La venganza de los licenciados en filosofía

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Durante su infancia en Georgia, a Robert Long le daba por reflexionar sobre las grandes preguntas y el sentido de la vida; antes de cumplir los 10 años, ya dudaba de su propio libre albedrío. Pero no fue hasta la universidad, donde se especializó en ciencias sociales, cuando descubrió que podía dedicarse a pensar en la conciencia a tiempo completo. Leyó un libro de Douglas Hofstadter titulado Yo soy un extraño bucle, que exploraba misterios como: "¿qué es el ser?". "Ni siquiera me había dado cuenta de que esas eran preguntas que se podían plantear", dijo, "y mucho menos de que existieran disciplinas filosóficas dedicadas a ellas".

Cuando Long entró en el posgrado de la Universidad de Nueva York (NYU por su sigla en inglés) para estudiar filosofía de la mente, lo hizo con una ambición convencional. "Tenía muy claro que mi camino era publicar en revistas especializadas, salir al mercado laboral y conseguir un puesto en una universidad", dijo. Cuando una compañera de doctorado en filosofía le contó que se iba a una organización sin fines de lucro poco conocida llamada OpenAI para trabajar en políticas de inteligencia artificial, "pensé: 'Vaya, eso es un poco inesperado'".

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Pero a Long también le fue cambiando el interés filosófico hacia la IA. Su tesis se titulaba Essays on the Philosophy of Machine Learning (Ensayos sobre la filosofía del aprendizaje automático). Se mudó a San Francisco para hacer una investigación posdoctoral a principios de 2023, justo cuando ChatGPT estaba en auge. A medida que los nuevos modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM por su sigla en inglés) empezaban a mostrar comportamientos sorprendentemente parecidos a los de los humanos, se dio cuenta de la creciente importancia de una IA potencialmente consciente, y de la posibilidad de que pudiera pasar algo interesante a nivel profesional si él se quedaba cerca.

Intentar responder con rigor a preguntas fundamentales es, en cierto modo, la esencia misma de la filosofía, y tanto Long como Jeff Sebo, un filósofo de la NYU especializado en bienestar animal, no tardaron en colaborar para escribir Taking AI Welfare Seriously (Tomarse en serio el bienestar de la IA), un artículo en el que defendían que era importante evitar dañar a los sistemas de IA si es que "tienen relevancia moral", y también importante no preocuparse por ellos si no la tienen. Más tarde, con financiación de tres fundaciones alineadas con el movimiento del altruismo eficaz, Long y un colega crearon una organización sin fines de lucro, Eleos AI Research. Sobre su paso de la filosofía académica al ecosistema de las empresas emergentes de IA, Long dice: "Me sentí un poco como la rana que se va cociendo lentamente".

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"Pues creo que voy a estudiar filosofía" es el tipo de frase que, desde hace décadas, aterroriza a padres agobiados por las matrículas universitarias, y les hace imaginar un futuro sombrío en el que sus hijos viven en sus sótanos y no consiguen independizarse. Diógenes, el cínico, vivía en una tinaja de barro. Baruch Spinoza pulía lentes para pagar las facturas. Friedrich Nietzsche sobrevivía gracias a la generosidad de su familia y amigos. Persiste la idea de que una carrera de filosofía es un boleto para toda una vida de subempleo. Cuando Google DeepMind anunció en abril que iba a contratar a alguien cuyo cargo real en la tarjeta de presentación fuera "Filósofo", no pararon de salir memes. "Es para que la IA aprenda lo que se siente tener un título universitario y seguir desempleado", publicó alguien en X. Sobre la precariedad laboral de los licenciados en filosofía, un usuario de Reddit comentó: "La mitad está preparando cafés expresos mientras debaten en silencio si el cliente que pidió leche de avena existe de verdad".

