
La última vez que Bautista la vio fue en el verano de 1988, en una esquina de Parque Chacabuco donde los árboles daban sombra incluso en los días más impiadosos de febrero. Ella se despidió con una frase que él jamás olvidó: “Me voy a volver a juntar con el padre de mis hijos, no nos vamos a poder ver más”.
Pasaron casi cuatro décadas desde entonces. Y sin embargo, ese nombre inventado que ella usó una sola vez en voz baja —“me llamo Carrie”— se le quedó a vivir en el pecho como un tango.
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Buenos Aires, 1986
El 15 de febrero de 1986, un día después de San Valentín y en plena época de carnavales, Bautista salió con sus amigos a Bamboche Club, una de las discos más emblemáticas de la avenida Rivadavia, en el barrio de Flores, conocida por sus maratones y fiestas temáticas —un sitio que, con el tiempo, se transformaría en La Puerta del Sol, un boliche tropical—. Tenía 23 años, trabajaba en una oficina de correo cerca de Plaza San Martín y vivía con su madre en un departamento de dos ambientes sobre la calle Esmeralda, en Retiro. Para él los sábados eran sagrados.
Bamboche era su segunda casa. En la puerta había un personaje pintoresco —un hombre de baja estatura apodado “Tito”— que oficiaba de filtro y a veces de confesor. Esa noche la fila rodeaba la cuadra. Bautista y sus amigos, a esta altura amigos de Tito, entraron sin esperar. “Teníamos palanca”, dice girando una perilla invisible, con sus cansados 62 años, haciéndole un guiño al pasado feliz.
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La estrategia era conocida: se paraban cerca de los baños a la espera de chicas que salieran después de acomodarse frente al espejo. “Fue entonces cuando la vi”, recuerda todavía obnubilado. Era alta, de pelo castaño claro y ojos verdes, vestida con un pantalón blanco ajustado y una blusa azul con hombreras. “Una bomba atómica”, resume con la mirada encendida en aquella noche inolvidable. Estaba con su hermana y una amiga. Bautista la invitó a bailar y ella aceptó sin dudar.
Se llamaba Carrie, le dijo. Él, improvisando sobre la marcha, eligió Bautista por un bisabuelo que nunca había conocido. Bailaron hasta que llegaron los lentos y ahí, entre baladas de Air Supply y Alphaville, se besaron por primera vez. “¡Y qué beso! ¿Viste cuando se te mueve todo por dentro? Sin dudas el mejor primer beso de mi vida”, dice con nostalgia contenida. El resto de la noche fue una sucesión de secretos compartidos a media voz.
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Más tarde ella le confesó que tenía 27 años, que estaba casada, que era madre de tres hijos y que aquella era su primera salida en años. Lo miró con una mezcla de dulzura y resignación: “No estoy buscando nada pero sos un buen pibe”.
Para Bautista ella era la mujer ideal.
Y lo fue…

Un amor clandestino
Durante cinco meses se vieron casi todas las semanas. A veces en el boliche, otras en bares discretos de Almagro o Boedo y otras en departamentos prestados por amigos que les hacían “la gamba”. Carrie le hablaba de sus hijos, de su infancia en Flores, de su amor frustrado por la danza. “Me atraía todo en ella: su voz, la curva de su cintura, su mirada profunda pero misteriosa, lo que decía y lo que no, era toda sexy”, describe como quien adora a una figura celestial. Bautista escuchaba todo con devoción, intentando memorizar cada detalle. Aunque, sin esperanza de que su musa dejara su historia oficial, decidió también mirar otros rumbos. Así, en septiembre de ese año, conoció a quien más tarde sería su esposa, Mariana, una bibliotecaria de Villa Urquiza con la que tuvo un hijo diez años después.
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En paralelo siguió viendo a Carrie, al menos hasta enero de 1987. Ya no eran pareja —nunca lo fueron—, sino más bien “algo” que en su interior él no se animaba a definir. ¿Amigos con derechos? ¿Fantasmas con privilegios? “Yo hubiera querido todo con ella, pero bueno…”, dice dejando abierta la frase que, por sus ojos vidriosos, es fácil de completar.
Una tarde de marzo quiso sorprenderla. “La extrañaba y necesitaba verla”, se justifica como si el tiempo no hubiera pasado. Tomó el colectivo 65 desde Retiro hasta Parque Chacabuco. Caminó por Avenida La Plata hasta la esquina con Tejedor, donde ella le había dicho que vivía. Tocó el timbre. Esperó. Preguntó a los vecinos. Carrie se había mudado sin avisarle.
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Durante semanas hizo averiguaciones sin éxito. Hasta que una noche, en Bamboche, se cruzó con la hermana de Carrie. “Se separó”, le anunció la buena nueva. “Ahora vive en otro lado”. Le dio la dirección. Y así volvieron a encontrarse. Esta vez, sin promesas.

