
El ruido de las pinceladas se detuvo cuando Nieves González, que pintaba su retrato más reciente en estilo barroco de una mujer con un chaleco inflado contemporáneo, hizo una pausa para charlar con una colega artista en el estudio que comparten en el sur de España.
"Siempre estamos cotilleando", dijo riendo González, con su jersey verde salpicado de pintura y la cara adornada con aretes en la nariz.
Últimamente, buena parte de lo que se habla en el mundo del arte español ha girado en torno a González. El año pasado, la cantante británica Lily Allen reclutó a González, de 29 años, tras ver su página en Instagram para que la retratara para la portada de su álbum más reciente. El disco, West End Girl, se convirtió en un éxito, y también González, a quien el periódico Artnet calificó de "sensación artística de la noche a la mañana".
Su imagen de Allen, ataviada con una chaqueta acolchada de lunares, ha sido vista dos millones de veces en Spotify, en vallas publicitarias e incluso en el programa nocturno de Jimmy Fallon. En marzo, la National Portrait Gallery de Londres presentó el cuadro, que estará colgado en la misma sala que una obra de David Hockney, y la calificó de "una de las voces más convincentes de la pintura figurativa actual".
"Mi sueño", dijo González mientras coloreaba rápidamente la chaqueta acolchada carmesí de su obra más reciente.
Esas chaquetas son típicas de la obra de González, que presenta musas etéreas o bíblicas sentadas regiamente en paisajes naturales que evocan las obras de los antiguos maestros.
Ella suele subvertir esa estética centenaria al vestir a sus sujetos con suntuosas chaquetas acolchadas rosas, azules y blancas, y también imprimiéndoles más agencia y energía de protagonistas.
En junio expondrá en Los Ángeles, pero los coleccionistas se quejan de que todos los cuadros ya están vendidos. El galerista de González en Bilbao, Sergio García, describió su trayectoria como "¡vroom, vroom, vrooooom!".
Para algunos, el ascenso de González refleja la renovada vitalidad cultural de su país. Para otros, su uso de la moda abombada contemporánea dentro de una estética barroca española centenaria habla de la negociación del pasado y el presente. Para sus amigos, lo que González realmente grita es autenticidad del sur de España.
Enérgica y locuaz, aplaude con deleite sus manjares andaluces favoritos. Mientras paseábamos por las calles de Granada, parecía conocer y hablar con todo el mundo. Charlaba con amigos en las esquinas, saludaba a las mujeres de la floristería, del salón de manicura o de la tienda de discos.
"En un año seré la reina de la ciudad", bromeaba, y después añadió que en realidad siempre se perdía.
Envió besos a su abuelo cuando este la llamó desde casa, y susurraba "hashtag arte contemporáneo" delante de las galerías de arte para turistas. En un momento dado, llamó a su novio "amor" para tranquilizarlo, después de que él protestara porque ella se burlaba mucho de él por parecerse a un fraile rechoncho que aparecía en un calendario que ella había colgado en su estudio. Dijo que lo único que deseaba era comprar una casa de campo con él a las afueras de Huelva, su pequeña ciudad minera natal.
"La gente me pregunta: 'Bueno, ¿cuál es tu objetivo, llegar a ser qué?'", dijo en su estudio. "Creo que ya he conseguido mi objetivo: vivir de mi arte".
Se apartó de su lienzo para consultar una imagen en una vieja computadora portátil que le habían regalado cuando cumplió 18 años.
En lugar de pintar modelos vivos o fotografías, González utiliza un sistema de inteligencia artificial en esa portátil para generar imágenes digitales compuestas. Estas amalgamas proceden de una combinación de retratos barrocos, sus propios bocetos y, en su serie más reciente, fotografías de pasarela de un desfile de moda al que Hermès la invitó en París.
Esos collages digitales, que ella llama "frankensteins", sirven de inspiración para sus retratos pintados.
Aunque las modelos son imaginarias, dijo, a veces ve un vestigio de su propio rostro en los retratos acabados.
No hace mucho, dijo, la idea de vivir de estos retratos parecía imposible. "Pero aquí estamos", dijo. "Es como un sueño que siempre he tenido, pero multiplicado por 50".
