
Esta bebida es tan profundamente finesa que es difícil imaginar cómo sería Finlandia sin ella.
En Francia tienen cognac, en Escocia tienen whisky y los italianos tienen grappa. En Finlandia hay viina.
La palabra finesa para nombrar al alcohol es viina, se refiere a todos los espíritus destilados. En Finlandia no tomamos vodka. O sea, lo tomamos, pero casi siempre le decimos viina. En pocas palabras, todo el vodka es viina, pero no todo el viina es vodka.

Koskenkorva, o Kossu, actualmente es el viina más popular en Finlandia. Lo produce Altia, una empresa estatal de vinos y licores. La bebida en sí es algo tan profundamente finés que es difícil imaginar cómo sería Finlandia sin ella. Y no tanto porque beber sea inherente a la cultura finlandesa, se trata, más bien, de un estereotipo pero que tiene algo de cierto. También es porque la fábrica que embotella esta bebida solía fabricar, al margen, cócteles molotov que muchos atribuyen a la resistencia contra la invasión soviética de 1939.
Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Finlandia se enfrentaba a un ejército de un millón de hombres con una cantidad ridícula de armas de fuego. Los soviéticos tenían aproximadamente 3.000 tanques, mientras que Finlandia tenía 32 y prácticamente ningún arma antitanque. Las bombas de fuego funcionaban contra los tanques, pero el ejército no podía hacerlas tan rápido.
Altia, que entonces formaba parte del monopolio estatal de alcohol de Finlandia Oy Alkoholiliike Ab, tenía una línea de embotellado en Rajamäki, una ubicación por demás conveniente, a las afueras de Helsinki. Unos cuantos apretones de manos por parte de un ministro de Defensa y dos tenientes generales, y el monopolio de alcohol de Finlandia se convirtió en una fábrica de armas. La destilería Rajamäki comenzó a embotellar cócteles molotov con una mezcla única y pegajosa de alquitrán, gasolina y etanol, además ataban un cerillo a prueba de agua a cada lado de la botella.

Pero en su afán, sellaron las botellas con una taparrosca que decía "Alko-Rajamäki". Podían haber ahorrado trámites y llamar a Stalin para darles su dirección de una vez. Los bombarderos soviéticos no tardaron en encontrar la destilería. Según algunas fuentes, arrojan 268 bombas en las instalaciones de Rajamäki durante la Guerra de Invierno. Por suerte, un poco de previsión y la sugerencia amistosa del Ministerio de Defensa hicieron que Oy Alkoholiliike Ab adquiriese cuatro armas antiaéreas Bofors de 40 mm. No es un objeto común en la casa de un destilador, pero no eran tiempos normales.

La planta logró escapar de un daño significativo. En total, embotelló 542,194 cócteles molotov. Algunos dicen que habrían perdido la guerra sin ellos.
En 1953, después de una década turbulenta, la planta tenía un uso mucho mejor y lanzaron Koskenkorva.

El pueblo de Koskenkorva es, por decirlo de manera amable, tranquilo. Los lugareños se sienten orgullosos por tener un cajero automático. Donde el viejo ferrocarril cruza el río Kyrönjoki, puedes ver los altos silos de Altia sobresaliendo de entre el bosque verde. El paisaje es muy finés. Los campos de cebada son tan grandes como el ojo alcanza a ver, y los graneros viejos están esparcidos por aquí y por allá. La etiqueta de Koskenkorva ilustra este mismo paisaje.

"En lo personal, no me gusta tomar Koskenkorva", dice Pasi Ketelä, un agricultor empleado de la destilería Koskenkorva. "El viina no me cae bien", continúa, insinuando que suceden cosas cuando bebes Koskenkorva. Él está en lo cierto. No diría que el Koskenkorva es infame, pero sus efectos son muy conocidos como para ser incluidos en la Lista Internacional de Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.
Se han escrito canciones sobre el licor y no es de extrañar; solo las tiendas monopólicas vendieron casi tres millones de litros de Kossu el año pasado. Incluso existe un pequeño "museo del alcohol" dedicado a Koskenkorva en Ilmajoki, propiedad y operado por Martti Koskenkorva. Sí, también es un apellido.
Incluso hay una etiqueta hecha para abrir una botella de Koskenkorva "para bolsillo". Volteas la botella de cabeza y golpeas el fondo con tu codo; si lo hiciste bien, deberías haber roto el borde de la taparrosca, permitiéndote abrir la botella sin esfuerzo. El crujido que produce esta maniobra altamente sofisticada es fundamental.
A veces, el Koskenkorva se sirve como un aperitivo, o a veces es un vaso helado lleno hasta el borde para acompañar un festín de cangrejos de río. Pero a menudo se sirve solo como un rohkaisuryyppy, o sea, una "inyección de aliento", que proporciona cierta tranquilidad muy necesaria para ayudar al bebedor a lograr proyectos más allá de sus sueños más locos.
Publicado originalmente en VICE.com.
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