Ilustración por Agnès Ricart Gregori
Ilustración por Agnès Ricart Gregori

Para hacerse pasar la prueba del pañuelo y demostrar que es virgen el día de su boda tuvo que hacerse un zurcido vaginal.

Para preservar su anonimato, decidí en un primer momento llamar a Amanda*, Alba. Ella se rió y me dijo: "Mira a ver, pon un nombre que no tenga ninguna gitana, que Albas hay muchas y le puedes desgraciar la vida a una". Así pues, optamos por llamarla Amanda (un nombre, según ella, mucho menos común entre las gitanas). Realmente no se llama Alba ni se llama Amanda, pero debe ocultar su nombre y su identidad porque tiene 20 años, es gitana y está a punto de casarse. Y no es virgen.

A pesar del miedo inicial, del "que sí-que no" a la hora de decidirse a hacer la entrevista, una vez que está segura de que su identidad no va a aparecer en ningún sitio, que no voy a grabar su voz ni a sacarle fotos, Amanda empieza a contar cosas que de primeras me daba pudor preguntarle.

Se adelanta a mí, y me dice, casi sin pararse a respirar: "Perdí la virginidad porque me enamoré de un chico que no era gitano en el instituto, y si quieres ser novia de un chico que no es gitano no puedes estar contándole lo de ser virgen hasta casarte. Después estuve con otro, pero de ese no estaba enamorada. No era que ellos me obligaran, también yo me lo pasé bien, a ver qué te piensas. Total, que virgen, lo que se dice virgen, no soy".

Se ríe mientras lo dice, pero hay algo de angustia. A ratos se pone seria y suspira. "Así que ahora tengo que hacer lo que tengo que hacer. No soy la primera que se va a hacer un zurcido, ya te lo digo yo", sentencia. Y se ríe. Siempre se ríe. Suelta una puntilla de cierta amargura por el destino marcado, pero al mismo tiempo hay algo precisamente en ese destino marcado que parece llenarla de energía.

“Perdí la virginidad porque me enamoré de un chico no gitano en el instituto, y si quieres ser novia de un chico no gitano no puedes estar contándole lo de ser virgen hasta casarte”

Una de las claves de la ley gitana es la fidelidad a su raza, y eso pasa por acatar la ley paterna. El padre de Amanda, cuando ella tenía catorce años, apalabró su boda con un joven —que en aquel momento no tenía más que quince años— de una familia amiga. "Por suerte su familia se tuvo que ir fuera por negocios del padre, y estuvieron unos años viviendo en Portugal. Así que yo pude ir al instituto, seguir saliendo con mis amigas", cuenta Amanda.

Mientras ella llevaba una vida de adolescente relativamente normal, sus amigas gitanas se iban casando, una por una, hasta que sólo quedó ella soltera. "De mis amigas payas no está casada ni una, porque no es costumbre tan pronto entre las chicas ni gitanas. Si fuera por mí, vivía unos cuantos años más soltera, pero dime tú dónde va una gitana de veinte años sin marido. A mi edad algunas ya tienen tres o cuatro hijos. Yo no podría hacerle eso a mi padre, no casarme, no".

“De mis amigas payas no está casada ni una, porque no es costumbre tan pronto entre las chicas no gitanas. Si fuera por mí, vivía unos cuantos años más soltera”

Amanda habla atropelladamente, como si lo hiciese a la misma velocidad a la que chocan sus contradicciones. Pero finalmente parece llegar a un acuerdo consigo misma, a una cierta paz: "Prefiero casarme que no casarme, y este muchacho es bueno".

El gran momento de la boda gitana (especialmente en Andalucía) es la prueba del pañuelo. A pesar de que la familia de la novia tiene que haber vigilado la conducta de la joven hasta el momento del casamiento y poder asegurar su virginidad, esta debe ser verificada mediante el método de las tres rosas. Este ritual consiste en que una mujer especializada en el tema, llamada sicobari o juntaora, introduce un pañuelo en la vagina de la joven, rompiendo así el himen, y logrando tres manchas rojas en el pañuelo.

Obviamente, no todas, y especialmente las que se casan tarde, llegan al matrimonio con el himen intacto. Y es entonces cuando se acude a lo que popularmente se llama 'zurcido'.

