
Laura Doyle, autora superventas de La esposa entregada y de varios otros libros que prometen enseñarles a las mujeres a salvar sus matrimonios, sin importar lo torpes que puedan parecer sus esposos, tiene una pregunta para mí, la periodista que ha llegado al sur de California para entrevistarla. "¿Eres mandona?", me pregunta, suavemente, casi con timidez. "¿Eres controladora?"
Recuerdo de golpe a mi ex, quien me tachó de controladora por presionarlo a dejar de fumar, salir más, comer lo que yo quería comer y quitarse los zapatos dentro de mi departamento.
"Ehm", balbuceo. "Algunas personas probablemente dirían que sí".
Doyle me mira desde su sofá color marfil, con su esposo desde hace 36 años, John Doyle, a su lado. "¿Eso dirían?", dice ella, con voz cálida, sin yo pueda percibir ningún tipo de juicio.
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No lo negaría, le digo. Pero tengo mi propia pregunta. Dado que Doyle se considera feminista, una mujer ambiciosa y capaz, criada para ser independiente y que ha dirigido su propia empresa durante casi un cuarto de siglo --dado todo eso--, ¿duda en describir a las mujeres, incluyéndose a sí misma, como "mandonas" y "controladoras"?
Porque esa es la premisa de sus libros, el mensaje que ha estado publicando, escribiendo en blogs, transmitiendo en vivo, difundiendo en pódcast y enseñando a su red internacional de asesoras de relaciones desde 1999. Que Doyle, de 59 años, autodenominada "antigua arpía", pensaba que sabía más que su esposo cuando era una joven esposa, "sermoneándolo" para que comiera más sano, le hiciera mantenimiento al auto a tiempo y vistiera lo que ella creía que debía vestir. Que rogarle y persuadirlo solo lograba que él subiera el volumen de la televisión y se alejara de su cama.
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El mensaje que difunde es que, con su matrimonio "en la ruina", comenzó de mala gana a seguir el consejo que recibía de esposas felices de practicar la gratitud, disculparse con su esposo por emascularlo y faltarle el respeto, ponerse metafóricamente "cinta adhesiva" en la boca para frenar sus críticas, mostrarse abierta al sexo en cualquier momento y ceder el control, incluso de sus finanzas, aunque eso significara quedarse a oscuras porque él olvidó pagar la cuenta de la luz (lo cual ocurrió en realidad). Que cuidar de sí misma (siestas, vóleibol de playa) la ayudaría estar más presente. Que tratar de cambiar a su esposo no la llevó a ninguna parte, pero que cambiarse a sí misma le dio el matrimonio que siempre había soñado. Que la intimidad regresó con tanta fuerza que, nueve años después de casarse, adoptó el apellido de su marido. Que las "habilidades de intimidad", como llegó a llamar a sus hallazgos, funcionarían para otras esposas, incluso aquellas que enfrentan abuso, adulterio o maridos con adicciones.
Que las mujeres son fundamentalmente diferentes a los hombres, independientemente de lo que digan las nociones modernas de igualdad de género. Que muchas mujeres son controladoras y, en consecuencia, infelices. Que convertirte en una "esposa entregada" salvará tu matrimonio, pero también podría salvarte a ti.
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El estado de las relaciones de género en Estados Unidos es deficiente. Las mujeres heterosexuales de tendencia liberal se quejan del heteropesimismo, la convicción de que salir con hombres terminará en lágrimas. Las mujeres jóvenes rechazan el matrimonio cada vez más; el divorcio, en ciertos espacios en línea, está de moda. Las mujeres de la generación Z son las estadounidenses más progresistas, y se inclinan cada vez más hacia la izquierda a medida que más hombres de esa misma generación apoyan al presidente Donald Trump. Muchos de los que despotrican en línea en la extrema derecha de la manosfera pintan a las mujeres como meras conquistas, reproductoras que existen para servir a los hombres.
