Por Sergio Dubcovsky

Escribir, para mí, es una guerra. No hay ni un segundo de paz ni de tranquilidad en el proceso. Debe ser por eso que le pego a las teclas casi con furia, como si el esfuerzo por poner en palabras lo que quiero decir se jugara en ese acto físico.
Después de casi ocho años, después de cientos de derrotas y frustraciones, logré ganar una batalla: terminé otra novela. Como todo lo que escribo nació a la intemperie. Pero Póker es un texto mucho más desvalido que todos los otros porque se construyó sin el más mínimo rumbo, como un reflejo casi literal del desamparo que implica quedarse sin trabajo. O dicho con más rigor: la elección de quedarse sin trabajo.
Hay una pregunta que durante años me quemaba la cabeza: ¿qué pasa si largo todo? "Todo" era un laburo que tenía desde hacía una vida y que me había dado seguridad y ciertas comodidades económicas. Y también felicidad. Pero ya no. El dilema se había convertido entonces en una obsesión: la imaginación de saltar sin red y la aparición mágica de oportunidades que parecían vedadas. Ficción pura, en realidad.
Pero siempre existían argumentos para seguir un poco más. Hasta que en junio de 2015, mi hermano mellizo me invitó a Las Vegas y cumplí el sueño de jugar un torneo de la World Series: el mundial del póker. Hacía unos cuantos años que jugaba con mucha pasión y algún éxito. Espacio de incorrección reglada, el póker era un tiempo fuera de otro tiempo, con otras equivalencias y con valores opuestos o que entraban en colisión con mi vida cotidiana del hombre que hace lo correcto con una enorme convicción: pagar impuestos, dejar el asiento en el colectivo, pensar en los demás, hacer buenos regalos, dirimir en cada situación qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.
Esa justificación culposa ya la había insinuado en el guión de La suerte en tus manos, que escribí con Daniel Burman. Uriel, el personaje que protagonizaba Jorge Drexler, definía en una mesa de póker dilemas existenciales y otros mucho más terrenales.

Como una profecía autocumplida, en ese viaje a La Vegas, bajo las luces atemporales del casino del Río All Suite, mientras el corazón se me salía por la boca en cada ronda, tomé la decisión. No importó que me eliminaran en una mano con la que todavía sueño. Porque al volver a Buenos Aires me fui de mi trabajo. Y esa incertidumbre de no saber adónde tenía que ir cuando me levantaba cada mañana fue el casillero de partida de Póker.
El título de la novela lo sugirió Ariel Bermani, enorme escritor y uno de mis editores. Esa palabra castellanizada, con tilde en la o, define un territorio, una zona de redención. O, al menos, un espacio imaginario de cómo nos gustaría ser. Titular el texto fue el cierre de un proceso que había comenzado tres años atrás, una pelea despareja contra la inspiración que nunca aparece y contra las limitaciones de una escritura forjadas en redacciones, y que encontró en una corrección y edición colaborativa de Bermani, junto a Bruno Szister y Paula Breciarolli, un ritmo más atronador entre tanto pesimismo.
La primera persona que narra Póker es la de un contador viudo que deja el trabajo porque se mira en el espejo tras la muerte de un amigo y descubre, como la mayoría de las personas, que no está conforme con su destino. El casino de Puerto Madero se convierte en un micromundo donde este personaje se anima a vincularse con el universo de un modo más visceral, menos racional. Y deja entonces que los instintos fluyan, que fluya el deseo.
Como queremos todos.
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