
Entre los planes que hoy mueven a buena parte de los jóvenes en Colombia, terminar la universidad, consolidar un ingreso propio y disfrutar de la vida social parecen pesar más que pasar por el altar. Así lo confirmó un estudio de la Universidad Manuela Beltrán, que indagó sobre la vigencia del matrimonio como meta personal y halló un viraje profundo frente a lo que pensaban las generaciones anteriores.
El sociólogo Luis Barragán, autor del análisis, lo resumió sin rodeos: “En las últimas décadas, el matrimonio ha dejado de ocupar un papel central en los proyectos de vida de las juventudes colombianas. Lo que antes constituía un ritual ineludible de paso a la adultez hoy se ve desplazado por nuevas formas de convivencia y organización afectiva”. Según él, esa transformación responde tanto a cambios culturales como a las expectativas de igualdad en las relaciones.
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El sondeo señaló que seis de cada diez jóvenes apenas contemplan la posibilidad de casarse en algún momento, pero no lo consideran prioritario. Solo tres de cada diez lo incluyeron entre sus planes y apenas un 9% ya formalizó su unión. Más que rechazo absoluto, lo que emerge es una redefinición, muchos quieren amar y construir vínculos, pero sin los trámites que, para sus padres o abuelos, eran inseparables del compromiso.
Ese matiz queda claro en otro hallazgo del estudio. El 65% de los encuestados aseguró que sí sueña con una relación estable; lo que cambia es el formato. Crecen las parejas que prefieren acuerdos flexibles, convivencia sin papeles o relaciones que rehúyen etiquetas. Incluso uno de cada cuatro se inclina por las llamadas situationships, vínculos en los que el afecto convive con la ausencia de compromisos formales. Y para un 9%, la soltería es, al menos por ahora, la elección más coherente con sus metas.
El matrimonio, sin embargo, no desaparece del todo del horizonte juvenil. Casi la mitad de quienes participaron en la encuesta (47,8%) sigue creyendo que casarse es importante para fundar una familia. Pero un 43% lo ve como una costumbre anclada al pasado, y un 9% llega a considerarlo una pérdida de tiempo y de dinero. Las cifras revelaron que la institución atraviesa un momento de debate, atrapada entre la tradición y nuevas sensibilidades.

Barragán situó este cambio en un marco histórico más amplio. “Desde un punto de vista histórico, en Colombia el matrimonio estuvo estrechamente vinculado a la influencia de la Iglesia católica y al control patriarcal sobre las mujeres, configurándose como un dispositivo de legitimación moral y social”, explicó. Esa carga simbólica, añadió, es cuestionada por las generaciones que crecieron con otras referencias culturales y con mayor acceso a la educación y al mercado laboral.
El avance de las mujeres en distintos campos también pesa en el replanteamiento. Hoy muchas jóvenes, afirmó Barragán, “han comenzado a cuestionar el matrimonio como una institución vinculada a la subordinación, exigiendo relaciones horizontales, igualitarias y justas”. En sus decisiones influye no solo el deseo de evitar roles tradicionales, sino la búsqueda de acuerdos donde prime la equidad y la autonomía.
Las prioridades actuales refuerzan ese distanciamiento. Para quienes participaron en el estudio, antes de pensar en alianzas formales está culminar la carrera universitaria, viajar, experimentar, ahorrar y lograr independencia financiera. “Se han dado cambios en los proyectos de vida de los jóvenes, quienes priorizan la educación superior, la actividad social y la independencia económica antes que comprometerse en un matrimonio”, señaló Barragán. El calendario afectivo, en muchos casos, se posterga hasta que otras metas estén consolidadas.

Este panorama no significa que el romanticismo haya muerto. Lo que aparece es un abanico más amplio de opciones y una menor presión social para seguir un único guion. La convivencia, las uniones libres o simplemente mantener relaciones afectivas sin contratos legales forman parte de un mapa sentimental donde cada quien escribe sus reglas. El matrimonio, aunque sigue presente, dejó de ser el punto de llegada obligado.
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