
Hay 700 millones de perros domesticados en todo el mundo. Para la mayoría de los dueños de mascotas, estos animales son sus compañeros y "los mejores amigos del hombre". Pero para un pingüino, un urogallo o un alce, los perros pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Cada mes los perros domesticados matan a miles de animales salvajes y de ganado. A consecuencia de eso, muchos han sido perseguidos y envenenados, desde Austria a Nepal pasando por Alaska. Es tiempo de que pensemos en cómo manejar las poblaciones caninas de todo el mundo e impulsar políticas que reduzcan su impacto en la vida silvestre.
Los científicos que viajan al Himalaya, el desierto de Gobi y otros lugares para estudiar la existencia de animales extraños han regresado con informes que aseguran que los perros están acabando con la vida silvestre. En tan solo seis semanas, un perro en libertad de Nueva Zelanda acabó con 500 kiwis en peligro de extinción. En Australia, tres perros mataron a ochenta pingüinos en una noche. El parque nacional de Bhután también perdió un tercio de los takines, una mezcla de antílope y cabra, por la presencia canina.

A nivel mundial, los perros han provocado cerca de diez extinciones y siguen amenazando otras 150 especies. Solo en Estados Unidos, unos 78.000 perros vagan por zonas cercanas al desarrollo urbano y suburbano. Desde las costas marítimas hasta los bosques. Allí estos animales persiguen y atacan aves y ciervos silvestres, además de atemorizar a los depredadores nativos como los zorros o los pumas.
El olor de un perro ya es suficiente como para obligar a que la fauna silvestre huya y se esconda. La presencia canina incrementa el ritmo cardíaco en ovejas y hace que las marmotas sean mucho más reticentes a salir de sus madrigueras. Algunos animales dejarán la vida aérea si notan que hay perros con frecuencia, y eso les obligará a renunciar a las oportunidades de alimentarse y viajar.
En otros lugares los perros actúan como foco de enfermedades, como la rabia, el parvovirus canino y la leishmaniasis (conocida como fiebre negra). Varios estudios de Brasil revelan que la vida silvestre y ganadera está en riesgo de sufrir leishmaniasis, de la cual se infectan 1,6 millones de personas al año. En la reserva Wolong de China, los perros que corren en libertad comparten al menos cuatro microparásitos con los osos panda, lo que supone una amenaza para ellos.

En países pobres como Nepal las manadas de perros, que originalmente protegían a la población de los leopardos de las nieves (o irbis), se han multiplicado. Los canes se han quedado en pequeñas aldeas, viven de los restos de comida o cazan animales silvestres en hábitats forestales. Y eso provoca un conflicto. En el Área de Conservación del Annapurna los aldeanos envenenan a los perros con estricnina, que causa una muerte larga y dolorosa. Por eso no es raro encontrar algunos cadáveres en el borde de los ríos y en los vertederos.
Pero ellos no son el problema principal. Somos nosotros los que tenemos la responsabilidad de manejar nuestras poblaciones de perros y proteger nuestra fauna más vulnerable. En muchos países en desarrollo la gestión de los perros sigue siendo una estrategia más reactiva que proactiva. El envenenamiento apenas sirve de nada y muchas comunidades carecen de capacidad económica para controlar esta situación.
El control de los perros todavía no se ha abordado como un problema de conservación de la vida silvestre. Mientras que el impacto del cambio climático se puede apreciar mejor, las soluciones a este problema requieren la participación de diversas instituciones. Esas estrategias se pueden implementar con relativa facilidad y de forma variable, generando profundos efectos en la biodiversidad.

Las organizaciones no gubernamentales y sin fines de lucro que trabajan en Asia, África y Europa, donde los gobiernos no se han hecho cargo, han causado un gran impacto en las comunidades y la vida silvestre con programas de esterilización y vacunación masiva. Organizaciones como la Alianza Global para el Control de la Rabia y la Organización Mundial de la Salud abogan por este tipo de acciones para reducir la transmisión de enfermedades. Como resultado de eso, 15 países y Hawai han sido declarados libres de rabia.
A medida que la población humana crece, estas organizaciones necesitan el apoyo para el impulso de estas acciones. También tienen que ser vistas como programas de ahorro en términos médicos. El costo de salvar una vida humana por rabia es, por ejemplo, de USD 10.000, ya que esta enfermedad sigue siendo mortal para las personas en los países en desarrollo. Pese a eso, el costo anual de vacunar a un perro es de USD 7.
Hay un perro por cada 11 humanos en la Tierra y estos animales continúan siendo uno de nuestros carnívoros más dominantes, por encima de muchas otras especies. Debemos trabajar un poco para asegurarnos que nuestra mascota no evolucione de amigo a enemigo.
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