
“En aquella etapa de mi vida, con 23 años, nunca había tenido todavía una novia oficial, trabajaba en una empresa del estado, estudiaba ingeniería y jugaba al fútbol. En ese momento mis intereses no pasaban por las chicas sino por otro lado”, relata Luis Masci (cordobés, hoy 67 años) al hilar sus recuerdos y desgranar su historia con Infobae: “Un día cualquiera vino a visitarme Miguel, mi mejor amigo, quien se había casado hacía muy poco. Me dio un osito de peluche y me dijo que me lo mandaba su cuñada Adriana por mi reciente cumpleaños. Era algo extraño y, al rato, tuvo que reconocer que su cuñada me había fichado… ¡y que esa era su forma de hacérmelo saber!”. Fichar, en esos años, significaba que ella lo había puesto bajo su mira.
Adriana tenía 21 años. Luis la conocía, pero no le había prestado especial atención.“Era una linda chica, pero la verdad es que no había pensado en ella nunca desde un punto de vista sentimental. Hasta esa ocasión…”, reconoce. Se quedó pensando que si ella le tiraba onda podría valer la pena conocerla un poco más: “¿Por qué no intentar algo?, me dije, “Después de todo quería tener una novia y lo que ello podría implicar. Concertamos una salida. Fuimos a un boliche de donde salimos siendo ya novios esa misma noche. Lo cierto es que yo no sentía demasiado, no tenía sentimientos intensos, pero ella sí parecía sentir mucho amor por mí. Me cuidaba, me mimaba y me daba afecto. Al fin y al cabo me gustó tener una linda chica a quien poder presentar como “mi novia” y estar acompañado. Sin embargo, debo aclarar que ella no constituía de ninguna manera una prioridad para mí. Quiero decir: si tenía que elegir entre juntarme con mis amigos o salir con ella, prefería lo primero. Tampoco dejaba de lado un partido de fútbol aunque para eso tuviese que cancelar una cita con Adriana. Era frecuente que pasáramos varios días sin saber uno del otro. Las comunicaciones no eran fluidas en esa época y las distancias parecían mucho más lejanas que lo que se percibe en la actualidad. Un día desesperada por encontrarme llamó por teléfono a mi trabajo. Yo era empleado en una fábrica de aviones mientras estudiaba ingeniería. Parece algo intrascendente para los jóvenes de hoy, pero en la década del 80 llamar a alguien por teléfono era una proeza. Por empezar, no teníamos todos teléfonos en nuestros hogares. En mi trabajo solo había uno. Por supuesto que cuando llamó se enteró todo el mundo porque tuvieron que localizarme para que atendiera el teléfono. Fue un alboroto por una tontería, porque no pasaba nada grave. Solo que ella se sentía insegura de mi amor y había llamado para escucharme la voz y saber algo de mí. Adriana me reprochaba siempre mi conducta, decía que sentía que era ella quien estaba detrás mío y que yo no le prestaba toda la atención que una novia merecía”.
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Luis continúa relatando: “Con el tiempo, luego de muchas actividades juntos y de intimidad compartida, la fui sintiendo como una verdadera compañera de vida. Me acostumbré a su forma de ser, a sus caricias, a sus cuidados. Claro que teníamos grandes diferencias: ella era muy religiosa y yo no; ella era apegada a las tradiciones y formalidades, yo era todo lo contrario”. Las diferencias existían y ambos eran conscientes de ellas, pero lograron sobrellevarlas. El noviazgo siguió adelante durante más de un año y medio.

Rendido ante los sentimientos
Ambos vivían en la ciudad de Córdoba y corría el año 1981 cuando Adriana empezó a insistir con que debían comprometerse y poner fecha para el casamiento.
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Luis fue obediente: “Aprovechamos la reunión familiar de fin de año, para anunciar nuestro compromiso, con anillos incluidos. Dijimos que nos casaríamos quizá en unos seis meses. Así oficializamos nuestro noviazgo. En realidad, muy dentro de mí, sentía como imposible el matrimonio en un plazo tan corto como habíamos planteado. No teníamos dónde vivir, ni electrodomésticos, ni muebles, ni dinero suficiente. ¿A dónde iríamos? ¿A vivir con nuestros padres? No parecía una buena idea. No obstante, seguimos adelante. Ella para mí no había sido hasta ese momento, como ya te conté, una prioridad en mi vida diaria, ni cerca de eso”.
Llegó enero del ´82. Se fueron juntos de vacaciones y pasaron unos días maravillosos en la casa de campo de los padres de Adriana en Tanti, a 60 kilómetros de la capital cordobesa. Eso cambió la atención de Luis hacia ella de manera radical.
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“Por la mañana íbamos de compras al pueblo cercano, las tardes las pasábamos en la playa al lado del río y las noches con la frescura de las montañas y el olor a campo. ¿Quién no iba a caer enamorado en medio de semejante naturaleza y tan bellos paisajes? Creo que ahí fue cuando me sentí enamorado por primera vez y realmente ligado a su corazón. De allí en más ella sería mi prioridad ante todo”.
Luis había caído rendido en los brazos de su novia. Se entregó por completo pero, contra todos los pronósticos, los planes de casamiento se fueron postergando. La fecha quedó en el aire y ella dejó de insistir con la boda.
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Asoma el desinterés
Fue después de ese verano idílico que Adriana comenzó a mostrarse distinta. Muy diferente a cómo había sido hasta entonces.