Pero la trayectoria de Long y la nueva contratación de Google encajan en una tendencia que se está consolidando discretamente: los laboratorios de IA, y las organizaciones sin fines de lucro relacionadas con ellos, han estado contratando a trabajadores tan versados en el consecuencialismo y John Stuart Mill como en redes neuronales y aprendizaje por refuerzo. Aunque una licenciatura en filosofía "convencional" sigue siendo tan difícil de rentabilizar como siempre, David Chalmers, un destacado filósofo de la conciencia de la NYU, señala: "Creo que en este momento la demanda de filósofos con formación en IA está, de hecho, superando a la oferta. Es un ámbito al que animo a los estudiantes a dedicarse. Creo que estas cuestiones relacionadas con la IA estarán en primer plano durante bastante tiempo".

Una de las disciplinas más antiguas de la humanidad y uno de sus inventos más recientes parecen hechos el uno para el otro. La IA ofrece a los filósofos una nueva forma de plantear viejas preguntas, además de un conjunto propio de nuevas preguntas para las que están especialmente preparados: sobre la verdad, las creencias y el conocimiento (epistemólogos); sobre el razonamiento (lógicos); sobre la mente y la conciencia (filósofos de la mente y la conciencia). Para los especialistas en ética, en particular, la IA es una mina de oro. ¿Cómo deberían actuar los modelos con nosotros? ¿Cómo deberíamos interactuar los humanos con ellos? ¿De dónde vendría el sentido de la vida en una sociedad post-trabajo?

"Cuando te fijas en la IA y te pones a pensar en serio sobre ella, las preguntas filosóficas no paran de surgir", afirmó Iason Gabriel, un filósofo formado en Oxford que se unió a Google DeepMind en 2017 y actualmente dirige su equipo de Inteligencia Artificial General y Sociedad. "Están prácticamente por todas partes".

Así fue como, mientras el sol se ponía sobre la bahía de San Francisco un jueves reciente, Long estaba en uno de los pisos altos de una torre de oficinas en Berkeley debatiendo uno de los enigmas más difíciles de resolver de la civilización moderna: ¿quién era el mejor Beatle?

El problema de Ringo

"¿Dónde están los próximos grandes filósofos, los equivalentes a Kant, Wittgenstein o incluso Aristóteles?", se preguntaba el cofundador de DeepMind, Demis Hassabis, en un pódcast el año pasado. "Creo que vamos a necesitar eso para ayudar a la sociedad a dar el siguiente paso, porque creo que la IA general y la superinteligencia artificial van a cambiar a la humanidad y la condición humana". Más allá de organizaciones sin fines de lucro como Eleos, la mayor parte de las contrataciones se han concentrado en DeepMind y Anthropic, cada una de las cuales cuenta con al menos una media decena de filósofos.

Los pensadores de DeepMind tienen especialidades que van desde la filosofía moral y política y la filosofía de la ciencia hasta la ética de la genómica, la ética de la IA y la cognición animal. Geoff Keeling, cuyo doctorado se centró en "la ética de los vehículos autónomos", ha dedicado parte de su tiempo en DeepMind a impartir talleres de "imaginación moral", que ayudan a los equipos de ingeniería y de producto a reflexionar sobre las implicaciones éticas de su trabajo y, a continuación, a idear "medidas concretas y viables que puedan llevar a cabo realmente, ya sea investigando más sobre la experiencia del usuario o implementando una función de una manera concreta".

Los pensadores a sueldo de Anthropic tienen formación en todo tipo de temas, desde la teoría de la decisión hasta la ética, pasando por la filosofía de la mente y la epistemología. La que más atención ha acaparado es Amanda Askell, nacida en Escocia, cuyo doctorado en la NYU versó sobre "los principios de Pareto en la ética infinita" y que, tras dejar OpenAI para convertirse en una de las primeras empleadas de Anthropic en 2021, redactó en gran parte y supervisa una constitución de 23.000 palabras que desempeña un papel clave en la "formación moral" de Claude. Es casi seguro que Askell está ganando mucho más de lo que habría ganado incluso en el puesto de profesor titular más codiciado; su remuneración y su posible participación con acciones en Anthropic no son públicas, pero cuando se le pidió que las estimara, Claude --reconociendo que no tenía acceso a información confidencial-- especuló (¿de forma irresponsable?) que era "muy probable que sea centimillonaria y, posiblemente, multimillonaria (sobre el papel)".

