"Lo extraño mucho, pero me alegro de que esté con ustedes"

Reportajes Especiales - Lifestyle

BC-MODERN-LOVE-ADOPTION-MISS-YOU-ART-NYTSF  —  I miss him so much, but i’m glad he’s with you. (Brian Rea/The New York Times) — FOR USE ONLY WITH MODERN LOVE STORY SLUGGED BC-MODERN-LOVE-ADOPTION-MISS-YOU-ART-NYTSF FOR OCT. 30, 2026. ALL OTHER USE PROHIBITED.
BC-MODERN-LOVE-ADOPTION-MISS-YOU-ART-NYTSF — I miss him so much, but i’m glad he’s with you. (Brian Rea/The New York Times) — FOR USE ONLY WITH MODERN LOVE STORY SLUGGED BC-MODERN-LOVE-ADOPTION-MISS-YOU-ART-NYTSF FOR OCT. 30, 2026. ALL OTHER USE PROHIBITED.
Guardar

A los 20 años, tomé una decisión que marcó la vida de mi bebé --y la mía.

Cuando tenía 20 años y vivía en Port Hardy, Columbia Británica, en el extremo noreste de la isla de Vancouver, descubrí que estaba embarazada. En ese entonces, dependía del cheque del seguro de desempleo de aproximadamente 400 dólares al mes, que ni siquiera cubría mi renta. Y mi mamá, que tiene una discapacidad, no estaba en condiciones de ayudarme a cuidar al bebé.

PUBLICIDAD

Así que, en la sala de estar de la casa de mis padres (mi departamento no tenía un sofá, internet ni una computadora), me senté y busqué agencias de adopción. Tres meses después, 24 horas tras el nacimiento de mi hijo, se lo entregué a dos desconocidos que se convertirían en sus padres.

Hace poco, ese mismo hijo me llamó a la hora del almuerzo, como suele hacerlo. Ahora tiene 23 años y es de los que llaman; probablemente lo heredó de sus papás. Mi celular está siempre en modo silencioso --soy demasiado evasiva--, pero a él siempre le contesto.

PUBLICIDAD

"Un amigo me va a conseguir un trabajo en su empresa", afirmó. "Me van a pagar mejor. Así que ya no voy a ir a la escuela técnica.

"¿Ya te dieron el trabajo?", le pregunté preocupada.

"Bueno, no. Pero puedo conseguirlo".

"¿No deberías entrar a la escuela por si acaso?", le pregunté. La oportunidad de entrar a la escuela técnica le abriría el camino hacia una progresión profesional decente y un ascenso más rápido. ¿Iba a renunciar a eso por un trabajo que ni siquiera tenía asegurado?

"No, todo está bien", dijo.

Después de colgar, llamé a sus papás.

Sé que está en una edad en la que los padres ya no tienen mucho que decir de cualquier forma. Y aunque así fuera, no estoy segura de que yo califique como su madre en lo absoluto. Aunque soy una mujer adulta que ayudó a criar a dos hijastras que ahora son adultas y tengo una hija adolescente propia, sigo sin sentirme en ese papel. Especialmente con él.

Esta vez decidí llamar a su papá. De los dos, me pareció que este plan de "nuevo trabajo, sin escuela" era algo que le tocaba a él manejar. No tiene sentido que dos mamás se pongan a discutir por la misma opinión. Estas son las decisiones que tomo ahora: a cuál de ellos llamar y con qué cuidado ejercer mi papel de mamá desde un segundo plano.

"Oye, ¿ya hablaste hoy con nuestro hijo?", le pregunté.

"Sí", contestó. "¿Por qué? ¿Qué pasa?"

"¿Te enteraste de que tal vez no vaya a la escuela"

"Ah, ¿cuándo se supone que empieza la escuela?"

"La próxima semana, creo…"

Comparamos nuestras versiones. Ya lo habíamos hecho antes: su papá o su mamá y yo comparábamos las versiones que nuestro hijo, ahora ya grande, nos daba a cada uno, tratando de averiguar qué tanto había que preocuparse y cuánto nos podíamos entrometer en su vida de adulto. Cosas normales de padres. Solo que con una persona más: yo. Bienvenida, espero.

Mi relación con sus papás solía ser diferente.

Durante las primeras 24 horas de su vida, fue completamente mío. Después fue de ellos. Ellos seguían siendo desconocidos para mí; solo los conocía a través de los documentos y de una única foto de la familia, en la que aparecía su hijo mayor en Disneylandia, tomada antes de que recibieran a mi hijo.

La agencia promovía un nuevo tipo de adopción: una abierta. Sonaba un poco como tener un amigo por correspondencia o, para ser más sincera, como un juego de padres masoquistas: cerca, pero no demasiado cerca. La consejera me recordó que la apertura no era legalmente vinculante como lo era la adopción; ellos podían cerrarla cuando quisieran y yo tenía 30 días para cambiar de opinión antes de que la adopción fuera definitiva. No me hice ilusiones.

Después de que nació y yo regresé a casa con mis padres, recibí el primer correo electrónico de su mamá. Era cortés, cautelosa y al parecer, estaba dispuesta a mantener la relación abierta que me habían prometido. Ya se lo habían llevado a casa. Él se encontraba bien. Estaban muy agradecidos conmigo.

