
Apenas había salido el sol sobre el océano Pacífico cuando una pequeña lancha motora que transportaba a un equipo de artesanos indígenas y biólogos mexicanos echó el ancla en una cala rocosa cerca de las bahías de Huatulco.
Mauro Habacuc Avendaño Luis, uno de los artesanos, fue el primero en vadear hasta la orilla. Con una agilidad impropia de su edad, se lanzó sobre los peñascos expuestos por la marea baja. Agazapado en un resbaladizo saliente golpeado por el oleaje, metió la mano en una grieta entre dos rocas. Allí, alojado entre los erizos, había un caracol con un caparazón gris y rugoso del tamaño de una nuez. Puede que la visión no deslumbre a los turistas que viajan hasta aquí para ver ballenas jorobadas, pero para Avendaño, de 85 años, estos pequeños moluscos opacos representan una forma de vida.
Los caracoles marinos del género Plicopurpura son sagrados para el pueblo mixteco de Pinotepa de Don Luis, una pequeña localidad del suroeste de Oaxaca. Hombres como Avendaño llevan al menos 1500 años "ordeñándolos" de forma sostenible para obtener un tinte púrpura radiante. El color impregna los tejidos mixtecos y las creencias espirituales. Llamado tixinda, simboliza la fertilidad y la muerte, así como los vínculos míticos entre los ciclos lunares, las mujeres y el mar.
El futuro de estas tradiciones --y el destino de los caracoles-- es incierto. Los moluscos están sometidos a una intensa presión de la caza furtiva, esto a pesar de las protecciones federales destinadas a protegerlos. Los pescadores los abren (junto a los demás moluscos que comen) y venden la carne a los restaurantes locales. Los turistas que recorren las playas arrancan los caracoles de las rocas y los tiran a un lado.
Un fuerte terremoto en 2020 elevó por encima del nivel del mar partes de su hábitat que antes estaban sumergidas, lo que lanzó al aire de forma fatal otros moluscos de la red alimentaria del caracol, e hizo más accesibles a los cazadores furtivos lugares antes impenetrables.
Hace décadas, era fácil encontrar densos grupos de caracoles del tamaño de perillas de puerta, según Avendaño. "Lleno de caracol", dijo, pasando una mano callosa y manchada de violeta frente a las calas. Ahora, la mayoría de los caracoles que encuentra son pequeños, de poco más de un centímetro, y rinden solo unos mililitros de tinte.
Las poblaciones de caracoles se redujeron en la década de 1980, cuando una empresa textil japonesa contrató a pescadores locales para teñir rollos de seda de kimono. Los mixtecos recogen el tinte unos meses al año (no durante el verano, cuando los caracoles se reproducen) y devuelven los caracoles a las rocas, sosteniéndolos hasta que se vuelven a unir a ellas. Pero los pescadores extraían tinte todo el año y dejaban los caracoles cociéndose al sol o los arrojaban a aguas abiertas.
"Los caracoles no vuelven a la orilla y luego se adhieren", dijo Marta Turok, antropóloga y experta en tradiciones artesanales mexicanas. "Se hunden y mueren".
Generaciones de mujeres mixtecas han tejido el hilo de amatista en elaboradas faldas envolventes con las que se casan y, en última instancia, son enterradas. Cuando Turok se enteró de que estos tejidos estaban a punto de desaparecer con los caracoles, puso en contacto a los tintoreros con biólogos que podían recopilar datos que demostraran el drástico declive de estos moluscos.
"Entonces mi trabajo y trabajo de otros compañeros fue precisamente el demostrar primero que los tintoreros tenían razón", dijo Javier Acevedo García, uno de esos biólogos. Comprobó que la devastación --especialmente la desaparición de los caracoles más grandes, de unos 40 años de edad-- era cierta. Sin la interferencia de los pescadores, estas poblaciones tardarían unos 20 años en recuperar sus niveles anteriores, según su investigación.
Conseguir que las autoridades actuaran no fue fácil, según Turok, quien entonces trabajaba para el gobierno. "El medioambiente no estaba en la agenda", dijo. Tras años de campaña, en 1988, los tintoreros y sus aliados consiguieron la protección federal de los caracoles conocidos científicamente como Plicopurpura pansa.
Pero ahora parece que la especie que el grupo se esforzó por salvar podría no ser una especie en absoluto. Desde entonces, los estudios científicos han sugerido que los caracoles productores de colorantes podrían ser miembros de P. columellaris, una especie diferente y desprotegida que se encuentra en los mismos hábitats costeros. Los editores del Registro Mundial de Especies Marinas, una base de datos en línea mantenida por un grupo internacional de especialistas, han determinado que el nombre Plicopurpura pansa no es válido.
Los mixtecos ven dos grupos distintos de caracoles. Los moluscos que utilizan segregan más colorante, y sus conchas no son tan gruesas. Los biólogos también han observado variaciones en la anatomía interna de los caracoles, como el número y la ubicación de los dientes microscópicos de la rádula, un órgano de alimentación largo y en forma de cinta que los caracoles utilizan como ralladores de queso para penetrar en las conchas de otros moluscos.
Sin embargo, la diversidad física no siempre indica divisiones a nivel de especie.
"La gente 'descubre' repetidamente caracoles de este grupo y les da nombres", dijo Martine Claremont, quien escribió su tesis sobre Rapaninae, la subfamilia a la que pertenecen los caracoles oaxaqueños. En los dos últimos siglos, explicó, los científicos entusiastas han bautizado nuevas especies con base en individuos distintivos, lo que ha dado lugar a múltiples nombres superpuestos.