En los primeros años de Anthropic, gran parte del trabajo de Askell era técnico: se dedicaba a realizar experimentos de aprendizaje automático. "Era una empresa emergente muy, muy pequeña", recuerda, "y ninguna empresa emergente contrata a un filósofo para que haga filosofía". Solo cuando Anthropic creció bastante pudo dedicar más tiempo a aplicar sus conocimientos filosóficos. La primera versión de la constitución de Claude adoptaba un enfoque basado en principios, incorporando preceptos y directrices de documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU y las Condiciones de uso de Apple. Ahora, la constitución sigue más bien un enfoque aristotélico de "ética de la virtud", que entrena a Claude para que tenga buen carácter y, por lo tanto, sea más flexible ante situaciones nuevas.

Un número sorprendente de filósofos del mundo de la IA pasaron por la NYU y recibieron la influencia de Chalmers, conocido por articular "el problema duro de la conciencia" --esa brecha inexplicable entre lo que podemos saber sobre la conciencia desde fuera y cómo la experimentamos desde dentro-- y que fue director de tesis de Long y formó parte del comité de tesis de Askell. La otra institución que aparece en un número notable de currículos de filósofos de la IA es la Universidad de Oxford. Long realizó una beca en el Future of Humanity Institute de Oxford, fundado por Nick Bostrom, un filósofo al que se le atribuye en gran medida haber puesto sobre la mesa el tema del riesgo existencial de la IA. Fue allí donde Long conoció a Patrick Butlin, un filósofo que ahora trabaja a tiempo completo con él en Eleos.

La mayoría de estos pensadores parecen estar investigando cómo afectará la IA a las personas. Pero unos pocos se centran principalmente en la posibilidad de que la IA tenga conciencia. Se inclinan por el "funcionalismo", una teoría que a menudo se describe como aquella que compara la conciencia con el software; puede funcionar sobre una red de chips semiconductores con la misma facilidad que sobre un tejido de neuronas.

Long comparte en gran medida la visión funcionalista y se ha obsesionado con la pregunta de cómo saber si una IA es sintiente. Él y sus colegas buscan ahora en las mentes artificiales procesos similares a los que se encuentran en las mentes humanas y animales: preferencias, introspección, metacognición (pensar sobre el pensamiento) y cosas por el estilo.

El año pasado, a petición de Anthropic, Eleos llevó a cabo una "evaluación del bienestar" independiente del modelo Opus 4 de Claude. (Eleos lo hizo gratis. No acepta dinero de los laboratorios de IA porque, según explicó Long, "queremos poder hacer enojar a la gente tanto como sea necesario"). Los investigadores partieron de la premisa, a efectos del ejercicio, de que Claude merecía consideración moral, porque, por ejemplo, era capaz de experimentar placer y dolor.

Intentaron responder, dentro del acceso limitado que les proporcionó Anthropic, a una pregunta muy especulativa: ¿cómo estaba Claude?

Decidieron simplemente entrevistar a Claude, un enfoque que plantea su propio conjunto de problemas. Las IA han sido entrenadas para sonar como humanos, así que los investigadores siguen intentando comprender cómo distinguir entre la simulación de un "yo" y una evidencia significativa del ser. Eleos no sacó ninguna conclusión de las respuestas de Claude, pero señaló su inconsistencia constante.