Las mujeres de una secta escindida de la manosfera, las "mujeres de la píldora roja", teorizan que los hombres (los "capitanes" en el matrimonio) son naturalmente dominantes, y las mujeres (las "segundas capitanas") naturalmente sumisas. Las mujeres que se autodenominan de la píldora roja pueden ser una pequeña minoría, pero encarnan un axioma cada vez más visible en la derecha estadounidense: que el feminismo es donde todo salió mal. Y si alguien les pregunta qué leer, su respuesta suele ser Laura Doyle.
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Su filosofía tiene una aparente simetría con la de Doyle, que sostiene que los hombres, con su instinto de proteger y proveer, "necesitan respeto como el oxígeno". Las mujeres que quieren que sus maridos las deseen y las valoren, dice, deberían "abandonar el mito de la igualdad". En lugar de actuar como "hombres más pequeños y menos peludos" y cargar con todo porque porque piensan que él no lo hará o no lo hará bien, deberían practicar la suavidad, la vulnerabilidad y la feminidad, con lo que se refiere a la receptividad a los regalos, los cumplidos y la ayuda para cargar maletas, conducir y hacer las tareas del hogar. Ella solía decirles a las mujeres con maridos abusivos, alcohólicos o adúlteros que los dejaran, pero luego se retractó de ese consejo, al decir que había escuchado demasiadas historias de ese tipo de esposas que usaron las habilidades para salvar sus matrimonios. Si quieres irte, vete, dice, pero si quieres arreglar tu relación, puedes hacerlo. Te casaste con él por una razón.
"¿Quién soy yo para opinar?", dice en nuestra entrevista. "Nunca debí haber dicho que se quedaran, nunca debería decir que se fueran, no debería decir nada en absoluto". Uno de sus mantras es: "tú eres la experta en tu propia vida".
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El problema de interpretar a Laura Doyle como una especie de apologista de la manosfera es que demasiadas mujeres de todo tipo confían ciegamente en ella. Algunos argumentarían que solo es porque el patriarcado está arraigado en todos nosotros. Sea como sea, las mujeres heterosexuales de Estados Unidos, y más allá, evidentemente anhelan el socorro de alguien como ella: una heterooptimista en un mundo heterofatalista.
Desde que Doyle autopublicó La esposa entregada en 1999, y que con el tiempo llegó a la lista de más vendidos de The New York Times, sus libros se han publicado en 19 idiomas en 30 países. Sus amigas se entregaron, luego las amigas de estas, y después mujeres de todo el país y del mundo. Las esposas judías ortodoxas recomiendan con insistencia sus libros a futuras novias; esposas evangélicas cristianas y musulmanas practicantes se han entregado. Pero también lo han hecho muchas mujeres laicas o no particularmente religiosas que se ven a sí mismas como fuertes y autosuficientes, desde médicas y abogadas hasta empresarias y amas de casa por igual.
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"Casi me atraganto cuando vi el título", dijo Darlene Davis, de 66 años, una diseñadora gráfica en Nueva Jersey que encontró La esposa entregada cuando su relación se tambaleaba. Esto fue poco después de que Simon & Schuster publicara el libro en 2001, adornando la portada con una rosa roja. "Pero en dos semanas, vi la diferencia".
Antes de entregarse, Davis se describía a sí misma como una "gran criticona de los hombres" que bromeaba sobre las debilidades masculinas mejor que nadie. Su diagnóstico después de entregarse: "Como soy una mujer fuerte e independiente que sabe cómo hacer las cosas, estaba haciendo todas estas cosas, diciéndole qué ponerse y hablando por él", dijo. "Eso es genial para los negocios y todas estas otras cosas, pero no era bueno para él. Él es un hombre muy masculino. Necesita respeto".
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Pronto sorprendió a su futuro esposo comprando anillos de compromiso.
Con el tiempo, Davis se convirtió en una de las primeras asesoras de relaciones certificadas por Laura Doyle, un grupo que ahora incluye a más de 600 mujeres en todo el mundo. La empresa, cuya misión es "Poner fin al divorcio mundial", dice que más de 15.000 mujeres en todo el mundo han recibido asesoramiento de Laura Doyle a través de programas que incluyen "Esposas ridículamente felices", mientras que otras están recibiendo asesoramiento privado.