“Ella, por fin, había empezado a ser el foco de mis atenciones, pero curiosamente de manera paulatina fue perdiendo interés en mí. No me di cuenta en ese momento, fue un proceso sumamente gradual. Cuando lo noté, ya era demasiado tarde. ¿Alguien sabe cómo se llamará ese fenómeno tan común en psicología? ¿Cuando alguien se muestra distante es interesante y cuando se acerca deja de serlo? Había una vieja canción justo con esta temática que me recuerda lo vivido ese tiempo: Por tenerte conmigo me desespero, pero si te acercas me alejaría”.
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Luis parece tímido y de pocas palabras, pero para hacerme recordar la canción la canta en el teléfono sin cohibirse. Entona bien y sabe la letra. Al mismo tiempo googleo y le digo que la web afirma que es de Horacio Guarany. La estrofa dice: “(...) no quisiera quererte pero te quiero
ese castigo tiene la vida mía
por tenerte conmigo me desespero
pero si te acercas me alejaría…”.
Para Luis esto configura una paradoja que suele afectar a muchos, tanto a mujeres como a hombres: “Resulta que cuando yo no le daba pelota, ella me buscaba y cuando, por fin, estuve ahí para ella, todo pasó a ser al revés. Lo cierto es que cuando llegó el invierno ya había empezado a notar su distancia. De pronto descubrí que le molestaban cosas mías que siempre habían estado ahí y que las diferencias que habíamos sobrellevado tan bien se habían vuelto infranqueables ante sus ojos. Su desinterés ya era evidente. Una noche fui a esperarla a la salida del instituto de inglés donde estudiaba. Se mostró fría y apática. Lejana. No le alegró verme. Me dijo que yo había cambiado mucho, que ya no le despertaba nada. Para mi sorpresa me di cuenta de que la estaba perdiendo. Unos días después me mandó una carta donde decía que había terminado conmigo. Me desesperé aunque ya hacía tiempo que Adriana me había dado claras señales que yo no supe o no quise ver: había dejado de mimarme, de consentirme”.
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Luis creía que el amor que se declaraba como incondicional tenía como característica intrínseca ser eterno. Le costó aceptar que estaba equivocado, pero no tuvo más remedio: “Nunca pensé que su amor podría cambiar. Creí que siempre la tendría enamorada a pesar de que no la mereciera. Erróneamente estaba convencido de que si a pesar de mi primer desapego ella me había sido fiel, mucho más lo sería ahora cuando yo le estaba expresando todo mi amor. Estaba en un error”.
No hubo retorno. Fin para Luis y Adriana.
Soñar el futuro: los ojos del amor
Luis quedó desolado, como nunca pensó que podía estarlo. Con la idea de mitigar sus penas comenzó a escribir un diario personal: “No era un diario en el estricto sentido de la palabra, no escribía todos los días sino cuando tenía tiempo y ganas de hacerlo. Eso me duró algunos meses. Como con todo, la vida pasa, las penas se van desvaneciendo y uno sigue su camino”. Con el tiempo Luis dejó de escribir y de llorar por aquel amor y Adriana empezó a desdibujarse y se convirtió en un recuerdo.
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Tres años después él se volvió a enamorar. La elegida fue una joven llamada Norma a quien conoció en un baile en Villa Retiro, en las afueras de la capital cordobesa. Lo que más le impactó a Luis fue su mirada verde coloreada con puntitos color caramelo. Se casaron en 1986. Con ella tuvo dos hijos que hoy tienen 34 y 36 años. Un amor largo, una compañera de vida hasta el día de hoy.
Hace unos meses, ordenando cosas en su oficina, Luis se tropezó con algunas páginas sueltas de aquel diario donde había enterrado sus penas. Resultó toda una sorpresa porque no recordaba casi nada de lo que ahí leía.
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“Lo encontré por casualidad. Lo tenía olvidado en un viejo escritorio. Me puse a leer algunos pasajes al azar. Había olvidado muchísimas cosas. De pronto llegué a una página donde me quedé petrificado. Decía lo siguiente: Anoche soñé con un par de ojos bellísimos. Unos ojos verdes con pintitas marrones que veía con una inusual nitidez para un sueño. Pensé que como es habitual para estos días, que era otro sueño relacionado con Adriana, pero no podía ser porque sus ojos aunque bellos, eran pardos y bastante comunes. No sé de donde salió en mi sueño este par de ojos tan bellos con pintitas.”

Luis estaba shockeado. No recordaba para nada esas palabras garabateadas en las páginas amarillentas de su juventud. No tenía registro de que las había escrito y, mucho menos, tenía presente aquel sueño tan gráfico. “¿Por qué mi perplejidad? Porque no eran los ojos de Adriana, pero en cambio la descripción de esos ojos verdes con pintitas oscuras corresponde exactamente a los de quien es hoy mi esposa, Norma. El tema es que, al momento del sueño que registré en mi diario personal, faltaban todavía tres años para que conociera a mi mujer. ¿Premonición? ¿Casualidad? ¿Futurología? No lo sé. No tengo idea cómo llamarlo. He escuchado que los sueños muchas veces encierran misterios que los humanos no pudimos todavía descifrar. Es un verdadero misterio. No soy religioso, soy agnóstico, así que no encuentro explicación por ese lado. Pero lo que es cierto es que gracias a mi viejo diario descubrí el secreto de los ojos de mi mujer quien fue el amor real de mi vida”.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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