El final (¿definitivo?)
El reencuentro duró hasta 1988. Para entonces, Bautista ya se había comprometido con Mariana. Aún así, si hubiese sido por él, hubiera sostenido en paralelo su “pasión secreta” con la chica del boliche. Pero Carrie planeaba volver con su marido, o al menos eso le dijo. Él no insistió. “Lamentablemente”, agrega dándole énfasis a su resignación, como si aquello apaciguara esa mezcla de angustia y bronca que todavía siente. “Enojo conmigo por no habérmela jugado”. Simplemente dejó de verla. Dejó que “el tiempo decidiera por los dos”.
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Durante años pensó en ella de manera esporádica. “Era involuntario. Todo me la recordaba. Había una publicidad de un chocolate, que pasaban cada dos por tres, en la que la chica era idéntica a mi Carrie y cada vez que la veía imaginaba volver a tenerla en mis brazos”, recuerda con la mirada perdida. A veces la soñaba. A veces creía verla en la calle. Pero nunca hizo nada. Se casó, tuvo un hijo, se mudó a Morón. Trabajó en el mismo correo durante tres décadas.
Hasta que en abril de 2024, mientras caminaba por Caballito para hacerse unos anteojos en una óptica de la avenida Acoyte, algo hizo click en su cabeza. Pasó frente a un edificio y le pareció ver la sombra de Carrie subiendo una escalera. Sabía que era una ilusión, pero aquel espejismo fue suficiente para tomar la decisión de su vida: buscarla.
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Empezó con lo típico, las redes sociales. Facebook, Instagram, incluso LinkedIn. Nada. Probó con el padrón electoral, sin éxito. Pensó en rendirse. Pero entonces, “como en una película de detectives de los años cincuenta”, contrató a una agencia. Pagó una suma considerable. Les dio apenas su nombre y apellido y la edad aproximada.
El milagro ocurrió: le consiguieron una dirección y un número de celular. Durante un mes entero fue a la zona a esperar encontrarla por casualidad. Nunca apareció. Le mandó un mensaje de WhatsApp. No hubo respuesta. “Se la había tragado la tierra”.
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Entonces escribió una carta. Le habló de aquel verano de 1986, de Bamboche, de los corsos en Rivadavia. Le dijo que estaba escribiendo una novela basada en aquellos años y que le gustaría preguntarle algunos detalles. La dejó por debajo de la puerta. “Bien a la antigua”.
Días después recibió un mensaje: “¿Qué querés?”. Le contestó con respeto pero sin mucha simpatía. Le recordó quién era. Al principio ella pareció reconocerlo, pero al segundo mensaje el tono cambió: “No te conozco. No vuelvas a mi barrio. Esto es acoso”.
No insistió. No volvió.

Hoy, Bautista tiene 62 años. Se jubiló del correo. Vive solo en un PH modesto en Castelar. A veces escribe. A veces mira fotos viejas. A veces escucha la canción “Carrie”, de Europe, y se permite llorar un poco.
No volvió a enamorarse como entonces. No sabe si idealizó a Carrie o si simplemente fue un amor imposible atrapado en el ámbar del recuerdo. “Esperaré un milagro antes de la partida”, dice sin ironía. A veces sueña con que ella lea la novela –“o, quién sabe, esta nota”, agrega ilusionado—, que entienda que no era una amenaza, que sólo quería cerrar una historia abierta.
Y entonces, quizás, el tiempo les dé una última escena.
* Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com.
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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