González nació y creció en una familia de clase trabajadora de Huelva. Empezó a pintar cuando era muy pequeña, dijo, después de que su madre cediera a sus súplicas y le comprara un juego de pintura basado en la serie Los girasoles de Vincent van Gogh.
"No sé por qué aquel día dijo que sí", dijo González.
El amarillo se convirtió en su color favorito, "el favorito de los locos", dijo. A los 17 años se matriculó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla, la ciudad de los artistas Diego Velázquez y, durante un tiempo, Francisco de Zurbarán, ambos de gran influencia para ella. Recibió una educación pictórica clásica y ganó dinero extra vendiendo sus retratos a extranjeros en un mercado de arte de Sevilla y pintando caricaturas de los invitados a bodas en Huelva.
Después de obtener su maestría en arte en Sevilla, se encontró trabajando en una tienda de cosméticos en Huelva y buscó una salida. Tenía amigos italianos y se le daban los idiomas, así que probó suerte en Italia, donde trabajó como niñera de "dos demonios" en el norte del país antes de escapar al sur, a Aquila, donde, con el tiempo, le ofrecieron un trabajo como ayudante de dentista. "Yo", dijo, "que no sé nada de dientes".
Se dio cuenta de que si podía conseguir un trabajo en un país e idioma extranjeros haciendo algo de lo que no sabía nada, quizá debería volver a casa y probar a hacer lo que mejor sabía hacer. Se dio un año de plazo para intentar convertirse en pintora.
De vuelta en Huelva, daba clases de arte mientras trabajaba en retratos. Dibujó una copia de la obra de un maestro barroco en una hora para la inauguración del nuevo museo de Huelva. Las galerías empezaron a exponer sus obras. Su página de Instagram, llena de sus retratos, empezó a ganar seguidores.
El año pasado se trasladó a Granada con su novio, Agus Díaz Vázquez, también artista. Solía almorzar en el húmedo estudio en un sótano, con un fuerte olor a pintura, que compartía con sus compañeros artistas, un grupo bromista que disfrutaba ganándole a ella en las partidas de cartas.
Un día recibió allí un mensaje inesperado.
Leith Clark, la directora creativa del álbum de Allen, había encontrado la página de González. Le envió las obras a Allen, incluida una de una figura santa con una chaqueta acolchonada azul que sostenía un cisne, y le preguntó qué opinaba.
"Lo sabes cuando lo sabes", dijo Seb Chew, productor y colaborador cercano de Allen, quien participó en el proceso. "Nunca había visto nada igual".
El equipo de Allen se puso en contacto con González, sin mencionar para quién trabajaba. Pero la pintora estaba ocupada con su trabajo, no entendió lo que querían e ignoró el mensaje. El equipo de Allen recalcó entonces que buscaban la portada de un álbum para una "persona muy famosa".
González no tardó en comunicarse con Allen mediante una videollamada, aceptó el encargo y se encerró en el estudio durante semanas, pintando al son de música flamenca. González dijo que el equipo de Allen le había dado fotografías para trabajar, pero relativamente pocas instrucciones, pues confiaban en que transmitiría la sensación de fuerza e independencia que buscaban.
González utilizó esa licencia creativa para vestir a Allen con una chaqueta acolchonada de lunares que la música, en realidad, nunca se había puesto. Una vez publicado, el álbum no tardó en aparecer en los titulares por las letras que, según ha dicho la cantante, contienen detalles sobre su separación del actor estadounidense David Harbour.
La publicidad también dio frutos para González.
Pronto, sus amigos del estudio empezaron a burlarse de su estatus de celebridad local. Empezaron a burlarse de González llamándola Britney Spears. "Ay, Britney", decía una compañera cada vez que González se quejaba de las nuevas exigencias sobre su tiempo.
González no conoció en persona a la verdadera estrella del pop, Allen, hasta el mes pasado, durante la presentación oficial del retrato en Londres. González dijo que hicieron buenas migas, pero esta vez se mordió la lengua.
"¿Te imaginas", dijo, con los ojos desorbitados ante la posibilidad, "cotillear con ella?".
Carlos Barragán colaboró con reportería.
Jason Horowitz es el jefe del buró en Madrid del Times; cubre España, Portugal y cómo vive la gente en Europa.
Carlos Barragán colaboró con reportería.
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