Cuando los científicos identifican redundancias, el nombre más antiguo --en este caso P. columellaris-- tiene prioridad.
A primera vista, estas clasificaciones pueden parecer cosas muy especializadas de biología. ¿Qué diferencia hace un poco de nomenclatura latina? Los cambios en los nombres científicos pueden tener consecuencias para los animales y para los conservacionistas que los defienden.
"La ley protege una especie que no está reconocida por la comunidad científica", dijo Sonia Hernandez, bióloga del Olive-Harvey College de Chicago. "Por lo tanto, alguien potencialmente podría recolectar el molusco y no ser castigado por ninguna aplicación de la ley. No estarían infringiendo ninguna ley".
Aunque Hernandez y otros científicos afirman que es necesario investigar más para aclarar la relación entre los caracoles, les preocupa que la incertidumbre pueda crear resquicios para que una empresa recolecte los caracoles restantes, y que una antigua tradición mixteca desaparezca con ellos.
Las culturas de toda América Central antiguamente recolectaban el tinte de los caracoles, pero ahora, en un mundo de pigmentos sintéticos baratos, Avendaño y su familia son de los pocos que mantienen viva esta práctica. Para recoger el tinte, separan los moluscos de las rocas y presionan sus patas gomosas hasta que un líquido cremoso brota del interior de sus conchas. A continuación, vierten el líquido en madejas de hilo de algodón envueltas alrededor de sus muñecas. Expuestas al aire y a la luz solar, las fibras se transforman. El amarillo liquen se convierte en verde pavo real y, finalmente, en brillantes tonos de púrpura.
Teñir el hilo es un trabajo peligroso. "A veces nos arriesgamos la vida para poder llevar ese color a casa", dijo el hijo de Avendaño, Rafael Avendaño López. Los Avendaño han perdido a familiares que resbalaron en las rocas y se ahogaron en el impredecible oleaje. Preservar las tradiciones ancestrales, dicen, vale la pena el peligro.
En diciembre, los tintoreros mixtecos y los científicos invitaron a Hernandez y a Oscar Pineda-Catalan, biólogo conservacionista de la Universidad de Chicago, a realizar un análisis anatómico y genético para responder de una vez por todas a la cuestión de la especie. El equipo de marido y mujer afirma que los estudios anteriores no han sido lo bastante detallados para ser concluyentes.
"Es realmente importante que una descripción completa y rigurosa de la especie incorpore datos tanto morfológicos como moleculares", dijo Pineda-Catalan. Señaló que los investigadores anteriores han basado sus conclusiones solo en uno u otro. "Necesitamos un poco más de información", dijo.
Cuando los doctores Hernandez y Pineda-Catalan llevaron a cabo el experimento, instalaron un laboratorio improvisado en un Airbnb rural cerca de las bahías de Huatulco para dar acceso a sus colaboradores mixtecos. Los biólogos dijeron que querían evitar la larga historia de investigadores que se abalanzan, toman muestras y se las llevan a instalaciones inaccesibles.
"El laboratorio tradicional está formado por personas que llevan batas de laboratorio, y los no científicos están fuera, y los científicos están dentro, y ellos son los únicos que poseen los conocimientos y las habilidades", dijo Hernandez. Este sistema ha tendido a excluir a las comunidades indígenas.
"Era importante estar ahí", dijo el más joven de los Avendaño.
"Del campo conocemos todo. Nadie nos puede enseñar lo que sabemos del campo", dijo. "Es un conocimiento ancestral que nos dejaron nuestros antepasados. Pero en cuestiones científicas, en cuestiones de biología", añadió, "no tenemos ese conocimiento, ¿no? Y las herramientas más que nada para poder saber que tipo de sangre es o qué tipo de ADN es".
Las condiciones de la cabaña rústica obligaron a los científicos a improvisar. Las luces de la cabaña eran tenues, el espacio apenas era estéril y la presencia de otros invertebrados amenazaba con arruinar las muestras. "Anoche encontramos un escorpión entre las sábanas", dijo Hernandez mientras se sentaba ante un microscopio de disección colocado en una mesa desvencijada de la cocina convertida en laboratorio. Aun así, pudieron llevar a cabo con éxito el experimento.
Tras medir, fotografiar y diseccionar los caracoles, los científicos tomaron biopsias, y extrajeron y purificaron el ADN. A continuación, ejecutaron una reacción en cadena de la polimerasa, un proceso a veces denominado fotocopia molecular, que genera millones de copias de genes relevantes. Con suficientes copias, los científicos pueden secuenciar y comparar el ADN de distintas muestras. Cuanto más parecidas sean dos secuencias, más probable es que los especímenes pertenezcan a la misma especie.
Los científicos y los tintoreros, que enviaron el ADN al Instituto Nacional de Medicina Genómica de Ciudad de México para su procesamiento, ahora esperan las secuencias.
Rafael Avendaño López dijo que no estaba nervioso por los resultados. No importa de qué especie sean los caracoles, dijo, van a "seguir protegiendo, seguir luchando para este proteger al caracol".
Últimas Noticias
Las tarifas de equipaje subieron. Aquí cómo evitarlas
Reportajes Especiales - Business

Anne Hathaway por fin está lista para la diversión
Reportajes Especiales - Lifestyle

La guerra y las sanciones aceleran el impulso monetario chino
Reportajes Especiales - Business

Reseña de 'Michael': un filme biográfico que ignora los problemas de Michael Jackson
Reportajes Especiales - Lifestyle

La manicurista de la alfombra roja
Reportajes Especiales - Lifestyle



