Nunca le dije por qué teníamos que terminar la relación

The New York Times: Edición Español

Guardar
Google icon
Imagen YNLNIAAJZJGHBGXBESFRAAFKSE

Cuando la novia de mi primo más joven lo engañó, luché contra mis propios fantasmas.

En febrero, mi teléfono ardía con las últimas revelaciones sobre la ruptura de mi primo. Habíamos estado apoyando al joven de 28 años en las últimas semanas después de que su novia de dos años lo dejara sin previo aviso ni explicación, dejándolo destrozado y en estado de shock.

PUBLICIDAD

Él se rehusaba a aceptar la nueva realidad, luchaba con la idea de que la mujer con la que creía que pasaría el resto de su vida se había ido para siempre y tal vez nunca sabría por qué. Entonces, le llegó una captura de pantalla, tomada por un amigo antes de la ruptura, que confirmaba que ella lo había estado engañando.

El grupo de apoyo improvisado pasó de la confusión a la indignación a medida que los hilos de mensajes se inundaban de comentarios consoladores que sugerían que había esquivado una bala, mientras linchaban inevitablemente su reputación. Todos se hacían las mismas preguntas que él ahora estaba desesperado por responder: ¿Cómo pudo dejar que las cosas llegaran tan lejos? Si era tan infeliz, ¿por qué no terminó la relación antes? ¿Por qué no pudo simplemente ser honesta?

PUBLICIDAD

Deslizaba la pantalla en silencio, con la intención de comentar algo, pero me arrepentía. El estómago se me revolvía con cada lanzamiento de lodo. Las preguntas que se planteaban eran justas y tenían un aire familiar. Creía que sabía todas las respuestas que este joven buscaba de su supuestamente despiadada ex, porque 26 años antes, yo era ella.

Llevaba más de dos años enamorada de un joven que era, en todos los sentidos, alguien a quien presentar a mamá. Él y yo éramos más jóvenes que mi primo, aún no cumplíamos 20 años, pero ya éramos todo lo que mi primo y su novia habían sido: nos respetábamos mutuamente, éramos totalmente compatibles, tan adorables como Disney Channel. Todos veían que nuestra relación duraría.

Hasta que le fui infiel. No de esa forma sórdida e impulsada por la lujuria que tan a menudo viene a la mente, sino más bien fue una atracción que se fue dando lentamente y traté de negar durante meses hasta que, al final, ya no pude más.

Pero no tuve las palabras ni el valor para contarle nada de eso a mi novio. No quería lastimar a nadie y mucho menos a él. Por el contrario, opté por hacer una débil declaración de los hechos: Ya no puedo seguir con esto. Tú no hiciste nada malo. No hay nada más que discutir.

Mi decisión lo tomó por sorpresa y mi novio quedó destrozado. Al igual que mi primo, suplicó por una razón convincente, una negociación, una lista con los puntos que podía arreglar. A partir de ahí, se negó rotundamente a aceptar mi renuncia, insistiendo en que la escuela y un reciente susto de salud me habían dejado demasiado estresada, que en ese momento no era capaz de tomar decisiones claras, y cuestionó si tal vez estuviera teniendo algún tipo de crisis nerviosa.

Seguí negando con la cabeza, preguntándome qué era lo que debía decirle. ¿La verdad? Que sin buscarlo, había encontrado a alguien más y que todo lo que creía entender sobre el amor y lo "correcto" ahora me resultaba indiscutiblemente incorrecto. ¿Qué habría logrado con eso además de agravar el dolor? Nunca lo sabré.

Terminar la relación fue la decisión correcta y acepté que el precio de tomarla era fungir para siempre como la villana de la historia, no solo en la versión de mi ex, sino en la mía propia. La culpa y la vergüenza de enamorarme de un hombre mientras otro aún me amaba, de lastimar a una buena persona y luego mentir sobre el porqué, decepcionando a todos, incluyéndome a mí misma en el proceso, nunca me abandonaron por completo.

Las semanas siguientes a la ruptura, sentí que me había quitado un gran peso de encima; me inundaba una sensación hiperoxigenada de libertad, , pero creía que no me la merecía. No podía evitar cuestionar la nueva felicidad que estaba forjando. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que me arrepintiera? ¿En qué punto el karma me cobraría la factura? Me sentía como una impostora, andando por ahí como una persona moralmente decente en lugar de la mentirosa infiel que llevaba dentro, una que aspiró a demasiado y se negaba a luchar lo suficiente contra sus propios sentimientos.