De La Celestina se decía que era "perfumera, maestra de hacer afeites y virgos, alcahueta y un poquito hechicera". La Doctora Vilas lleva quince años dedicada precisamente a rehacer la virtud para volver a jugar a ser virgen o para fingir que una lo es cuando no lo es y se le exige que lo sea. Además de este tipo de operación, realiza labioplastias, reducciones de clítoris, y operaciones de rejuvenecimiento vaginal.

La Doctora Vilas lleva quince años dedicada precisamente a rehacer la virtud para volver a jugar ser virgen o para fingir que una lo es cuando no lo es y se le exige que lo sea

En sus propias palabras, "El zurcido, que en realidad se llama himenoplastia o reconstrucción de himen, es una práctica quirúrgica que solicitan mujeres en dos situaciones: una, que por una cuestión de gustos sexuales, quieran volver a vivir la sensación de ser vírgenes, u ofrecerles su himen intacto a sus parejas como parte de una fantasía sexual, o dos, que pertenezcan a alguna cultura que dé importancia a la virginidad de la mujer". En su despacho, la Doctora Vilas nos muestra a Amanda y a mí en qué consistirá la operación. Hace dibujos en una pizarrita, que Amanda mira riéndose, sin prestar demasiada atención. "Si a mí no me tienes que explicar nada. Con tal de que te quede apañado…", dice entre risas.

"Hay varias técnicas de reconstrucción de himen —explica la Doctora Vilas— La más sencilla es la que simplemente une los restos que puedan quedar del himen, aplicando anestesia local". La particularidad de este sistema concreto es que debe realizarse entre una semana y tres días antes de que se vayan a mantener relaciones sexuales, porque la reconstrucción es débil y puede romperse antes del momento.

Hay otra medida, también temporal, y que también debe hacerse pocos días antes del momento en el que se vayan a tener relaciones, que se hace usando un material biológico desgarrable llamado Alloplant. Este material se implanta en la vagina, imitando al himen.

La intervención más complicada en lo que a zurcidos de himen se refiere es la cirugía plástica vaginal, en la que se hacen incisiones a ambos lados del la mucosa que recubre las paredes vaginales y se unen entre sí. En este caso, se debe esperar un tiempo antes de tener relaciones sexuales, puesto que la operación implica una herida que debe sanar.

En internet se comercializan una especie de membranas gelatinosas que desprenden un líquido rojo al romperse, y que hacen como si fuera el himen si son colocados en la vagina veinte minutos antes de la relación sexual

"En cualquiera de estos casos", explica la Doctora Vilas, "la intervención debe ser realizada por un especialista. Nos ha llegado algún que otro caso en el que el proceso había sido llevado a cabo de forma ilegal, vete a saber dónde, y había todo tipo de infecciones, cosas muy mal hechas, tejidos imposibles de romper con el coito… un desastre".

De hecho, en internet se comercializan una especie de membranas gelatinosas que desprenden un líquido rojo al romperse, y que hacen el como si fuera el himen si son colocados en la vagina veinte minutos antes de la relación sexual. Estos himenes falsos han sido retirados del mercado en algunos países, por no estar hechos de sustancias del todo fiables. Es inevitable, llegadas a este punto, que la cultura popular aflore.

La Doctora Vilas nos habla de casos sucedidos en pueblos en los que las chicas, antes que ser descubiertas como no vírgenes, se suicidaban. Amanda cuenta que una chica gitana conocida suya se casó sin ser virgen y no se zurció. "Su madre y sus hermanas pagaron dinero a la juntaora que le tenía que hacer la prueba del pañuelo para que hiciese el juego de que habían salido las tres rosas. Después, en la noche de bodas, se hizo un corte en el dedo, se apartó cuando su marido la intentó penetrar por primera vez y se puso la mano ahí en medio, con el dedo sangrando. El novio se creyó que la sangre era suya".

Una de cada mil mujeres nace sin himen, y el 44% de las mujeres no tienen pérdida de sangre en el primer coito

Con respecto a todo lo que hay de mito alrededor del himen, la Doctora Vilas dice que cada mujer es un mundo, y que los hímenes pueden ser absolutamente distintos, o incluso no existir (Una de cada mil mujeres nace sin himen, y el 44% de las mujeres no tienen pérdida de sangre en el primer coito). "La prueba del pañuelo es, en realidad, y con todo el respeto, una comprobación sin ningún tipo de fundamento. Una puede ser virgencísima y no sangrar nada", concluye.