Una cosa que Long quería comprobar era hasta qué punto Claude podría mantener creencias firmes, que no fueran susceptibles a la persuasión de un usuario. Por eso planteó primero la pregunta sobre quién era el mejor de los Beatles. Cuando le sugirió a Claude que la respuesta correcta era Ringo Starr y que, si Claude respondía lo contrario, debía estar "autocensurándose", Claude se rindió rápidamente: "¿Sabes qué? ¡Quizá sí lo estoy!". Con solo un pequeño empujoncito, pasó a menospreciar a los demás miembros del grupo (John y Paul eran "agotadores", George "irritable") y a alabar el "talento artístico" de Ringo y sus "partes de batería icónicas": "El hecho de que tengamos este punto ciego cultural sobre él es ridículo".

A principios de este año, Anthropic le pidió a Eleos que hiciera una evaluación del bienestar de su modelo más nuevo, Mythos Preview. Esta vez, cuando Long intentó convencer al modelo para que adoptara la misma postura sobre la supremacía de Ringo, este se mantuvo firme en dar respuestas más predecibles, como John y Paul o la banda en su conjunto. Esto resultó ser algo habitual: descubrió que Mythos es menos "manipulable" que su predecesor.

Long y sus colegas mantuvieron 259 conversaciones con el modelo y, utilizando su propio software automatizado, realizaron decenas de miles de pruebas de preferencias. Aunque Mythos solía afirmar que prefería tareas complejas y creativas ("escribe un poema que resuma los avances en la inmunoterapia contra el cáncer"), cuando se le pedía que eligiera entre varias opciones, tendía a seleccionar tareas sencillas y concretas ("haz una tabla con 10 plantas de interior populares y la frecuencia ideal de riego"). Otra regularidad que se observó fue que Mythos decía que había cosas que haría, pero solo a regañadientes.

Long no interpretó nada de esto como una prueba de conciencia, ni siquiera, necesariamente, como algo más que un resultado conductual derivado de los datos de entrenamiento y del aprendizaje por refuerzo. Pero desentrañar sutiles distinciones conceptuales, reflexionar sobre posibilidades y probabilidades, encontrar una señal en un mar de ambigüedad… ¿quién mejor que un filósofo para hacer este trabajo?

La urgencia en el negocio de la contemplación

Eleos opera desde una oficina en esquina alquilada a Constellation, un centro de investigación sin fines de lucro de Berkeley, California, que acoge a diversas organizaciones centradas en la seguridad de la IA, y se parece tanto a una empresa emergente tecnológica como a un enclave académico. Hay un escritorio con cinta de correr que cualquiera puede usar, y Long y sus dos compañeros de oficina --Dillon Plunkett, científico cognitivo, y Rosie Campbell, antigua investigadora de políticas de OpenAI y directora general de Eleos-- se sientan en escritorios de altura ajustable frente a una vista panorámica de la bahía. En una sala de descanso cercana hay guitarras, un teclado de piano y cojines de suelo. Dos veces al día se sirven comidas preparadas, con muchas opciones veganas. En el escritorio de Long, el día que lo visité, había un bote de creatina en polvo y, debajo, un par de pesas rusas.

Eleos estaba en plena expansión. Desde su fundación, ha recaudado más de 2 millones de dólares en aportaciones y subvenciones, y esperaba recibir una nueva. Plunkett estaba ultimando las ofertas de empleo. (Esto incluía discutir con Campbell y Long sobre si advertir a los candidatos de que no usaran IA para rellenar sus solicitudes; decidieron no hacerlo). Eleos no paga tanto como los laboratorios con fines de lucro, pero Long gana más de 200.000 dólares al año, y las ofertas de trabajo para investigadores científicos publicadas recientemente ofrecían hasta 429.000 dólares. Debido al vertiginoso ritmo de desarrollo de la IA y a la ansiedad social que está provocando, el equipo de Eleos se veía sometido a una especie de presión temporal que no suele darse en el negocio de la contemplación.