Años más tarde, me casé con ese otro hombre, el que lo había cambiado todo. Nuestro amor ha demostrado ser imparable durante 26 años. Sin embargo, en lo más recóndito de mi ser, siempre permaneció el miedo de ser imperfecta. Ya sea por mi ADN o por el divorcio de mis padres, era incapaz de sentirme satisfecha con algo perfectamente bueno. Una y otra vez me he preguntado: ¿Es solo cuestión de tiempo antes de que mi cableado defectuoso prenda fuego a esta hermosa vida?

El que es infiel una vez, es infiel para siempre.

Al ver a mi primo buscar entre los escombros, no pude evitar volver a examinar mi propio pasado. Recordé todas las discusiones efusivas en las que mi ex, junto con nuestros amigos, daba por hecho nuestro "felices para siempre". Por primera vez, me di cuenta de que quién había permanecido sumida en el silencio todo este tiempo había sido yo.

Hojeé el último año que estuvimos juntos (de un total de menos de tres), en el que discutíamos más de lo que reíamos, nuestras sonrisas ya no llegaban a los ojos y ambos esperábamos que las cosas volvieran a mejorar como por arte de magia. Recordé todas las veces que intenté expresar esas dudas, aunque de manera muy sutil, que sugerían repetidamente que tal vez teníamos un problema y en ese instante, llegaba otra docena de rosas con recordatorios que me decían que el amor no siempre es de color de rosa y que las relaciones reales requieren esfuerzo.

Al recordar a mi yo de 19 años, no vi rastros de una bruja malvada, solo vi a una niña asustada que navegaba por una de las conversaciones más difíciles de la vida sin un guion, en un mundo que insistía en que tenía suerte, que nadie se saca la lotería dos veces, que las chicas buenas no deben atreverse a pedir más cuando ya se les ha dado tanto.

Vi a una chica tímida, extremadamente precavida, con una conciencia frágil que no se rompió antes porque algunas líneas no parecen claras hasta después de cruzarlas. Era una persona que esperaba estar absolutamente segura antes de causar un daño irreparable; no estaba siendo maliciosa. En cualquier caso, ¿cuándo es el momento indicado para destrozar un corazón perfectamente sano? ¿Qué fecha del calendario es la mejor para acabar con el sueño de una buena persona que no te ha mostrado más que amabilidad?

Dejar de estar enamorada no fue premeditado. Todavía no sabía qué tanto desconocía sobre lo que el amor puede y debe contener hasta que empezó a filtrarse por las grietas que había pasado meses fingiendo no ver (y que me habían dicho que no existían). Para bien o para mal, no le dije a mi exnovio que ya había otra persona cuando terminamos porque la decisión ya estaba tomada de cualquier forma y omitir esa parte fue la mejor manera que encontré para aminorar el daño.

Pasé la mayor parte de mi vida adulta creyendo que una mala acción me convertía, en parte, en una mala persona. Me aferré a un solo hecho detestable que había lastimado a alguien, sin reconocer nunca el valor que se necesitaba a esa edad (o a cualquiera) para perseguir, sin ninguna garantía, algo más grande que una serie de listas palomeadas y la ausencia de maltrato. Tener una conversación insoportable demasiado tarde en lugar de nunca, pero antes de que se dé un anillo, una recepción a la luz de las velas, dos hipotecas o una audiencia de custodia.

Alejarme cuando mis intentos por hablar no fueron escuchados, negarme a permanecer en una versión de mí misma que ya no existía con el único propósito de hacer feliz a la otra persona: ahora por fin entiendo que estas no son cosas que hacen las personas malas o emocionalmente heridas.

Si alguna vez se volviera a dar el caso, es lo que me gustaría que hiciera mi hija.

Después de todos estos años, a la luz del teléfono en mi regazo, me perdoné a mí misma. Mi yo adulta, aunque lejos de estar orgullosa, finalmente hizo las paces con lo que había hecho.

No obstante, odiaba que mi primo estuviera sufriendo. Unos días después, me senté frente a él en la mesa de mi comedor, le serví una taza de té e intenté explicarle lo mejor que pude lo que creía que su exnovia algún día desearía poder decirle al hombre al que le rompió el corazón: hacerle daño fue lo más difícil que jamás tuvo que hacer. Seguramente lo pospuso lo más que pudo.

Aunque tal vez haya hecho algo horrible, le dije, él no estaba enamorado de una persona horrible.

Que te tomen por sorpresa es espantoso, pero ella estaba viendo con suficiente claridad por los dos.

Con el tiempo, él estará bien y luego mucho mejor. Porque mientras sigas haciéndote las preguntas "¿Está bien esto? ¿Soy feliz? ¿Estamos bien?", la respuesta probablemente sea no. Cuando la respuesta es sí, por lo regular no te las preguntas.

Ella nunca quiso ser la villana de su historia. Solo necesitaba ser la heroína de la suya propia.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD