
La movida under de los videojuegos en el país no para de crecer desde el surgimiento de NAVE, que hizo que muchos se unieran y desarrollaran sus propias creaciones. Hoy algunos de ellos son seguidos por fanáticos como si se trataran de bandas de rock
Llegué a una zona de Buenos Aires que es muy famosa porque hay decenas de locales de repuestos de autos. No importa la marca, no importa el modelo, ahí vas a conseguir lo que buscás. Todos la conocen como Warnes, por la avenida. Queda entre los barrios Paternal y Villa Crespo. Por este motivo me pareció raro que haya sido ahí donde me iba a encontrar con uno de los eventos más interesantes del under del gaming en Argentina. Más raro todavía fue cuando no encontré ningún bar en la cuadra y tuve que buscar la numeración exacta del lugar. Era una casa. Toqué el timbre rojo que parecía no haber sonado y después de algunos segundos me atendió un chico que me dijo que pasara. Caminé por un pasillo largo repleto de bicicletas que desembocó en el paraíso gamer.
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Un salón rectangular de unos 15 por 10 metros, rodeado por las viejas máquinas de arcade: Pac-Man, Wonderboy, Tumblepop, Mortal Kombat, Space Invaders, Street Fighter, entre otras. En el centro, mesas largas y finitas para apoyar las cervezas. Se trata del Arcade Social Club, un bar donde fanáticos de los juegos van a tomar algo y, además, juegan a los videojuegos con los que se criaron.
Este bar es también el epicentro de eventos que tienen como protagonistas a los videojuegos indie más relevantes del país. Arcade Social Club fue creado por Anita y Emi, dos chicas fanáticas de los videojuegos que lograron convertir un PH que está entre talleres mecánicos y casas de repuestos en una máquina del tiempo que te lleva directo a los años 90.
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El barcade —que es un acrónimo de bar y arcade— abrió sus puertas hace nueve meses, pero la idea nació tiempo antes. Lo más jodido fue encontrar las máquinas. El plan era ambicioso: hicieron una lista con sus 20 juegos favoritos y empezaron a buscarlos. Considerando que se trata de un mercado en que prácticamente desapareció hace ya muchos años gracias a la proliferación de las PCs y consolas, no fue tarea fácil y menos aún con el reducido presupuesto que tenían.
Viajaron a lugares de lo más extraños hasta que se encontraron con Darío, un hombre de 60 años, coleccionista y fanático de los arcades. Tenía todos los que querían pero había un problema. La plata que tenían no les alcanzaba para 15 sino solo para cinco.
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Pero Darío se dio cuenta de la movida que intentaban llevar adelante Anita y Emi. No había otro lugar así en Buenos Aires y tenían la intención de volver a darle vida a esos juegos que estaban hace tiempo apagados. Decidió darles 15 máquinas. Hoy Darío forma parte de la familia del Arcade Club Social ya que no solo ayudó a convertir en realidad el sueño, sino que se encarga del servicio técnico de las máquinas hasta el día de hoy.

Ellas nunca dejaron de jugar, pero estaban cansadas de ir a lugares llenos de chicos donde había que esperar demasiado. Sabían de la movida yankee de los barcades que tienen la onda de las actuales cervecerías pero con el entretenido agregado. Además, le pusieron un ingrediente clave a la mezcla: la onda de los speakeasy.
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Hace pocos meses encontrar la dirección del lugar en Internet era casi imposible. Ellas lo quisieron así: ni web, ni grupo de Facebook, ni ningún tipo de publicidad. Los amantes de los videojuegos empezaron a hacerlo conocido como se hacía antes: de boca en boca. "Parte del desafío era volver al barrio", dice Emi. "Nos coqueteaba la idea de que no estuviera en la red. Eso generó una respuesta copada porque la gente se desesperaba por conseguir la dirección", agregó Anita.

Si bien existe cierta cantidad de eventos que tienen a los juegos indie como protagonistas, son lugares que solo en ese momento se comprometen con la causa. "Arcade Social Club intenta centralizar algo que está pasando en la periferia y que no tenía la contención de tener un lugar específico", explica Emi. De esta manera, además de la oferta habitual de arcades y tragos, el Arcade Social Club invita ocasionalmente a algún desarrollador independiente para presentar sus juegos.
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Ese día el evento lo protagonizaba DOBOTONE. Lo interesante de este juego es que es un party game. En él hay cuatro jugadores con dos joysticks cilíndricos cada uno, como si se trataran de desodorantes. Lo único que hay que hacer es presionar el botón que tiene cada mando en la parte superior —de ahí su nombre— e intentar ganarle a sus contrincantes. Mientras tanto la consola, repleta de colores y luces, es controlada por un game master que puede cambiarle el tamaño a los jugadores, modificar la gravedad o velocidad. A medida que las cervezas van pasando, los gritos de festejo de los victoriosos se escuchan más fuertes.

