1

Dicen que volar en avión es artificio. Entonces seré artificiosa. Quizás es esa idea, en realidad, la que me abruma. Pero no. Hoy no estoy triste. Hicieron ruido las ruedas pero ahora estoy bien. No me gustaría quedarme agotada cada vez que pase eso. Soporté el ruido, ahora puedo con todo lo demás. En tierra firme veo todo distinto. Y después del aterrizaje no podría confirmar más que una satisfacción absoluta. Con los pies en el suelo me siento menos sola, así que el ruido, aunque duela, trae algo ameno. Quizás sea solo cuestión de aceite. Me dijo un colega que el acero, cuando entra en contacto con el líquido, se calla.
Me gusta esa idea.
Sobrevolé distintas épocas. Pero el aire tiene esa liviandad de lo que no pasa. De lo que no está. Lo bueno de volar es que no se está en ninguna parte.
Cuando era así de chica, justo así, ¿se ve?, mi mamá me dio la idea. ¿Por qué no empezás a comprar aviones? Primero le dije que era una locura. Que yo era una nena. Que en vez de aviones tenía que tener muñecas, con sus casas y sus perros. O sus maridos. Muñecos, entonces. Después no. Después llegó el acato. Compré las naves. Pero no las compraba yo, venía ella a mi casa con bolsitas llenas de aviones de colores, todos de plástico, todos aviones mínimos tirados en mi cama, en la suya, en los cuartos compartidos. Mi mamá ansiaba una hija varonera. Estábamos las dos solas, además, casi todo el día y el resto del tiempo. Algo hombre tenía que haber. Yo le di un poco ese gusto.
De muy chica fui un varón hermoso, hasta el día de hoy, que me embarqué para que nadie me vea. Pero resulta que sí, que alguien me vio.
Una vez, también, sobrevolé Hiroshima. Justo en el momento del impacto. El manubrio de mi avión se me fue de las manos, y la nave voló sola. Yo pensaba que nadie me estaba viendo, pero resulta que un día alguien me vio.
No sé bien qué les habrá pasado a los otros. Solamente puedo hablar de mí. El mejor de los casos es ese en el que uno solo puede hablar de sí mismo. Explotó una mitad del mundo y yo estuve presente, por encima de toda la cosa. Me sentí altanera.
Hasta ese día, yo pensaba que nadie era capaz de verme. Solamente ella, mi mamá, que en mí no veía nada. Solamente al varón que la había dejado de lado hacía tiempo. Parecía que esta cosa del abandono era algo que se transmitía. El abandono y su herencia. Pero resulta que estuvo él. Yo de muy chica me enamoré por primera vez.
Cuando mi mamá se murió, también, me dolió lo femenino. Y en su cajoncito de muerte se llevó treinta aviones verdes.
Se los puse yo.

1 (2)