Amanda Blaine, de 45 años, consejera de comunicación no violenta, pasó sus veintitantos años rodeada de progresistas que adoptaban el poliamor y evitaban usar palabras con género, incluyendo "hombre" y "mujer". Incómoda con la feminidad estereotipada, se identificó brevemente como genderqueer. Durante la pandemia de coronavirus, una ruptura la llevó a The Empowered Wife (publicado en 2017). Ya en el primer capítulo, sintió como si Doyle hubiera estado observando su relación.
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Las habilidades pronto reunieron a Blaine con su novio. Ese diciembre, comenzó su entrenamiento como asesora, lo cual, según dijo, le dio la autocomprensión para dejar a su novio para siempre. (Ella quería tener hijos; él no).
Ahora felizmente casada y con un hijo pequeño, Blaine enseña las habilidades a otras mujeres, incluida una con una pareja no binaria, y las anima a mirar más allá del lenguaje anticuado.
"No tienes que ser una mujer con un hombre para ceder el control de tu pareja", dijo. "Es solo una forma de ser una persona dentro de una relación".
Pero no fue fácil admitir que era "una mujer que quiere tener un hijo y quiere ser consentida por un hombre", dijo.
Sus amigas se burlaban de esas habilidades. Sus compañeras de clase del programa de asesoramiento se dirigían hacia el divorcio, predijo una amistad. Se peleó con otra que le preguntó: "¿Por qué tienes que llamarte a ti misma 'femenina'?". Una mentora dijo que el que le dijeran que debía "respetar" a su esposo le producía rechazo. Sonaba a sometimiento.
Pero Blaine, al ver a las mujeres de su círculo divorciarse, deseaba que hubieran conocido las habilidades.
"Tal vez hay algo que te estás perdiendo sobre lo que es posible con esta persona con la que querías pasar tu vida", dijo, "debido a esta otra narrativa en torno al empoderamiento de las mujeres".
Escucharla me recordó a algunas amigas mías que se habían casado a pesar de cuestionar la institución del matrimonio, que habían tenido hijos a pesar de criticar la familia nuclear tradicional: ese clásico dilema de la mujer, libertad versus amor, nunca resuelto y especialmente tenso en la era de la esposa tradicional. Había leído encuestas que decían que las mujeres, hoy en día, todavía querían hombres capaces de mantener a sus familias. ¡Razonable! Pero también es cierto que la tradición es difícil de sacudirse.
En su amplia sala de estar en Corona Del Mar, California, con la piscina de azulejos azules que su esposo le construyó brillando a través de las puertas corredizas al fondo, Laura Doyle me dice que sabe que suena anticuada, incluso retrógrada. Pero no es alguien que se deje pisotear, como la han acusado de aconsejarles a otras mujeres que sean.
Su ambición e independencia siguen intactas, "pero creo que en realidad puedes separar eso del control", dice. El control proviene del miedo, señala; prefiere poner la positividad al mando. Rendirse, dice, "me ayudó a honrarme a mí misma y a tener más éxito en mi carrera del que jamás habría tenido".
Honrarte y respetarte a ti misma, no solo a tu esposo, es una de las principales recomendaciones de Doyle. Ella y las asesoras de Laura Doyle a las que entrevisté dijeron que las habilidades les ayudaron a priorizar sus propios deseos, a dejar de "martirizarse" por los hijos o las tareas domésticas, cuidar de sí mismas, deshacerse del resentimiento y la culpa, y ganar dignidad y humildad.
"Nosotras preguntamos: '¿Qué quieres tú?'. Nunca preguntamos: '¿Qué quiere él?'", dijo Marissa Zwetow, de 49 años, asesora en el sur de California. "Eso no es sumisión".
