
José Asunción Silva se mató con un tiro en el corazón. Tenía 30 años y transformó la poesía colombiana. El primer modernista, lo llaman. El “bogotano universal”, lo apodó Miguel de Unamuno. El protagonista del billete de 5.000 pesos y el anfitrión original de la Casa de Poesía Silva. Allí se mató en la madrugada del 24 de mayo, o al filo de la medianoche del 23 de mayo. Vaya uno a saber, porque también dicen que lo mataron, que por el fracaso de una fábrica de baldosas o por sus impagables deudas.
Esto último, sus deudas, es tal vez lo menos conocido de la vida de Silva. Además de sus conocidas desgracias: la muerte de su hermana Elvira —a la que adoraba tanto que en la parroquial Bogotá de finales de siglo XIX provocó rumores de una relación incestuosa—, la muerte de su padre, Ricardo Silva —que le dejó un buen número de acreedores haciendo fila—, el naufragio del Amérique —en el que perdió sus inéditos y míticos Cuentos Negros y De sobremesa, su única novela que reescribió frenéticamente antes de matarse—, hay que sumarle que debía hasta la risa.
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Ricardo y José Asunción eran comerciantes, así se ganaban la vida. Vendían artículos de lujo: cortes para trajes, telas para sayas, servicios para licores, vestiditos para niño, zapatos para mujer, adornos para pared, mantillas de cachemira, medias de seda, sobrecorsés elásticos, camisas de piqué, cofres de cobre, cortinas de algodón, cuadros al óleo, columnas de madera, mesas de ajedrez, grabados en acero, baterías de cocina, agua de colonia, jabones Atkinson, champaña Elite, perfumería de Lubín, paños ingleses, vinos franceses, mantas españolas, linternas japonesas, fanales venecianos, calzado de Viena, cuero de Córdoba, hilo de Escocia y pianos Apollo de manufactura de Dresde con sordina, entre muchas cosas más.

El almacén R. Silva e Hijo, según Fernando Vallejo, que escribió una larguísima y detectivesca biografía del poeta, quedaba en la Segunda Calle Real cerca al convento de Santo Domingo. Más o menos la carrera octava con calle 12 en la Bogotá de hoy. Allí se sumergieron en una aventura comercial en la que acabarían debiéndole plata a casi la mitad de la alta sociedad bogotana, a la que pertenecían y por la que José Asunción, gracias a los contactos e íntima cercanía de su padre con esa rancia oligarquía bogotana, pudo ocupar un cargo diplomático en Caracas, de donde regresaría naufragado, y otro en Guatemala, en el que no logró posesionarse, por su suicidio, pero por el que cobró por adelantado su sueldo.
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Silva tenía vida de aristócrata, fumaba tabaco egipcio y se daba los más extravagantes lujos para una persona que tenía deudas por más de 210.000 pesos, muchas que no pagó o que intentó pagar con la misma mercancía que no podía vender. Es que solo a los Silva se le ocurrió que en la pequeña Bogotá —que ni ciudad ni Atenas suramericana— un almacén de productos de lujo sería un buen negocio.
Las deudas de “nuestro poeta, el más grande”, como escribió Fernando Vallejo, no solo estaban en Bogotá, también las tenía en Francia, de donde importaban muchos artículos que nadie compraba. A los franceses nunca les pagó, incluso le enviaba cartas a su padre, cuando este estuvo en París antes de regresar a morirse en Colombia, diciéndole que tranquilizara a sus proveedores y que pronto les enviaría dinero, en la próxima carta seguro les envía algo, le escribía a Ricardo Silva.
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En Bogotá, sus deudas eran impagables y todas las registraba, juiciosamente, en su diario de contabilidad. Tenía 42 acreedores en total, “entre los de ultramar y criollos” escribe Vallejo, que para escribir Almas en pena Chapolas negras —su biografía—, pudo revisar el diario de contabilidad del poeta y 20 cartas desconocidas que le fotocopió uno de los descendientes de Julia Silva, la otra hermana de José Asunción.
Pero volviendo a sus acreedores, eran 42 y fue ejecutado judicialmente ocho veces por sus deudas. Sus ejecutores fueron: Luis Pratt, Juan Auza, Gonzalo Ramos, Guillermo Uribe —de este se aprovechó luego de la muerte de su padre, con el que Uribe tenía un convenio para serle codeudor, para seguir pidiendo mercancía poniéndolo como garantía sin que este supiera. Incluso le envió una carta de 103 folios, dice Vallejo, en la que como un caradura intenta excusas para salvarse de la ejecución—. Sus otros ejecutores fueron Mercedes Diago, su abuela, a la que hizo hipotecar su casa para tapar un hueco abriendo otro, y el banco Internacional.
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Luego del naufragar de regreso a Bogotá, Silva, además de reescribir frenéticamente De Sobremesa, intenta un nuevo negocio, consigue siete socios y que el gobierno le adjudique un permiso para montar una fábrica de baldosas con un procedimiento que dijo haberse inventado. El negocio fue un fracaso. Atosigado de deudas, Silva encuentra el viejo revolver Smith & Wesson de su padre, lo manda a arreglar, pues estaba oxidado y días antes, no la víspera de su suicidio como se cree —y se empecinan en contar todos, menos Vallejo, que lo aclara—, le pidió a su amigo y antiguo compañero de colegio, Juan Evangelista Manrique, que le dibujará en el pecho el lugar exacto en donde está el corazón.
Esa noche, la del 23 de mayo de 1896, José Asunción se reunió con varios amigos. Eran 13 con él. Supersticioso, no se sentó a la mesa, sino que los atendió. Conversaron por horas. Su amigo Hernando Villa fue el último que lo vio con vida y el primero de sus amigos en verlo muerto, pues la primera fue la criada de la familia, que cuando entró a su habitación con su té matutino lo descubrió muerto.
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Sobre esa noche Villa escribió muchos años después:
Esa madrugada cumplió el presagio de su amigo y dejo sus impagables deudas. ¿Las habrá pagado su madre viuda y su hermana Julia? ¿La pagaron los De Brigard, con los que se emparentó Julia y que le entregaron a Vallejo el diario de contabilidad? Vaya uno a saber, lo único cierto es que Silva, hoy, por justicia poética, figura en el billete de cinco mil pesos.

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