DOBOTONE fue desarrollado por Videogamo, una de las empresas de juegos independientes más importantes de la Argentina fundada en 2010 por Hernán Sáez y Máximo Balestrini, de 39 y 40 años.
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Pero además de DOBOTONE crearon otro videojuego que ya se convirtió en una leyenda y que logró que muchos desarrolladores se pusieran a laburar en sus propias creaciones. Se trata de NAVE que tiene la particularidad de ser un arcade. Pero no un videojuego estilo arcade, sino una máquina rectangular gigante a la que hay que ponerle una ficha para que funcione. Lo mejor de todo es que hay un solo NAVE en el mundo. No existe otro modelo del que tienen en su poder Maxi y Hernán. Esto significa que si querés jugarlo vas a tener que ir a uno de los eventos en los que participen sus creadores.
Hernán, que estudió cine y tenía su propia productora llamada FARSA, después de haber hecho muchísimos videoclips para algunas de las bandas más famosas del país como Ataque 77, Kapanga o Catupecu Machu, "se quemó" y decidió cambiar de rubro. Terminó como game designer en una empresa de videojuegos. Él estaba tan afuera de ese mundo que ni siquiera sabía que el game designer era algo así como el director y guionista del juego.
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Tiempo después él quiso independizarse y le dijo a Maxi —en aquel momento su cuñado—, quien estudió programación, que quería hacer videojuegos. Así nació Videogamo, la empresa que hoy ambos llevan adelante. Maxi se encarga de los circuitos y la programación, mientras que Hernán hace la parte visual.

El éxito que tuve NAVE fue brutal. Llevaron el jugo por varias provincias del país como La Rioja, Mendoza o La Pampa y hasta llegó a Chile, viajando en un trailer a través de la cordillera.
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Con DOBOTONE ya recorrieron varios lugares del mundo. Con NAVE no es tan fácil. Semejante aparato es muy caro de transportar y, por ese motivo, están esperando que los inviten a muchas ciudades para, quizás, hacer una campaña de crowdfunding, visitar de Estados Unidos o Europa y poder ampliar el espectro de jugadores.
"Ni en juego hubiéramos imaginado la repercusión que tuvo", contó Hernán, todavía sorprendido mientras toma una cerveza. "Nosotros pensamos que la gente se iba a copar un poco con el objeto porque iba a apelar a la nostalgia y nada más, pero en la primer muestra, que fue una Game On! El arte en juego, donde se presentan juegos conceptuales, la usaron muchas personas que habían ido y les encantó", agregó.

Esa fue la fecha cero, pero de ahí en adelante no pararon de invitarlos a eventos y hoy el NAVE Arcade Tour ya tuvo más de 127 fechas y nadie sabe cuándo terminará.
Si bien hoy están muy enfocados en DOBOTONE, lo que se viene para su primera creación puede ser muy interesante. Cuando NAVE finalice este viaje, quizás nazcan nuevas naves, pero con giros que también las harán únicas: "Podría haber una por continente con características de cada lugar y nosotros tener acá en Argentina la original".
Hernán y Maxi pueden haber sido los pioneros, pero hoy lo que se está dando en el país es cautivador, ya que hay desarrolladores que están creando juegos únicos, alternativos e independientes que son seguidos por muchas personas. Capitan Menopausia, Cacaborg, Tumba Games, Menstrual Gore Riot Army, Mad Rollers, Black Heart, Jupitron, Argentron, Super Proyecto Secreto Isaac, Juanito y Tough Coded son algunos de los más famosos dando vueltas por la Argentina.
El caso de Tough Coded es especial. Se trata más una experiencia en vivo y un show visual que un videojuego. Sí, hay que controlar una nave como lo hicimos millones de veces, pero nunca los enemigos fueron controlados en tiempo real por su creador. No por nada Tough Coded ganó como el mejor juego experimental y como la mejor presentación en el Tokyo Game Show en 2015.
Cada uno de los niveles es creado en tiempo real por Fernando Sarmiento, quien es la mente maestra detrás del juego y que para hacerlo se pone una máscara amarilla gigante con cuernos rojos de metal que parece haber sido sacada de una película futurista de Hollywood.
Fernando ya desarrollaba videojuegos de chico, pero con el tiempo se dio cuenta que no tendría demasiado futuro económico en ese mundo y se dedicó a la animación. Hizo muchísimas cosas: fue VJ, se encargó de los efectos especiales de varias películas y creó su propia empresa de publicidad especializada en animación. Pero hace algunos años hubo algo que le voló la cabeza: el Plants vs. Zombies. Era un juego simple y terriblemente entretenido. Decidió volver a hacerlos.

"Yo estaba desarrollando un Tower Defense y mientras programaba escuchaba Skrillex. Entonces me imaginaba al juego como un VJ set: con visuales, con fondos que cambian de colores, en cámara lenta y rápida. Más como un VJ set de un boliche que como un juego. Me copó mucho, pensé en que no existía algo así y lo desarrollé", me dijo.
El resultado fue Tough Coded, un juego con luces constantes, experimental y psicodélico que tiene un boss muy llamativo: la cara voladora de George Clooney.
Para Fernando, el under del gaming en el país no para de crecer: "Surgieron muchas maquinolas después de NAVE, que fue la que dio el inicio a una fuerte ola de diseñadores que eran talentosos pero que no estaban en el radar".
La particular movida en Argentina va a contramano del boom de videojuegos en otros lugares del mundo. Es algo muy relacionado al hardware, a la experiencia de salir a la calle y compartir un momento. Nos vemos en los fichines.
Publicado originalmente en VICE.com
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