Me llamo Lorena. Soy planeadora de aviones. No soy profesional, aunque me hubiese gustado. En realidad vuelo de vez en cuando pero no llevo pasajeros. Aprendí que mejor sola. Las naves giran mejor cuando van livianas.
El nombre de él no lo voy a decir. No quiero decirlo.
El 6 de agosto de 1945, a las 8:16 de la mañana, uno de los tres B29 que sobrevolaban Hiroshima arrojó su primera bomba atómica sobre mí.
Los propósitos fueron amorosos.
No voy a decir su nombre. Ya dije que no lo iba a decir. Este suceso fue mi  historia. Es la carne de la historia. Trompadas de aviones. Trompadas de bombas.
Me enamoré de él a los veintiún años cuando volvíamos de una fiesta. Habíamos estado casi toda la noche juntos, en la misma casa, junto a un montón de otras personas. De otros hombres. No nos habíamos dado cuenta de nuestras presencias. No hasta adentrada la noche. Yo bailaba. No había ido sola a la fiesta, estaba con gente. Acompañantes.
Así y todo, bailé sola con los ojos cerrados como para no enterarme. Él hacía una cosa parecida. Sostenía un vaso de plástico. Bailaba solo. En un momento estábamos mirándonos fijo. A mí, todo eso me retrajo. Las aviadoras no se entregan fácilmente ni tuercen el cuello ante nada. Pero ahí estaba yo. Hecha enteramente una criatura con el cuerpo avergonzado. La piel de gallina la tenía toda en las piernas.
Me invitó a bailar como para no seguir haciéndolo solos. Eso dijo. Que bailar cerca era mejor que bailar lejos. Algo de la utilización del espacio.
Las aviadoras necesitamos labia para acatar determinadas cosas.
Hacía mucho que no me sentía femenina. Eso no me gustaba. Quería que lo interesante en mí fuera la dualidad. Seguir siendo un varón también. Pero no. Él, mientras bailábamos, me insistía en lo de la princesa. Que yo, toda entera, no parecía otra cosa. Ese comentario lo anulé. Seguí adelante. Primero bailamos, después bebimos. Él más que yo, porque era el varón y yo la nena. Cuando se hizo de madrugada le comenté de mi oficio. Se rio bastante. Me dijo que quería acompañarme para que no caminara sola. Fui hasta el sector de bailes que todavía funcionaba. Un cúmulo de amigos movía los brazos como cucarachas. No distinguí quien abandonaba de quien todavía empinaba la cabeza. Cuatro chicas largaban líquido de las bocas, se agarraban los estómagos. Mis amigos ya estaban lejos. Los saludé con un guiño de ojos y salí a la calle.
Me gustaron sus zapatos, y el traqueteo en el asfalto. Lo miré a los ojos mientras esperábamos que cambiara la luz del semáforo y ahí, de repente: bum. Alguien, por allá arriba en el cielo. En las estrellas, o quizás dentro del aro de alguna galaxia, alguien con traje de abrojos arrojó una. Una de esas.
Enola Gay se llamaba el avión que transportaba la bomba. Dicen que tenía el poder del sol, las estrellas y el cosmos. Enola Gay se llamaba la madre del piloto que la tiró, así que fue como rendirle culto. El hijo, a la madre. Cuánto amor.
El nombre código de la bomba era Pequeño Niño. Así que estaba todo relacionado. La madre, el hijo, y una catástrofe que ni les llega. Que ni los toca.
Este que tengo acá es Enola. Nuestro peluche, nuestro mono. Es un luchador innato. Salió así de fábrica, enguantado. A Fabio le gustaba llenarlo de besos, y a mí, abrazarlo para dormir. A Enola se lo quedó él. Yo me quedé con todo esto.
La primera salida solos fue a un bar a la tarde. Pero no tomamos café, comimos algunas harinas. Me acuerdo del detalle porque a mí las harinas no me hacen bien. Me quitan dinamismo. Los aeronautas no consumimos harinas, ya que al contrario de lo que dice la mayoría de la gente, no nos hacen felices, sino más bien depresivos, reflexivos. Cuando le conté esto, me sonrió. Creo que ahí empezó todo lo de estar enamorados.
Le dije que tenía que irme temprano y volé. Si me hubiese animado lo llevaba conmigo. Pero no. También quería estar sola para procesar. Nos besamos a la orilla de las ruedas de mi nave y partí. Nos vimos al día siguiente. No había mucho que hacer al respecto. Ya nos incendiábamos.
A partir de ese entonces nos volvimos inseparables. Estábamos acostados en la cama más tiempo del que el mundo podía contener y, abrazados, podíamos seguir de largo durante todo el departamento. Todo el edificio. Rodar por el barrio y morirnos. Él me succionaba las mejillas y yo, como si eso pudiese hacerse, lo llevaba a volar dormido.
Más de una vez lo cargué en una avioneta dormido. No se enteró nunca. Nunca se dio cuenta. Sueño pesado, mi primer novio. Todo pesado tenía Fabio. Basta con mirarlo a los ojos. Tiene una masculinidad que se le escapa, como si mil hombres estuviesen acá parados.
Pudo tanto conmigo que yo no sé, hasta daltónica me volví. Nunca más pude planear aviones. Nunca jamás volví a distinguir un blanco de otro blanco. Para mí, todos los blancos se volvieron iguales.
Nos gustaba mirar películas, sobre todo comedias. Yo por mí misma no podía reírme, tenía que hacerlo con él. Una vez que él me daba el pie, ahí estaba yo, dispuesta. Una sola vez vimos una película dramática que contenía aviones. La vimos abrazados, entendíamos muy bien de qué se trataba. Peleas de aviones en el cielo como cuerpos de hombres queriendo arañarse.
A partir de ese día decidí que no era buena idea seguir viendo historias dramáticas. Nada bueno podía salir de ahí.
Me fui al baño y me miré al espejo. Hice de cuenta que me estrellaba y me perdía en el Atlántico Norte. Muchas aviadoras se habrán muerto así. Quise que algo de eso me pasara. El baño de la casa de mi enamorado me transportaba, qué risa. Era ese el comienzo del estallido, las primeras quemaduras.
Yo siempre fui una persona estable. Nunca más pude planear aviones. Nunca jamás volví a distinguir un blanco de otro blanco. Para mí, todos los blancos se volvieron iguales.
Me llamo Lorena. Y tuve que dejar de planearlos a los aviones. Tuve que dejarlo todo.
La radiación de Fabio algunas veces me hace doler la cabeza. Porque el estallido no es solamente en el instante, dicen que dura por generaciones. En mi generación la consecuencia de la radiación no se va con aspirina.
A mí no me parece gracioso.