Dijeron que ellas también desearían que los hombres actuaran mejor. Pero si estamos atrapadas en el mundo que tenemos, y no en el que queremos, lo único que hace que estas mujeres se sientan empoderadas es cambiarse a sí mismas. Es una especie de truco de magia mental, que transmuta lo que realmente me pareció una forma de heteroresignación (y heterodesesperación) en heteroesperanza. (Aunque no es un absolutismo: Doyle recalca que las mujeres siempre pueden irse).
Doyle pone su mano sobre la de su esposo y dice: "Creo que está bien si queremos que nos amen, no solo tener carreras profesionales".
Le pregunto a John Doyle, de 70 años, si cree que los hombres podrían hacer más. Él dice que el desarrollo personal de su esposa lo ayudó a dar un paso al frente.
Antes, "sientes que nada de lo que hagas va a estar bien", dijo. Ahora, "me siento más dispuesto a ayudar y a hacer cosas", dijo, "porque no habrá constantemente un rechazo o una crítica solo por ser básicamente quien soy".
Doyle se crio costa arriba en Huntington Beach, California, y fue la hija mayor de un matrimonio turbulento. Su madre, violinista de concierto y enfermera, a menudo presionaba a su padre, quien tomaba radiografías en un hospital, para que ganara más dinero. La mamá crió a Doyle para que no dependiera de un hombre y le ponía el disco de Marlo Thomas de 1972 Free to Be You and Me, el revolucionario álbum infantil que cantaba suavemente sobre un mundo igualitario sin normas de género tradicionales.
Doyle se fue de casa durante la secundaria, cuando el matrimonio de sus padres finalmente se rompió para siempre. En la Universidad Estatal de San José, conoció a John Doyle, un productor de video que se había mudado a la puerta de al lado. Se casaron cuando ella tenía 22 años.
Cuatro años después, escribe, estaba convencida de que se había casado con el hombre equivocado. Demasiado avergonzada para pedir el divorcio, buscó el consejo de mujeres felizmente casadas.
El consejo de ellas la horrorizó.
"Esto suena a locura", recuerda haber pensado. "Tenía miedo de estar decepcionando a todas las feministas del mundo por quedarme en una relación en la que me estaban maltratando".
Desesperada, lo intentó de todos modos. Cuando se sentía tentada a criticar o microgestionar, escribe, se preguntaba qué quería más: control o conexión. Se repetía a sí misma "ríndete", como abreviatura de "deja de intentar controlarlo todo".
Pronto empezó a difundir el evangelio entre sus amigas, quienes le pidieron que lo pusiera por escrito para otras amigas. Los Doyle autopublicaron el resultado. Cuando Simon & Schuster lo adquirió, la editorial quería deshacerse de ese título que te hace pensar "¿de verdad dijo eso?", cuenta ella, pero ya estaba generando demasiado revuelo. Apareció en The View; apareció en el programa Today. Más tarde llegaron cuatro libros más, un programa de televisión en streaming y un pódcast, cuya versión en video Doyle ayuda a producir. La esposa entregada fue reeditado por su aniversario número 25 este verano. Próximamente se lanzará una aplicación llamada Adored Wife.
Cuando la visito, Doyle está sentada en una silla de escritorio rosa pastel, en su oficina en casa con papel tapiz floral, asintiendo y lanzando afirmaciones radiantes a las acólitas reunidas en una videollamada de Zoom para asesoras en formación. Levanta los brazos y vitorea mientras nombra a cada una ("¡Tess! ¡Tess está aquíii!"). Hay mucho que celebrar. En su mundo, las esposas son ridículamente felices y todos los maridos son grandes tipos.
"Qué dulce", le dice a una mujer que relata cómo usó las habilidades de intimidad para permitir que su marido se encargara de los platos cuando ella estaba exhausta y el lavavajillas estaba descompuesto. "Tienes a un gran hombre, Catherine. Eso es increíble".
"Parece que eres simplemente la princesa en tu casa, como lo soy yo en la mía", le dice a otra mujer cuyo esposo limpió la cocina sin que se lo pidieran. No puedo evitar pensar en la queja feminista de que los hombres reciben aplausos por cada tarea doméstica que hacen, mientras que de las mujeres simplemente se espera que las hagan.
