
La vida de Linda Palma experimentó un giro drástico a los 21 años, cuando fue diagnosticada con esclerosis múltiple. Desde entonces, la reconocida presentadora colombiana ha transitado un proceso marcado por la incertidumbre médica, el temor a perder su vida profesional y la reconstrucción de su identidad personal.
Hoy, en pleno 2026, Palma afirma con tranquilidad: “Estoy bien de salud, mi tema médico está controlado. Me siento bien, con energía, feliz, me siento linda. Mejor dicho, me siento en el mejor momento de mi vida”. Sin embargo, también confesó que no siempre fue así.
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La esclerosis múltiple es una enfermedad que afecta a miles de personas en Colombia y, como remarca Palma en la entrevista, incide especialmente en mujeres jóvenes. Se trata de un trastorno autoinmune que daña la mielina y dificulta la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo, generando desde fatiga y debilidad muscular hasta la pérdida de funciones básicas.
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En su relato, Palma recordó los episodios en los que aquella crisis la dejó sin poder caminar, hablar o ejecutar gestos cotidianos como amarrarse los zapatos o levantar un cubierto. “Cuando vi que volvía a ser capaz de realizar desde las cosas más sencillas, como levantar este pocillo, por ejemplo. Eso no lo podía hacer”, narró a Bravíssimo.

El diagnóstico, recibido tras apenas un año de trabajar en televisión, golpeó la vida de Linda y revleó que peleó con Dios. “No recurrí a él para pedirle fuerza, sino que fui a él para decirle: ‘¿por qué me pasó esto a mí?’” y transitó una negación profunda que la llevó a no tratarse durante casi cuatro años. En el transcurso, las recaídas se sucedieron y le hicieron dudar incluso de su futuro laboral. “Tenía miedo de que la enfermedad me hiciera perder mi trabajo. Tenía miedo de que vieran que ya no era capaz”, confesó en la misma entrevista.
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Durante una de sus crisis más graves, en 2016, perdió capacidades necesarias para el trabajo en televisión: “Dejé de hablar, dejé de ver bien, tenía movimientos involuntarios en los ojos, no podía caminar sola”. Esa vulnerabilidad máxima, intensificada por la mirada ajena o la indiferencia de desconocidos, alteró de raíz sus prioridades. Relató que muchas veces se encerró en sí misma, temiendo el rechazo y la lástima de los otros, incluso de su círculo más íntimo: “Por la misma negación no quería mostrarme débil, no quería que dijeran: ‘ella no puede’”. Reconoce también el impacto sobre su entorno: “Mis papás, aunque nunca lloraron frente a mí, sé que la pasaron muy mal”.
Palma destacó el acompañamiento que requirió su recuperación, desde fisioterapia disciplinada para recuperar habilidades perdidas hasta un abordaje psicológico que derribó prejuicios propios: “Hasta ese momento nunca había ido a un psicólogo, tenía la percepción anticuada de que era solo para locos. Fue lo mejor que pude hacer. Ahora disfruto la terapia y me siento mucho más liviana”. Mientras tanto, su fe se fue consolidando como uno de los pilares principales ante la adversidad, un rasgo heredado de su madre y nutrido por la costumbre de rezar el rosario cada noche.
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La red de apoyo que rodeó a Palma no se limitó al ámbito familiar. Recuerda con agradecimiento a sus compañeros en televisión, quienes, aunque discretos, estuvieron pendientes durante los brotes y recaídas. Su marido, Diego Pulecio, tuvo un papel decisivo: “Desde el primer momento se interesó por entender mi enfermedad, fue a estudiar sobre ella, y siempre me ha dicho que me admira profundamente por la forma en que enfrenté todo esto”. No fueron ajenos los momentos oscuros, en los que, por el peso de la incertidumbre, incluso sugirió a Diego que se alejara.
En la historia de Linda Palma, el temor a perder el trabajo y la independencia ha sido una constante. Confiesa: “Viví con miedo de que por mi enfermedad me fueran a sacar, de que pensaran que no era capaz. Eso me hizo callar mucho tiempo”. En los años posteriores al diagnóstico, priorizó obsesivamente el trabajo sobre su vida personal: “Me descuidé y lo único importante era ser Linda Palma, la presentadora”.
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Esa reflexión sobre el ego y el éxito resultó central en su proceso de maduración. “El ego no es enemigo, pero hay que mantenerlo controlado. Me comí el cuento de que era indispensable. Eso, en parte, creo que tuvo que ver con mi recaída”, afirmó. Con el tiempo redefinió su visión del éxito: “Tener una vida tranquila, llegar a casa y sentirte en paz. Sentirse agradecido con lo que uno tiene. Para mí, eso es el éxito”.

Palma también abordó en Bravíssimo el desafío de aceptar el apoyo y de abrirse a los demás: “Yo le diría a mi versión más joven que se quite tantos miedos y se abra al amor de quienes tiene alrededor. Siempre tuve una red maravillosa, no sé por qué temía pedir ayuda”. La presentadora remarcó la importancia de las redes de apoyo, no solo para quienes padecen la enfermedad, sino también para los cuidadores, cuyo sufrimiento suele quedar invisibilizado.
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