El escritor e historiador argentino, actual director del Museo de Malvinas, cuenta en esta nota por qué decidió desprenderse de los documentos y demás materiales de sus investigaciones sobre la guerra y donarlos, a la vez que explica la importancia de darles a otros la posibilidad de hacerse nuevas preguntas con esos viejos tesoros.

Me levantaba temprano, desayunaba a escape y antes de ir a la escuela me apuraba a subir un piso por la escalera hasta la casa de mi abuelo, que ya había recibido el diario, para saber cómo iba la guerra en el Sur. También logré que mis papás cada tanto compraran alguna revista, que venían con fotos en colores, dibujos de los aviones y las entrevistas a pilotos y soldados. Decidí, en sexto grado, que tenía que guardar todos esos materiales porque estábamos viviendo días importantes. A medida que pasaban los días, primero los apilé en un estante. Cuando las tropas argentinas se rindieron, los diarios y las revistas quedaron guardados en una valija negra que fue a parar al techo del ropero. Casi como un entierro. Y tenía una compañera en la escuela, Sandra Sarmiento, que le acercó mis preguntas escritas en una hoja de carpeta a un tío que había combatido en las islas. Ahora me doy cuenta de que esa fue mi primera entrevista, pero no la conservo. Sólo recuerdo el "¡Retírese de ahí, estúpido!", que alguien le gritó al pariente de mi amiga momentos antes de que una bomba cayera sobre su posición.


Comencé a investigar sobre Malvinas a comienzos de la década del noventa. Mis primeros materiales de época, mis primeras "fuentes", fueron los diarios y revistas atesorados cuando tenía once años. Al desplegarlos para tomar notas y revivir esos días increíbles, encontré con emoción la caligrafía de mi abuelo: sumas y restas, alguna palabra suelta anotadas al margen de las noticias. Desde ese origen, hoy puedo pensar que tema profesional y vida personal fueron lo mismo. Con el paso del tiempo, mi archivo creció y exigió cada vez más lugar en las sucesivas casas en las que viví. Se fueron añadiendo recuerdos cedidos por sus dueños, grabaciones, materiales preservados voluntariamente o por pura casualidad que terminaban como parte de mi investigación.


Después de muchos años de trabajo, los documentos y los objetos reunidos por un investigador no son solo "materiales", sino que muchos de ellos se asocian a recuerdos. Por ejemplo, los almanaques o calcomanías que algunos veteranos ofrecían a cambio de una colaboración "a voluntad" durante los años ochenta y noventa. Tengo la imagen de uno de ellos, al llegar el tren a Once, parado con su chaquetilla verde buscando el único dedo de sol que acariciaba el andén una mañana helada de julio. Y recuerdo que lo imaginé, más joven, haciendo lo mismo en las islas. Sólo pude saber en persona el valor de un rayo de sol allá en Malvinas veinte años después de esa escena, que no borro de mi cabeza. Yo también me traje entonces, de las islas, recuerdos y restos de la guerra: zapatillas, esquirlas, restos de tela. Muchos de los materiales de un archivo tienen nombre y apellido, están asociados a afectos, a relaciones construidas a lo largo de charlas y encuentros generados por la curiosidad del historiador.

Las cajas cada vez fueron más: recortes, apuntes, borradores de libros, esquemas de charlas. Y se transformaron en publicaciones. Dejaron de ser "urgentes", porque ya había logrado darle forma de libro a una hipótesis, a una idea, a un argumento. Pero el volumen de un archivo tiene tanto de cierre (es la acumulación que nos permite afirmar algo, son las pruebas detrás de una argumentación) como de promesa: cada generación interroga a su pasado desde un presente específico. Por eso en algún momento, me parece, los investigadores tenemos que ser capaces de desprendernos de aquellos materiales que fueron constitutivos de nuestro trabajo. Porque en nuestra pesquisa individual hemos reunido un acervo que el paso del tiempo, la muerte de las personas, el desinterés, o las políticas de destrucción, tendían a dispersar. Nuestras preguntas les dieron una lógica. Nuestra voluntad y la generosidad de los demás los reunió. Si logramos entregarlos, otros podrán abrevar allí y hacer nuevas preguntas a viejos problemas.


Es por eso que, desde hace unos días, "mi archivo de Malvinas" ya no es mío. Con excepción de los libros, lo doné al lugar que dirijo, el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Habrá que clasificarlo, ordenarlo, digitalizarlo, ponerlo a disposición del público. Lo hice porque estoy convencido de la función social de nuestro trabajo. Pero sobre todo, porque no puedo pedirle a los demás algo que yo no hago, Y que otros, antes que yo, hicieron: decidir que un Museo nacional era el lugar adecuado para preservar y difundir parte de su historia personal. Saber que tejemos esa trama es una de las formas más evidentes de entender que la Historia, y nuestra relación con ella, es algo vivo y cambiante.

Un museo tan joven como el Malvinas necesita que el público nos confíe sus recuerdos materiales e inmateriales. Hemos recibido donaciones atesoradas desde los días de la guerra, y estoy seguro que recibiremos más: partes de uniformes (de soldados, de enfermeras), cartas, fotografías, publicaciones periodísticas y oficiales, libretas. En un tema tan convocante y a la vez tan controversial como "Malvinas", lo mejor que nos puede pasar es recibir materiales diversos, dispares, contradictorios, portadores de ese anacronismo maravilloso que obliga a preguntarse cómo era la sociedad hace cuarenta, cien, doscientos años. Portadores de ese aura de la historia que permite que los niños puedan preguntar desprejuiciadamente sobre temas que aún nos duelen.


Si estamos atentos, preguntamos, y escuchamos, los objetos cuentan historias. Un museo que se autoconstruye con el aporte colectivo es uno en el que funciona la idea de que el mejor legado, más que transmitir verdades cerradas, es generar la posibilidad de hacerse nuevas preguntas.
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