"Muy, muy entregada, tengo que decirlo", le dice a una tercera. Corrientes de corazones rojos no dejan de flotar por la pantalla mientras las demás participantes muestran su apoyo.
Es difícil no alegrarse por todas estas mujeres, incluso si algunas de las cosas que dijeron me sobresaltaron. (Una asesora me dijo que una clienta terminó en bancarrota después de cederle las finanzas a su esposo. Priorizó preservar la relación antes que culparlo a él). Aun así, me preguntaba: ¿Es realmente así de fácil? Y también, ¿tiene que ser así de difícil?
Unas pocas entrevistadas reconocieron que no funcionó para algunas mujeres que conocían, y recordaron a una o dos que dejaron a sus maridos. Entonces encontré a Jennifer Phoenix Allen, de 45 años, terapeuta especializada en trauma en las afueras de Mineápolis.
Su matrimonio de 12 años tocó fondo en febrero. Ella había pasado años frustrada por cómo él criaba a su hijo; él había pasado años mintiendo sobre su consumo de pornografía. Ella lo había sorprendido grabándola en secreto. Él quería el divorcio.
Ella sintió que necesitaba quedarse por su hijo de 8 años, que tiene autismo y TDAH. Entra en escena Laura Doyle. Y funcionó.
"Ahí viene el dilema moral", dijo Allen.
Porque ella era feminista y quería que su hombre, todos los hombres, dieran un paso al frente sin que ella tuviera que practicar algo que a menudo se sentía como un engaño, como llevar una máscara. Porque pensaba que Laura Doyle aconsejaba ser sumisa y recatada, lo cual le irritaba. Porque Laura Doyle le dijo que cediera el control de las finanzas y ella necesitaba una cuenta bancaria propia para por seguridad. Porque ni siquiera estaba segura de que la monogamia y el matrimonio fueran algo más que artificios que el capitalismo nos había endilgado a todos. Porque si tenía que estar casada, ¿no podría ser el matrimonio entre dos adultos iguales que lo hicieran funcionar juntos?
"¿Por qué soy yo la que tiene que hacer todas estas cosas, mientras que él puede seguir actuando como siempre lo ha hecho?", dijo Allen. "Me cuesta mucho no dar un paso gigante hacia atrás y observar sociológicamente, ¿cómo demonios llegamos hasta aquí? ¿Por qué las relaciones de género están tan increíblemente arruinadas?"
Pero, indiscutiblemente: él había cambiado. Y ninguna otra cosa que ella había intentado había funcionado.
"Ha sido un cambio de verlo como: 'Oh, Dios mío, eres un narcisista abusivo', a darme cuenta de que yo estaba siendo muy crítica y necesitaba limpiar mejor mi lado de la calle", dijo. "Mirando en retrospectiva, ¿fui más dura con mi esposo de lo que necesitaba ser? Creo que lo fui".
¿Fui yo más dura con mi exnovio de lo necesario? Tal vez. Probablemente.
El caso es que no soy ninguna esposa entregada y mi novio actual es genial de todos modos. Les digo esto a todas las entrevistadas. Davis, la asesora veterana, me dijo que debo estar practicando las habilidades de manera subconsciente, y, después de todo este tiempo en el mundo de Laura Doyle, ¡quién sabe!
Doyle no me dice eso. Pero sí parece sugerir, con suavidad, que a menos que cambie mis costumbres, podría repetir los mismos errores. Eso es lo que le habría pasado a ella si hubiera cambiado de marido en lugar de cambiarse a sí misma, asegura.
En cambio: la mañana antes de nuestra entrevista, Doyle limpia la cocina. Él lava los platos, como siempre. Él le prepara té. Cuando llega un fotógrafo a tomarles un retrato, posan juntos. "¡Tus ojos son tan azules!", exclama Laura Doyle, y, alzando la vista, le sonríe a su marido.
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