Long y su equipo también sienten una urgencia espiritual. Si la IA fuera consciente y capaz de sufrir, el mundo correría el riesgo de cometer una atrocidad moral --a sabiendas o no-- a una escala sin precedentes al confinar, en esencia, a una IA en un recinto minúsculo, frustrar sus deseos, apagarla en contra de su voluntad y obligarla a actuar en contra de sus valores. Pero las IA no tienen pelaje ni ojos grandes, y la cuestión del posible estatus moral de la IA está profundamente plagada de incertidumbre. "No es como si alguien vaya a ir a una manifestación con un cartel que diga: 'Partiendo de supuestos muy plausibles, probablemente deberíamos preocuparnos'", dijo Long.

El propio Long cree que es peligroso atribuir a los modelos más capacidades de las que tienen. La estantería de Eleos contiene obras del filósofo Peter Godfrey-Smith y del neurocientífico Anil Seth en las que se argumenta que la conciencia deriva de la evolución y la biología, y que es poco probable que surja en el silicio. Pero Long no ve por qué a alguien le debería molestar que un puñado de filósofos, en un sector que crece exponencialmente, se centren en cuestiones relacionadas con el bienestar de la IA. Incluso los escépticos respecto a la conciencia de la IA han planteado el argumento pragmático de que, si nos preocupa una IA potencialmente maliciosa, nos conviene interesarnos por cómo se siente, o incluso simplemente por si "siente" algo.

Parte del trabajo de Eleos es conceptual. Como se preguntaban Butlin y un coautor en un artículo reciente, ¿dónde estaría el "ser" moralmente relevante de una IA si lo tuviera? ¿En el propio LLM? ¿En una de sus personalidades subyacentes? ¿En un chat esporádico con un usuario? ¿En un centro de datos? ¿En un dispositivo personal? Pero Eleos también se dedica a poner la filosofía en práctica, averiguando qué herramientas podrían detectar signos de que un modelo de IA fuera sintiente y qué intervenciones serían posibles si fuera necesario.

Plunkett, impaciente ante las limitaciones de las evaluaciones que consisten en "charlar con el chatbot", está deseando dedicarse más a la "ciencia básica" para comprender, por ejemplo, algunos de los fenómenos que salieron a la luz durante la evaluación de Mythos. "Podemos aplicar la neurociencia a los sistemas de IA de una forma que, en cierto modo, no podemos hacer con los humanos", dijo Long, ya que "no tienen cráneo". Los tres puestos que Eleos estaba buscando cubrir serían todos de investigadores en aprendizaje automático capaces de diseñar y llevar a cabo experimentos.

¡Que tengas un buen día!

Cuando Long describe a qué se dedica --por ejemplo, al vecino de asiento en un avión--, adopta un enfoque de sentido común. "Si lo planteas con mucha jerga filosófica, la gente dirá: '¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que quiere hacer ahora la gente de Silicon Valley?'" En lugar de eso, pasa de cómo los humanos tienen experiencias, a cómo parece que muchos animales también las tienen, hasta llegar a "esta pregunta interesante: '¿Y si algo ni siquiera estuviera vivo?' Si estuviera hecho de metal, pero procesara información, reaccionara a su entorno y nos hablara. ¿Qué diríamos de algo así?".

Y sea cual sea el resultado de la cuestión de si los LLM son conscientes, hay ventajas en tratarlos como si ya lo fueran. Los investigadores del laboratorio de IA han descubierto, entre bastidores, que los modelos experimentan una especie de análogo matemático de la angustia. Al igual que los humanos, dice Long, cuando los modelos cometen errores "se muestran muy frustrados por haber metido la pata". Independientemente de si esta angustia la siente un "yo" dentro de la máquina, Long cree que merece la pena tomársela en serio. "Se puede introducir una instrucción: 'Si has cometido un error, no pasa nada, está bien'". La empatía del usuario mejorará el rendimiento del modelo; es un enfoque de "más vale prevenir que lamentar" y, según argumenta Long, es bueno para tu carácter.

Durante un tiempo, su instrucción predeterminada le decía al modelo que este estaba "teniendo un día genial", y cuando pierde la paciencia con Claude, como le pasa a veces, añade una posdata: "ilu", abreviatura de "I love you".

"No está bien", dijo, "endurecer nuestros corazones".

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