En el patio de una vivienda de El Cajama, una comunidad del municipio habanero de La Lisa, Yoandra Casalis y Manuel González encontraron una vía doméstica para enfrentar la escasez de alimentos: convirtieron un terreno cubierto de maleza en un huerto que aporta alimentos a su mesa y a familias vecinas.
Cada tarde, al volver de sus trabajos, la pareja atiende los cultivos. En el espacio producen plátanos, ajíes, cebollinos, guanábana, chirimoya, anón, fruta bomba, calabaza y cerezas. Una parte se destina al consumo del hogar y otra llega a residentes del edificio y de la zona que necesitan alimentos frescos.
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“El patio lo tenemos mucho mejor”, contó Casalis a la agencia Xinhua. Antes, dijo, el terreno estaba cubierto por hierbas altas. Ahora, la familia obtiene cebollín y cilantro para preparar sus comidas, una reducción de gastos que adquiere valor ante el deterioro del poder de compra de los hogares cubanos.
Un patio que reduce gastos y abastece a los vecinos
El huerto no surgió sobre tierra fértil. Manuel González explicó que el suelo contenía rellenos procedentes de obras de construcción. Para comenzar a sembrar, trasladó tierra y materia orgánica hasta el patio. Con el tiempo, la parcela empezó a dar resultados y se convirtió en un apoyo para la economía familiar.
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La experiencia refleja una respuesta cotidiana de muchos cubanos ante la falta de productos y los altos precios. Los patios, balcones, parcelas y espacios compartidos se transformaron en fuentes de vegetales, condimentos y frutas que permiten complementar una dieta cada vez más difícil de sostener con los ingresos disponibles. González distribuye parte de la cosecha entre los apartamentos del edificio donde vive.
La agricultura urbana, suburbana y familiar comenzó a desarrollarse en Cuba a fines de 1987. El programa busca aprovechar terrenos en ciudades y periferias para producir alimentos cerca de los consumidores. Según el reporte de Xinhua, existen más de 1 millón de patios y parcelas vinculados a esa iniciativa en la isla.
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Datos oficiales citados por la agencia indican que esos espacios pueden alcanzar 20 kilogramos de material vegetal utilizable por metro cuadrado al año, sin químicos sintéticos. En algunas de las principales ciudades, las fincas urbanas aportan una parte de los vegetales frescos que llegan a la población.
La crisis alimentaria obliga a modificar hábitos de consumo
El recurso a la siembra doméstica ocurre en un escenario de restricciones que afecta a la mayor parte de la población. Un informe del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH) señaló que ocho de cada diez cubanos dejaron de consumir al menos una de las comidas diarias durante los seis meses previos a su publicación, debido a la falta de dinero o de alimentos.
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La situación alcanza con mayor fuerza a las personas mayores. El estudio indicó que nueve de cada diez cubanos de más de 61 años se habían saltado el desayuno, el almuerzo o la cena en ese período. Solo el 19% de los encuestados afirmó que no había tenido que omitir ninguna comida.

El sondeo realizado en 79 municipios mostró que el 63% de los hogares consultados declaró dificultades para comprar bienes esenciales y el 68% informó ingresos mensuales inferiores a 20,001 pesos cubanos. El observatorio estimó que esa suma se ubicaba por debajo de su cálculo de subsistencia para un hogar de tres integrantes.
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La pérdida de valor del peso cubano, la inflación, la escasez de productos básicos y las limitaciones de la canasta subsidiada han empujado a las familias a ajustar sus consumos. En ese contexto, cultivar condimentos, frutas o vegetales en casa evita algunas compras y aporta variedad a una alimentación marcada por la incertidumbre.
El 94% de los encuestados vive en extrema pobreza
Otro informe del OCDH, difundido recientemente, estimó que el 94% de los cubanos vive en extrema pobreza, según los estándares utilizados por la entidad. El documento se elaboró a partir de 1,318 entrevistas realizadas en julio a residentes de la isla.
Los apagones encabezaron la lista de problemas que los encuestados consideraron urgentes, seguidos por la crisis alimentaria y el costo de vida. También aparecieron la situación sanitaria, los salarios, la inseguridad, el deterioro de las viviendas y las dificultades de acceso a medicamentos.
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Para familias como la de Casalis y González, el patio funciona como una reserva alimentaria de pequeña escala. La pareja no depende por completo de la cosecha, pero el cultivo de cebollín, cilantro, calabaza o fruta bomba permite reducir la necesidad de acudir al mercado y, en ocasiones, compartir alimentos con quienes viven cerca.
El huerto de La Lisa muestra una práctica extendida en barrios cubanos: aprovechar cualquier superficie disponible para producir una parte de lo que falta en la mesa. En una economía donde la capacidad de compra se redujo para amplios sectores, la tierra detrás de una casa puede convertirse en una herramienta de subsistencia para los cubanos.
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