
Los militares venezolanos lo saben. Es cuestión de tiempo -escurridizo por estas horas- para que Nicolás Maduro y su régimen colapsen. Tienen certeza, también, de otra realidad: no pueden esperar mucho tiempo a abandonar una dictadura insostenible. Aquella en la que, de acuerdo al mandato bíblico, los últimos serán los primeros… en ser juzgados.
Conocedores de fortalezas y debilidades, los uniformados percibieron una señal alarmante en las últimas horas. Fueron los minutos en que Juan Guaidó -el líder opositor que se proclamó presidente encargado de Venezuela- arribó a Caracas luego de desafiar a Maduro desde el estribo de un camión con ayuda humanitaria en Cúcuta, Colombia.
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El reto de un joven dirigente político sin más armas que su legitimidad fue visto en los cuarteles y regimientos venezolanos como una afrenta que debía ser respondida con mano de hierro. Pero el heredero de Hugo Chávez titubeó y Guaidó piso tierra venezolana este lunes, sonriente, como un héroe. Fue recibido por un agente migratorio quien lo saludó: "bienvenido, Presidente".

El temor a una oleada popular en las calles, incontenible, sumada a los ojos internacionales detuvieron a Maduro, quien por primera vez se contuvo por miedo. Ese sentimiento se trasladó a los cuarteles. ¿En manos de quién estamos? "El tirano místico perdió la iniciativa", le comentó un coronel a Infobae a última hora de este lunes. Ese mismo hombre de armas cree que las dudas de sus subordinados -y varios superiores- se multiplica por estas horas lo que podría derivar en un aluvión de deserciones.
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Lo que detiene a la mayoría de los militares -desde soldados a generales- no es la lealtad a la dictadura, sino la logística. Cómo proteger a sus también desesperadas familias de posibles represalias. Hallar una garantía a esa inquietud tan doméstica es la que los comandantes chavistas evalúan por estas horas.
El número de militares que dejan las filas chavistas no es multitudinaria por el momento. Se aproximan a los 700 los que juraron abiertamente lealtad a Guaidó. Sin embargo, el malestar y el malhumor de los cuadros subordinados es difícil de contener. Y la sangría continúa. "¿Seguiremos matando a nuestros hermanos? ¿En nombre de quién? ¿Maduro?", se preguntan.
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El generalato venezolano sabe que el camino se bifurca: atarse al final de Maduro o soltar su mano para siempre.
Cuba, el titiritero
Pero otro factor se sumó en las últimas horas que les preocupa aún más que la inesperada debilidad mostrada con Guaidó y que dejó en evidencia la falta de rumbo del régimen y las divisiones internas. Es el factor Cuba.
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La isla es una de las mayores columnas de Maduro. También, uno de los soportes y apoyos más explícitos de los uniformados. Este lunes leyeron las declaraciones de uno de los máximos funcionarios de los Estados Unidos que se refirió a la intromisión cubana en Venezuela.
"El papel de Cuba en la usurpación de la democracia y el fomento de la represión en Venezuela es claro. Es por eso que los Estados Unidos continuarán ajustando las restricciones financieras a los servicios militares y de inteligencia de Cuba. Las democracias de la región deben condenar al régimen de Cuba", manifestó John Bolton, Asesor de Asuntos de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.
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Ese hilo que unía a los militares cubanos con sus pares continentales desde hace años se cortará, irremediablemente. Los venezolanos estarán huérfanos del apoyo cubano en las próximas semanas. Otra vez: es cuestión de tiempo. ¿La Habana sacrificará inversiones en la isla para sostener a un dictador que cae en cámara lenta?
Algunas líneas entre ambas capitales -que eran fluidas meses atrás- ya experimentan interferencias. Esto no implica que Guaidó pueda nombrar un embajador en Cuba. Ni cerca de que ello pueda suceder. El espejismo dialéctico se mantendrá. Pero la advertencia de los Estados Unidos -que pasó de canales subterráneos a uno más explícito y contundente- fue interpretada de inmediato por Miguel Díaz-Canel, mandamás cubano. Sabe que los márgenes se estrecharon.
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Los destinatarios de los mandatos de Simón Bolívar se sienten cada vez más solos. Un jefe débil, aislado y sin iniciativa. Unos aliados que hasta aquí llegaron, con nulo margen de maniobra. Y un tic-tac que escuchan marchar inexorable a un camino que se angosta y se bifurca.
Por estas horas, los militares venezolanos padecen escalofríos. Temen ser protagonistas de un ciclo recurrente de América Latina: una larga y perpetua cárcel común de la cual Maduro no los salvará. A lo sumo, será compañero de celda.
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