2

Con mi mamá mirábamos peleas de boxeadores. A ella le gustaba conseguir videos antiguos. Esos en los que los deportistas se daban en serio. Se parecían un poco más a los gladiadores. Los boxeadores de antes sudaban a mares, y en cada gota, litros de sangre concentrados. A ella le gustaban más que nada las peleas de los morenos. En esas pieles se lucía más la tristeza, decía ella. Yo creo que tenía razón. Nunca pensé que mi mamá pudiera no tenerla, la razón.
Mirábamos las peleas después de cenar, y yo casi siempre me quedaba dormida. Ningún efecto negativo me quedaba después de ver esas cacerías. Tanta violencia me hacía sentir menos peor conmigo misma. Hace mucho tiempo, en el deporte no había leyes. Algunas veces, algunos se morían en el podio y dejaban restos de vida sobre las cuerdas. Suelo pensar seguido
acerca del boxeo. Busco videos en YouTube de hombres que se mueren ahí arriba. Tengo varios. Arquean la cabeza y la última mirada es a cámara. Lo que les brota de las orejas no siempre es rojo.
Viajábamos en auto. Yo subía el volumen y él lo bajaba. Se veía lindo envuelto en sus anteojos oscuros. El volumen rompía los vidrios, no los del auto, los míos. Y en ese preciso instante, me quedaba cayéndome para siempre.
El auto no volcaba, seguía su rumbo. Me imaginaba choques por doquier. Choques de naves. Respiración boca a boca. Fracturas expuestas. Pero no, nada de eso. Estábamos bien. El auto de él en su carril, la ventanilla abierta sobre el cielo y yo sentada, con los pelos volados. Era un día normal. Sol y pájaros de ruta. De vez en cuando me apretaba las rodillas. Era una especie de cariño. Cada vez que me hacía eso sentía que podía comerme el aire. Abrir la boca y llenarme de nada. Un campo de tierra quedaba abajo. Tierra quemada, abrumadísima. Mi primer enamoramiento, mi primera caída. Una trompada en la mandíbula del boxeador más estratégico del mundo. Ganador del cinturón más grande.
Estábamos tristes. Ya no íbamos a durar más. Los árboles se quebraban, todos, hacia el costado. Nosotros éramos como esos árboles.
En el momento de la detonación, fueron emitidas una onda de radiación y una de calor. A medida que el aumento de la temperatura amplió el aire circundante, generó una onda de choque tremenda. Las tres energías —calor, onda de choque y radiación— causaron destrucción en masa y una masacre indiscriminada.
La primera película que vi entera fue sobre Hiroshima. Pero no fue ficción, fue documental. Era realidad. Me la mostró mi mamá una noche de insomnio. Yo no tenía problemas de sueño, más bien todo lo contrario. Me encontró dormida y me despertó para que la viéramos juntas porque no quería estar sola. Nos juntó a mí y a la videocasetera lo más cerca suyo posible, y ahí activó el VHS. Me enteré de que ese impacto era una posibilidad. Que la tragedia era posible. Le encantaba ver ese documental. La hacía sentirse menos peor con sus cosas. Esto me decía, y me dejaba un legado. Una enseñanza. De lo bueno que era ver que hubo mutilaciones.

