De sufrir ataques de pánico, a escribir para mejorar la calidad del desorden

El autor de “El juez y la nada” (Aquilina) cuenta en este texto cómo nació su novela, qué momento psicológico estaba viviendo previamente y cómo un día se sentó frente a la notebook y supo que había llegado el momento de contar una historia

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“El juez y la nada”
“El juez y la nada” (Aquilina), de Gonzalo Santos

En Del principio y el fin, un ensayo publicado hace un par de años, el escritor alemán Uwe Timm dice que en la literatura los buenos inicios son aquellos en los que se logra intuir lo que había antes del inicio: ese magma de energía que apremia las primeras frases, sobre las que imprime una huella más o menos reconocible, y que se advierte sobre todo en autores para quienes la escritura no es solamente una cuestión de estética (y esto lo digo sin abrir ningún tipo de juicio de valor), sino un acto existencial en el que se juega todo, como lo ha sido desde siempre para mí. Yo escribo porque las palabras, la sintaxis, la gramática y también el mundo, por añadidura (en mi mundo la hipótesis Sapir-Whorf sigue teniendo vigencia), me enferman, y siento que si no hago algo con el lenguaje, resulta que el lenguaje termina por hacer algo (nada bueno) conmigo. Digamos que trato de buscar un orden de cosas, otro orden, que trabaje de manera complementaria con mi nuevo amigo: el Escitalopram. O más que un orden (perdón, me corrijo), un desorden un poco más vivible. Así comienza por cierto mi novela El juez y la nada: “Se escribe para poner en orden los pensamientos. Pero. También se escribe para desordenarlos. O para mejorar la calidad del desorden”.

Sinceramente, no sé si en esta línea están las huellas del magma previo del que habla Uwe Timm. Yo sospecho que no; aunque eso, en todo caso, lo tendrá que decir quien se asome al libro. Lo que sí sé es que ese magma en algún momento se me hizo incontenible. Tiempo atrás había sufrido eso que llaman “ataques de pánico” y la experiencia me produjo todo tipo de desórdenes. Conviví durante casi un mes y medio con la sensación de muerte inminente, con la posibilidad de la locura, que en cierto modo es peor (recuerdo, por ejemplo, haberme visto en el espejo, un buen rato, como si quien estuviese ahí fuese mi doppelgänger), y con decenas de síntomas que iban apareciendo de pronto cada mañana: una pierna dormida, media cabeza paralizada, disnea, vértigo, taquicardia, sofocos.

Por supuesto, en esos momentos no podía pensar en escribir, porque de hecho no podía pensar en nada. Estaba demasiado ocupado en no morirme y esa actividad me dejaba completamente exhausto. Recién pude hacerlo un año y medio después, cuando el magma decidió entrar en erupción. Un día me senté frente a la notebook y supe que había llegado el momento. Escribí esa línea que reproduje antes y continué sin saber muy bien adónde me llevaría la escritura.

Al poco tiempo, y no sé muy bien cómo (supongo que habrán operado mis lecturas de Philip Dick), me encontré en una Buenos Aires de estética cyberpunk, futurista, donde esa biopolítica del “hacer vivir” que tan bien describió Foucault aparecía exacerbada. El juez Warschawsky, mi personaje, de pronto tiene un microchip en el cerebro que monitorea su estado de salud y, ante la más mínima irregularidad, da aviso a una compañía de salud que enseguida le envía una especie de autómata para continuar el control in praesentia.

Gonzalo Santos
Gonzalo Santos

En cierto modo no se le permite enfermarse. “Cuidaba su renguera como si fuera un bien que le estaban a punto de arrebatar”, dice el narrador en algún momento. Pero tal vez lo más terrible es que tampoco se le permite morir. O morir del todo, digamos, porque unas páginas más adelante resulta que no sólo tiene ese microchip; aparentemente, también tiene un conjunto de nanorobots que le fueron introducidos luego de una operación que no logra recordar, y de la que ni siquiera está claro (no lo estuvo ni para mí, en ese momento) si logró salir con vida o no. Después alguien le dice que tuvieron que hacer una copia del conectoma de su cerebro para extrapolarlo a una supercomputadora cuántica y, a partir de entonces, la realidad le estalla en mil pedazos y hace lo único que se puede hacer —dice el narrador— cuando por delante sólo queda la nada: escribir.

Digamos que esa sería, grosso modo, o muy grosso modo —creo que resumí demasiado—, la trama, y también el lugar al que me fue llevando de nuevo la escritura. Digo “de nuevo” porque, por algún motivo —tal vez por influjo de McLuhan, o de Stanislaw Lem—, muchas veces me encuentro tratando de responder a la misma pregunta: cómo afecta la tecnología al ser humano, o en qué medida, por ejemplo, puede cambiar la forma en la que pensamos, aprendemos, deseamos, nos vinculamos o incluso soñamos.

También me gusta pensar —como en cierto modo lo hacía Ballard, otro escritor al que admiro— en qué nuevas perversiones humanas inaugurarán las tecnologías en el futuro, o en las implicancias biopolíticas de algunos avances tecnológicos. O sea, no me interesa tanto la tecnología en sí misma como los efectos —psíquicos, políticos— que tiene en aquello que nos hace humanos, o también en aquello que, en un futuro no demasiado lejano, sospecho, nos hará post-humanos, como en cierto modo lo es —o lo está siendo, en algún multiverso paralelo— el propio juez Warschawsky.

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