia experiencia biográfica, donde la muerte de los padres se ha dado hace ya algunos años, y que fue una experiencia fuerte de brusca soledad. Es algo que cambia, por ejemplo, la relación con tu ciudad (en mi caso, Rosario), y un tramo por donde pasaron también mis cinco hermanos. Y la mayor de dos hermanas, Ema, también falleció. Mis padres lo hicieron bien pasados los 80 años. Cuando fue Ema, mi hermano Sergio me llamó desde España (no le daba el tiempo para venir al velorio) y me dijo: “Bueno, Elvio, ahora nos toca a nosotros”. Es lo que pasa cuando vos mismo, por la fortuna de que tus padres mueran con mucha edad, ya empezás a pensar en esas cosas. Son actitudes que pasan inevitablemente a los cuentos.
—Hay dos cuentos que dialogan directamente con los mismos personajes planteando diferentes puntos de vista: “Silvia y el espacio” y “Torres y el tiempo”. En los dos está la melancolía pero también la posibilidad de narrar lo que no se puede recuperar de ese pasado compartido. ¿Cómo los pensó?
—Me atrajo la idea de escribir sobre la ciencia ficción, más que directamente el género. También había observado la separación de numerosa gente amiga o conocida, que en muchos casos desmentía el dramatismo clásico, algo común hoy. Ambos integrantes aceptaban el desgaste. En el caso de haber hijos, como aquí, se refleja en una especie de familia extendida en el espacio, que sigue funcionando como un grupo. Además me planteó el desafío de escribir sobre una gata (el nombre Silvia es de ella).

—En “Mirándola dormir”, el narrador dice que las conclusiones que se sacan a partir de la observación es lo que une a la ciencia y el arte, más que las teorías. ¿Eso funciona también para la literatura?
—Sí: el arte en que más se aplica es justamente en la literatura. O en el buen cine. Es un tema enredado, porque la ciencia tiene hoy un perfil mucho menos artístico, filosófico o literario que nunca antes. Se maneja mucho más por corrientes ideológicas o de mercado, aunque lo niegue.
—En ese sentido, en “Bailando brota el amor”, el protagonista se define como un observador cultural, casi un antropólogo, en vez de un periodista. ¿Cómo se piensa en relación a esa definición?
—Es lo que suele decir mucha gente que escribe (yo incluido), al menos por un momento. Sobre todo en el campo de la crónica o el periodismo de investigación. Equivale un poco a la manía de hablar de “creativos” en la publicidad, donde los deja más contentos consigo mismos. Algo parecido pasa con los arquitectos. En el caso de ese cuento, el traslado del periodista a un sitio preciso de un barrio (otro entorno, otras costumbres) acentúa el borde antropológico.
—¿Cómo ve al periodismo cultural hoy?
—Muy variado. Y no circunscripto a los sitios clásicos (revistas, diarios, libros). Menos inmediatamente visible. Muchos medios, por ejemplo, aparecen “online”, no impresos. El conteo automático de lecturas es mucho mayor pero el porcentaje de lo que queda en la memoria, muy menor, por la propia velocidad masiva de absorción y descarte de lo digital.
Fuente: Télam
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