3

Nos íbamos de viaje a un campo de sus padres. Padres con dinero, Fabio. Un poco me gustaba eso de mi primer novio, lo convertía en un príncipe. No puedo concebir un príncipe sin mucha plata. Por eso me llamaba princesa cuando recién me conocía. Se ve que tenía una fijación con la realeza.
Últimamente él casi no me miraba a los ojos. Y yo sus ojos me la pasaba buscándoselos. Cuando bajábamos del auto se me derramó un líquido por todo el cuerpo. Me mojé toda, del llanto grande. Me revolqué en el pasto helado del campo de los papás de él. Ahí mismo me gritó que parara. Yo no quise y seguí refregándome entera en el suelo. Barro y tierra. Oscuridad, sobre todo, porque no se veía nada. Fabio alumbrándome con la linterna del llavero, gritándo me que pare. Que ya no me quería. Que Lorena ya no existe.
El hombre pregna. Lorena recibe.
La primera vez que me subí a una avioneta pensé que de ahí en más tendría todo resuelto. Había encontrado la manera indicada de escaparle a cada cosa. Irse volando, para mí, era realmente una posibilidad. Pero no. Estar allá arriba no es menos peor que nada.
Después de la pelea Fabio se quedó dormido. Me avisó que cuando se despertara me llevaría de vuelta. Lejos de él. Me cargaría en su auto para llevarme a mi casa. Yo le dije que no, que traía conmigo la avioneta.
Eso ya no le causó gracia.
Lo miré dormir todo ese rato. Me acuerdo que hacía mucho calor en el campo, pero así y todo, él se había tapado con todas las frazadas y sábanas que armaban la cama. Eso me llamó la atención. Estaba cubriéndose para que yo lo mirase menos. Roncaba. No entendía su armonía. ¿Acaso no es necesario estar libre de mente para dormir así? ¿Incluso para hacer ruido desde los pulmones?
Cuando dejé de ver el documental con mi mamá, esa noche, ella me hizo un comentario. Siempre se daba maña para hablar de las cosas sin que nadie se lo pidiera. Pobre, mi mamá. Tan despoblada. Me comentó su hipótesis. De qué habría hecho ella teniendo que escapar del brote nuclear de una bomba recién arrojada. Me comentó cómo se habría disgregado y dónde habrían estado, según ella, los puntos estratégicos de supervivencia.
Ninguna de sus ideas incluía aviones.
Yo vi imágenes de archivo. Vi casi todo. Vi que no quedaba casi nada. Solo cachitos de edificios rotos sobre la tierra ardiendo. Y debajo de los pedacitos de edificio, pedacitos humanos. Y también vi que en el cielo la cosa hervía, como el instante en el que uno ya no sabe qué va a hacer. Qué va a pasar. Pero la cosa sigue. El día comienza, o sigue, y los pies del que sobrevive siguen adentro de los zapatitos.
También vi nubes, muchas nubes oscuras sobre árboles todos torcidos para el costado. Árboles que se quedaron inclinados para siempre. Registro fiel de que alguien detonó algo, de que alguien arrojó algo inmenso.
Vi fotos de ruinas muy nuevas, recién cocinadas, y ahí Lorena, lista para estrenar la nueva avioneta. Para perderse, definitivamente sin importar que estuviera daltónica, para subirse en algún Boeing hasta las estrellas.
Yo siempre fui una persona estable.
En un rato tengo que irme. Tengo un vuelo. No me importan los blancos de las nubes, qué importa ser daltónica. Si me estrello lo hago sola. Solamente veintiún años teníamos y yo ahora mismo descreo. Para siempre y por siempre. Que pueda haber vida en otro planeta que no sea el suyo.
Fabio esa noche durmió como los dioses, y yo lo espié horas enteras desde arriba de una nube blanca. Tan blanca como esto que ya no siento.
Pensaba en el documental. Sobrevolando Hiroshima. En cada documental de aviones va planeando una madre. Los pies fríos de Fabio saliendo de los bordes de la cama. Se podría haber enfermado y eso, ni siquiera eso, habría podido dejar afuera del relato.

‘Mi primer Hiroshima’, en “Los Accidentes” (emecé), de Camila Fabbri
‘Mi primer Hiroshima’, en “Los Accidentes” (emecé), de Camila Fabbri

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