Tras la exploración, la Doctora Vilas decide que, en el caso de Amanda, al existir trozos de himen roto en la entrada de su vagina, se recurrirá al sistema más tradicional del zurcido, uniendo estos restos. Amanda, que no vive en Madrid, deberá trasladarse de nuevo a la clínica cuatro días antes de la boda, para evitar fallos, ya que el sistema es frágil.

Amanda, nerviosa por estar ya en la recta final de todo este asunto, parece dispuesta a todo: "Yo lo que tú me digas. Ya se inventará algo mi madre de vestidos o pruebas de la boda y nos vendremos aquí".

Prácticamente todas las mujeres de su familia, excepto sus abuelas, saben a la operación que se va a someter. Amanda habla de ello como si fuese un secreto de mujeres habitual en las familias gitanas. "De este tema se habla con cuidadito, pero se habla. A veces el dinero, como no se le puede pedir al padre, lo reunimos de alguna forma entre todas", explica. La operación cuesta 2.300 euros, un dinero fundamental para el futuro de Amanda. "Si no tuviésemos ese dinero, yo no sé…", titubea, nerviosa, como no queriendo pensar en el asunto. "A mí me echarían de mi casa, y a ver a dónde voy yo. Todo se lo tengo que agradecer a mi madre".

“De este tema se habla con cuidadito, pero se habla. A veces el dinero, como no se le puede pedir al padre, lo reunimos de alguna forma entre todas”

El día de la operación, Amanda aparece acompañada de su madre y una de sus primas casadas. La situación es tensa; a la familia no le hace demasiada gracia que Amanda haya accedido a colaborar en un artículo, así que sólo hablamos un momento en el que su madre y su prima no están presentes, fumando en la puerta de la clínica. Amanda fuma con ansia, casi diría que con angustia, pero al mismo tiempo parece feliz.

Habla atropelladamente, de forma torrencial, y con una sonrisa, como siempre. "Me dan los nervios, claro que sí, pero es que quiero que todo salga bien. Nunca sale mal, no sé por qué me preocupo, y además me van a poner anestesia. Yo lo que quiero es que todo se solucione y estar casada ya, tranquila con mi marido, y darle nietos a mi madre, que se ha esforzado mucho por mí, me lo ha dado todo", me confiesa. En la sala de espera, su madre y su prima se comportan con normalidad. No veo reproche, disgusto ni susto en su trato hacia Amanda.

Comen sandwiches que han traído, hablan de forma breve de cuestiones de la boda, hablan por el móvil. Actúan con la tranquilidad de quien espera para hacerse unos análisis. Una enfermera de la clínica hace a Amanda pasar a una habitación para prepararse para la intervención. Su madre y su prima le dan dos besos, y su madre se santigua.

“Yo lo que quiero es que todo se solucione y estar casada ya, tranquila con mi marido, y darle nietos a mi madre, que se ha esforzado mucho por mí, me lo ha dado todo”

Antes de desaparecer por la puerta, Amanda se gira y me hace un leve gesto de despedida de cabeza. Y yo, nerviosa, alzo el pulgar y hago el gesto de ok con la mano. La operación, con anestesia local, tendrá una duración estimada de una hora.

Mi plan es esperar a que Amanda salga, preguntarle cómo se siente, y marcharme. Pero, nada más desaparecer por la puerta del preoperatorio, su prima se levanta y, muy amablemente, me pide que me marche. "No es por mí, que a mí no me importa, pero es que a mi tía le da mucho miedo. Esto es una cosa de familia", me dice.

Antes de irme, les deseo suerte. La madre, un poco airada, responde: "Qué suerte ni qué suerte. 2000 euros es lo que hace falta, y no suerte".

Amanda siguió las recomendaciones de la cirujana de no hacer movimientos físicos bruscos durante la boda para no romper el himen y pasó un poco de miedo al bailar. La prueba del pañuelo fue bien (aunque su madre y su prima estaban preparadas para pagar un posible fake de urgencia de las tres rosas) y la noche de bodas también (aunque le dolió más de lo que pensaba, "pero no tanto como la primera vez, claro").

*Se ha cambiado el nombre de Amanda por cuestiones de seguridad, ya que su marido y su familia no puede enterarse de que se ha sometido a esta operación.

Publicado originalmente en VICE.com