Escribí una respuesta cauutelosa. No quería ahuyentarlos. Esos 30 días aún no habían terminado, todavía podían cambiar de opinión legalmente, y aproveché ese tiempo, mientras su nueva mamá todavía tenía un interés personal en mantenerme contenta, para demostrar que merecía al menos una foto de él de vez en cuando. No quería presionar demasiado ni dar a entender que lo quería de vuelta.

"Lo extraño mucho", escribí, "pero me alegro de que esté con ustedes".

Después presioné "enviar" mientras me ajustaba el repollo que me había metido en el sostén para aliviar el dolor --no funcionó--. Regresé a la habitación de mis papás y me hundí, durante días, en las profundidades de la cama de agua: con el cuerpo abatido, ahogándome, oliendo a leche y repollo.

Finalmente, pasaron los 30 días y él pasó a ser oficialmente de ellos. Aprendí a mantenerme al borde de sus vidas, aterrorizada de que un solo signo de exclamación fuera de lugar pudiera costarme la invitación para volver.

Con el tiempo, los correos pasaron de ser cautelosos a ser invitaciones para vernos, hasta que él caminaba tambaleándose entre su mamá y yo en una casa de verano rentada que se encontraba en terreno neutral. Fuera quien fuera yo para él en ese entonces. Su "mamá de panza". Su "mamá biológica" para los adultos. Lo llevaban de viajes familiares a Disneylandia y me enviaban fotos. Yo enviaba solicitudes para la universidad, con la esperanza de que alguna me llevara a estar más cerca de él.

Para cuando cumplió 7 años, ya me había mudado más cerca y me acostumbré a leerle cuentos antes de dormir los domingos por la noche después de la cena --en su casa, no en la mía--. Le leía "Te quiero para siempre", ocultando las lágrimas para luego llorar todo el camino de regreso a casa, aguantándome las ganas para no regresar a colarme por su ventana en la noche. No estaría allí para verlo levantarse de la cama con el pelo revuelto y su pijama azul de dinosaurios para un abrazo matutino. Eso era para ellos.

Ese mismo año, quedé embarazada de nuevo --a propósito, esta vez. Me daba más miedo decírselo a él que a mis propios padres. Incluso más miedo que decírselo a los suyos. No había forma de que sonara bien. Sí, me voy a quedar con ella. Lamento no haberme quedado contigo.

Me tomó meses hacerme de valor. Vencí el miedo para decírselo a su mamá --para entonces ya era una de mis mejores amigas-- en un torrente de palabras. Con elegancia y amabilidad, ella enfrentó lo que yo no tuve que enfrentar. Era su responsabilidad como madre decidir qué era lo mejor para él.

Resulta que nuestro hijo solo quería saber si mi panza se pondría tan grande como la de Kung Fu Panda. Así fue. Lo decepcionó que fuera niña, pero la amó de cualquier manera. Los dos crecieron más unidos de lo que jamás hubiera imaginado; sus papás la cuidaban mientras yo viajaba de trabajo y mi hija sentía su casa como un segundo hogar. Pero siempre me regresaba a casa con ella, nunca con él. Ninguno de los dos preguntaba al respecto. Era lo único que conocían.

No había pensado en lo que significaría conocerlo ya de adulto.

Pero lo aprendí. Los primeros golpes llegaron cuando él era adolescente, como le pasa a la mayoría de los padres.

Una noche, cuando mi hija y yo estábamos cenando en su casa, él le dijo a ella con una sonrisa (mientras me miraba): "Ella nada más me tuvo y me tiró". Su mamá lo regañó horrorizada. Él estaba claramente contento con su broma, pero a mí me caló hasta lo más profundo.

Encontré algo de consuelo en la idea de que tal vez había heredado el humor negro de mí, lo cual casi hizo que valiera la pena el dolor. Descubrí la vulnerabilidad en él al hacerme ver de cerca el dolor que yo le había causado.

A medida que fue creciendo, lo que comenzó como un delicado baile con sus papás en cuanto a mi papel en su vida, se convirtió en un nuevo baile con él, uno con el cual a veces todavía necesito ayuda de sus padres. Ellos lo conocen mejor, aunque me gustaría ser yo quien lo hiciera. Pero ellos también me llaman.

"Oye, si tienes noticias de él…", me dicen.

Estoy descubriendo quién es como joven a medida que toma decisiones en plena etapa de desarrollo del lóbulo prefrontal, la misma fase en la que yo me encontraba cuando decidí darlo en adopción. Siendo así, ¿quién soy yo para cuestionar sus decisiones cuando una decisión que tomé en ese mismo momento de inmadurez moldeó toda su vida? ¿Y la mía?

Sé que los padres tienden a elegir cuidadosamente las palabras a medida que los hijos se vuelven adultos. Creo que yo lo hago más que la mayoría, buscando preservar el hilo que nos mantiene conectados. Siempre me he sentido un poco deshonesta o impertinente al reclamar un lugar en su vida. Pero ahora también me arriesgo más. Porque las decisiones han sido suyas durante años y él todavía me llama para contarme sobre ellas, incluso las que no me gustan.

Hace veintitrés años, elegí una vida que creí que era la mejor para él. Espero que siga eligiendo una vida en la que yo esté presente.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD