
El ayatolá Alí Jamení, quien en más de tres décadas como líder supremo de Irán convirtió a la República Islámica en una potencia regional, aplastando brutalmente a la disidencia en su país y manteniendo una inquebrantable hostilidad hacia Estados Unidos e Israel, murió el sábado durante los ataques militares estadounidenses e israelíes contra su país. Tenía 86 años.
El presidente Donald Trump anunció la muerte en su plataforma de redes sociales Truth Social: "Jamení, una de las personas más malvadas de la Historia, ha muerto". Los medios de comunicación estatales iraníes confirmaron posteriormente su muerte.
La muerte de Jamení se produjo en medio de un amplio ataque contra Irán por parte de Estados Unidos e Israel el sábado. Trump llevaba semanas desplegando fuerzas militares estadounidenses en Medio Oriente y amenazando con atacar a Irán si no accedía a sus exigencias, que incluían poner fin a su programa nuclear y aceptar restricciones a sus misiles balísticos. Después de que inició el ataque, Trump animó a los iraníes a tomar las riendas de su gobierno.
Como segundo dirigente de la República Islámica, Jamení cimentó y amplió sus políticas islamistas de línea dura y antioccidentales, y con ello dio forma a la revolución islámica de la nación mucho más que su fundador, el ayatolá Ruhollah Jomeini, quien se mantuvo en el poder solo una década, la mayor parte de ella durante una devastadora guerra con Irak.
En su país, Jamení gobernó con mano de hierro: bloqueó los intentos de reformas moderadas, tachó de "sedición" orquestada por Occidente las exigencias públicas de cambio y aplastó la disidencia con detenciones y ejecuciones. Amplió enormemente una fuerza militar leal, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, cuya ala de inteligencia sirvió como poderosa herramienta de represión.
En el extranjero, entrenó y proporcionó armas a milicias aliadas en Gaza, Irak, Líbano y Yemen, con lo que amplió la influencia de Irán para amenazar a Israel y desafiar a Arabia Saudita por el dominio regional.
Su visión del mundo estaba marcada por la animadversión hacia Estados Unidos, al que llamaba "el gran Satán", e Israel, al que describía como "un tumor canceroso que debe ser extirpado", aunque en su mayor parte evitaba la confrontación militar abierta con ambos.
Tal era su rencor hacia Estados Unidos y sus aliados que Teherán suministró a Rusia drones suicidas para atacar ciudades de Ucrania tras la invasión de ese país por parte de Moscú en 2022. Después de que el grupo militante palestino Hamás dirigiera un ataque devastador contra Israel en octubre de 2023, ofreció su apoyo incondicional a los militantes anti-Israel en las guerras resultantes en Gaza y Líbano.
Pero el programa nuclear iraní, unido a la encendida retórica del ayatolá hacia Occidente, provocó una serie de sanciones económicas internacionales paralizantes y convirtió a Irán en un paria internacional. También produjo una campaña encubierta, dirigida por Israel, de sabotaje y asesinatos selectivos destinada a impedir que Irán desarrollara armas nucleares. Esta campaña culminó con los ataques israelíes en todo Irán en junio de 2025, que mataron a importantes líderes militares y científicos y dañaron instalaciones nucleares, y con el ataque conjunto estadounidense-israelí ocho meses después.
Jamení insistió vehementemente en lo que dijo que era el derecho soberano de Irán a perseguir sus propios intereses en el enriquecimiento de combustible nuclear, el desarrollo de misiles y la diplomacia regional.
"¿Debe la nación iraní mendigar el derecho de explotación de la energía nuclear a las potencias mundiales bravuconas hasta que acepten que la nación tiene derecho nuclear?", preguntó en 2007. "No", respondió. "Este no es el camino de una nación libre e independiente".
Presidió un Estado que encarcelaba a críticos y periodistas y aplicaba restricciones draconianas a las mujeres. Al final de la vida de Jamení, muchos iraníes lo consideraban el dictador de un régimen corrupto y represivo, cuyas políticas habían matado a miles de iraníes y obligado a otros muchos a exiliarse.
Durante la última década, a medida que aumentaba la frecuencia de las protestas antigubernamentales, Jamení recurrió a tácticas cada vez más brutales. En enero de 2026, ordenó a las fuerzas de seguridad que abrieran fuego contra manifestantes que, en un principio, habían salido a la calle pacíficamente por cuestiones económicas.
El gobierno dijo que habían muerto más de 3100 personas, mientras que organizaciones de derechos humanos estimaron el número de muertos en más de 6000. Jamení culpó a "enemigos" extranjeros de provocar el derramamiento de sangre.
Trump amenazó con bombardear Irán para detener la matanza de manifestantes y envió una "armada" naval, lo que aparentemente indujo a Irán a aplazar la ejecución de los detenidos acusados por manifestarse. El ayatolá advirtió que iniciaría una guerra regional si Estados Unidos atacaba, lo que provocó una oleada de diplomacia internacional y conversaciones directas entre altos funcionarios estadounidenses e iraníes.
Pero el sábado, Estados Unidos e Israel atacaron decenas de lugares de todo el país en un golpe que Trump dijo que eliminaría el programa nuclear iraní y cambiaría su gobierno.
La frustración con el gobierno del ayatolá también había estallado en 2022, cuando comenzaron las protestas porla muerte bajo custodia de Mahsa Amini, una mujer de 22 años a quien se había acusado de violar una ley que obligaba a las mujeres a llevar pañuelos en la cabeza. En una notable muestra de valentía, las mujeres marcharon por todo el país, coreando "Mujeres, vida, libertad" y quitándose los pañuelos en público.
Las protestas se convirtieron en un levantamiento nacional que exigía el fin del régimen clerical y la destitución de Jamení.
Las autoridades tomaron medidas represivas, mataron a centenares de manifestantes, detuvieron a miles y condenaron a muerte a decenas de personas. Las protestas continuaron durante meses, pero finalmente se extinguieron.
Los partidarios de Jamení le atribuyeron el mérito de navegar con astucia el complejo panorama político iraní y de disuadir con determinación las amenazas y presiones internacionales.
A pesar de su profunda desconfianza hacia Occidente, en 2015 aceptó un acuerdo nuclear histórico que restringía el derecho de Irán a enriquecer uranio a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales. Sin embargo, su desconfianza se vio justificada tres años después, cuando Trump se retiró del acuerdo, con lo que se restablecieron las sanciones previas y se añadieron otras nuevas.
En 2025, Trump intentó alcanzar un nuevo acuerdo nuclear con Irán, y Jamení permitió que los negociadores iraníes participaran, al tiempo que insistía en que Irán no renunciaría a su derecho a enriquecer uranio.
Esas conversaciones se vieron interrumpidas por los ataques israelíes de junio, que dañaron instalaciones nucleares y mataron a funcionarios vinculados al programa nuclear.
A su muerte, Jamení era el jefe de Estado que más tiempo llevaba en el cargo en Medio Oriente y uno de los gobernantes modernos de Irán con más años de servicio, con un mandato que enemistó a seis presidentes estadounidenses, desde George H.W. Bush hasta Trump.
"Es uno de los dirigentes más importantes y trascendentales de Irán en la época moderna", dijo Vali Nasr, profesor de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins. "Fue realmente bajo su mandato que tomó forma la República Islámica. Jomeini dirigió una revolución. Jamení dirigió un Estado".
Convertirse en líder supremo
En cierto modo, Jamení fue un líder accidental, ya que asumió la presidencia en 1981 después de que asesinaron al gobernante en ejercicio. Su ascenso a líder supremo tampoco se daba por sentado. Era un devoto revolucionario y protegido de Jomeini, pero carecía de las credenciales religiosas exigidas por la Constitución iraní para ocupar el máximo cargo.
Pero tras la muerte de Jomeini en 1989, surgió como candidato de consenso. Para cumplir los requisitos legales, fue designado ayatolá de la noche a la mañana, y se modificó la Constitución para eliminar el mandato de que el líder supremo debía tener el rango más alto en la jerarquía chií.
Jamení heredó un país aislado regionalmente, con un ejército agotado y una economía devastada por la guerra. Aunque carecía del carisma y la mística de su predecesor, actuó con rapidez para ampliar su poder y reconstruir la influencia iraní.
En términos de fuerza bruta, su posición se vio apuntalada por la Guardia Revolucionaria, una fuerza militar paralela cuyo poder militar, político y económico amplió y que, a cambio, le ofreció una lealtad duradera.
Su autoridad se vio reforzada por una extensa red de personas designadas, informadores, comisarios y múltiples niveles de fuerzas de seguridad, incluida la Policía de la Moral y una milicia sin uniformes conocida como Basij.
Su turbante negro reflejaba su presunción de descendencia directa del profeta Mahoma. Y que un consejo de clérigos lo hubiera nombrado representante terrenal del Imam Mahdi, una figura mesiánica, le confería autoridad divina. La mera acusación de estar "en contra" de su gobierno divino exponía a las personas a la pena de muerte.
Con sus gafas, su kufiya palestina, su larga túnica y su barba plateada, Jamení se presentaba como un erudito religioso, así como un escritor y traductor de obras sobre el islam. Adoptó una actitud distante bondadosa y magnánima, y dirigió el país desde una posición por encima de las disputas políticas cotidianas.
Esa fachada de supuesta neutralidad se resquebrajó después de que el presidente conservador de línea dura, Mahmud Ahmadineyad, obtuviera un segundo mandato en unas elecciones de 2009 ampliamente consideradas amañadas. El ayatolá respaldó la victoria viciada y la brutal represión de cientos de miles de manifestantes que ocurrió después, lo que dañó su prestigio entre muchos iraníes, sobre todo entre la clase media urbana con estudios.
El levantamiento de 2009, conocido como el Movimiento Verde, no fue ni el primero ni el último en desafiar a la autoridad clerical. Volvieron a estallar protestas masivas en 2017, 2019 y 2022. En todas las ocasiones, el gobierno respondió con medidas represivas violentas y el ayatolá elogió a las fuerzas de seguridad por aplastar los disturbios.
También empezó a inmiscuirse más directamente en los asuntos del gobierno en discursos televisados, en los que dictaba el enfoque, si no los detalles, de las principales políticas.
En las elecciones de 2021, ya no se preocupó de mantener la apariencia de una contienda justa, pues permitió que el máximo órgano clerical iraní, el Consejo de Guardianes, descalificara a cualquier candidato que planteara un verdadero desafío para su protegido conservador, Ebrahim Raisi, quien ganó ampliamente.
En julio de 2024, su régimen pareció sorprendido por la inesperada victoria presidencial de Masoud Pezeshkian, un reformista que dijo que pretendía hacer de Irán un país más próspero, abierto socialmente y comprometido con Occidente. Los expertos cuestionaron el margen de maniobra que se daría al nuevo presidente, pero Jamení ofreció su respaldo.
Al mismo tiempo, explotó hábilmente la inestabilidad política de Medio Oriente para ampliar el alcance de Irán al construir un denominado eje de resistencia desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, que pretendía amenazar a Israel y rivalizar con las potencias musulmanas suníes del mundo árabe.
"Para muchos chiíes fuera de Irán, llegó a simbolizar el poder del mayor país chií, y la República Islámica en sus mentes se resumía en gran parte en Jamení", dijo Nasr, profesor de la Johns Hopkins.
La invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003 proporcionó a Jamení la oportunidad de ejercer su influencia en el extranjero. La guerra derrocó a un dictador suní, Sadam Huseín, quien gobernaba un país de mayoría chií. Irán desarrolló y armó a las milicias chiíes y respaldó a los partidos políticos chiíes, lo que dio a Irán una influencia significativa en la política iraquí.
Las empresas militares extranjeras no solo proporcionaron a Irán un paso libre por la región --para enviar piezas de misiles a su aliado Hizbulá en Líbano, por ejemplo--, sino que también le dejaron una fuerza de combate sectaria a su disposición.
En 2014, después de que el Estado Islámico, un grupo yihadista suní, capturó una amplia franja de Irak, las milicias respaldadas por Irán ayudaron a derrotar al grupo terrorista, lo que colocó paradójicamente a Teherán y a Washington en el mismo bando contra un adversario común.
Cuando estallaron las revueltas de la Primavera Árabe en 2011, el ayatolá envió milicias a Siria para apoyar al presidente Bashar al Asad contra los rebeldes respaldados por Occidente y los yihadistas suníes. Pero al final fracasaron, y los rebeldes que derrocaron a Al Asad a finales de 2024 juraron mantener a Irán fuera de su país.
Estos aliados regionales planteaban riesgos para Irán. Cuando Hamás dirigió su ataque sorpresa contra Israel en octubre de 2023, en el que murieron 1200 personas y otras 250 fueron llevadas a Gaza como rehenes, lo elogió como "un golpe decisivo al régimen sionista".
Israel se enfrentó a Hamás en una guerra que devastó Gaza, atrajo a Hizbulá a Líbano y provocó asesinatos israelíes de altos cargos de ambos grupos, incluido uno dentro de Irán.
Dos veces en 2024, en abril y octubre, Irán disparó andanadas de drones y misiles contra Israel, pero la mayoría fueron derribados e hicieron poco daño. Ese mismo año, una campaña de bombardeos israelíes degradó gravemente las capacidades militares de Hizbulá y mató a decenas de sus dirigentes, lo que puso fin a su carrera como extensión regional del poder iraní.
Oposición a Occidente
Las relaciones de la República Islámica con Estados Unidos han sido polémicas desde que los revolucionarios iraníes tomaron como rehenes a diplomáticos estadounidenses en la embajada de Estados Unidos en 1979, suceso que Jamení elogió posteriormente como "un servicio grandioso y de valor que se prestó a nuestra revolución".
Dijo que consideraba a Estados Unidos un enemigo "vengativo y malévolo".
Estados Unidos y otros críticos tacharon a Teherán de patrocinador del terrorismo y de amenaza para el orden regional, con un historial de torturas, encarcelamiento de adversarios y persecución de minorías.
El programa de enriquecimiento nuclear de Irán, que las agencias de inteligencia estadounidenses e israelíes dijeron que estaba destinado a crear armas nucleares, se convirtió en el asunto más urgente de la disputa.
Los dirigentes iraníes insistieron en que el programa --realizado en secreto hasta que se reveló su existencia en 2002-- tenía fines pacíficos. Además, dijeron, no tenían ningún interés en las armas nucleares, que fueron prohibidas por el ayatolá en un edicto religioso de 2003.
Sin embargo, analistas occidentales e israelíes dijeron que Irán estaba avanzando hacia la capacidad de fabricar armas nucleares, lo que reducía el denominado tiempo de ruptura que tardaría en crear una bomba.
En busca de una solución diplomática en 2009, el presidente Barack Obama escribió dos cartas al líder iraní, que finalmente desembocaron en la sorprendente escena de diplomáticos iraníes y estadounidenses en la misma mesa de negociaciones.
Jamení expresó su apoyo a regañadientes al acuerdo alcanzado en 2015, aunque subrayó que no cambiaba la hostilidad de Irán hacia Estados Unidos e Israel.
En 2018, Trump se retiró unilateralmente del acuerdo, volvió a imponer las sanciones estadounidenses contra Irán y añadió otras nuevas en una campaña denominada de "máxima presión".
Como respuesta, Irán reanudó el enriquecimiento nuclear. En pocos años, Irán había cruzado el umbral de ser un Estado con capacidad nuclear, con suficiente uranio enriquecido para fabricar al menos una cabeza nuclear si así lo decidía.
Las tensiones entre ambos países alcanzaron su punto álgido en enero de 2020, cuando fuerzas estadounidenses dieron muerte al comandante de la Guardia Revolucionaria, el general de división Qassim Suleimani, en un ataque con drones en Bagdad, suceso que llevó a las dos naciones al borde de la guerra.
Cinco días después, Jamení ordenó un ataque con misiles balísticos contra soldados estadounidenses en Irak. Ningún estadounidense murió, pero más de 100 soldados sufrieron lesiones cerebrales traumáticas.
Ambos países se retiraron después de eso, con lo que evitaron un conflicto mayor, pero la tensión provocó un nuevo desastre.
Con Irán en alerta máxima ante un posible contraataque estadounidense, un oficial de la Guardia Revolucionaria derribó lo que resultó ser un avión de pasajeros de Ukrainian Airlines cerca del aeropuerto internacional de Teherán. Murieron los 176 pasajeros, entre ellos algunos de los mejores y más brillantes de Irán.
El ayatolá supo inmediatamente lo que había ocurrido. Pero durante tres días, el gobierno negó que el avión hubiera sido derribado y desestimó la acusación como un complot occidental para desacreditar al país, hasta que las crecientes pruebas hicieron insostenible la mentira.
El honor personal es una virtud sagrada en la cultura iraní. Para muchos iraníes, el del ayatolá había sufrido un daño permanente.
Un origen modesto
Sayyid Alí Jamení nació en circunstancias modestas como el segundo de ocho hijos el 19 de abril de 1939 en Mashhad, al noreste de Irán, la segunda ciudad más grande del país.
Su padre, Sayyid Jawad Jamení, era un clérigo de rango medio a quien se consideraba asceta y devoto. Su madre, Khadijeh Mirdamadi, también procedía de una familia clerical. En su autobiografía oficial, el ayatolá Jamení la describió como una "mujer muy sabia, culta y versada, que gozaba de dotes poéticas y artísticas".
Desde los 4 años, recibió educación en seminarios islámicos. A los 13 años, dijo, sintió los primeros impulsos de celo revolucionario cuando escuchó un discurso del militante islámico Navab Safavi. Tras un año de estudios en Nayaf, Irak, regresó a Irán y a la ciudad santa de Qum, donde a los 19 años cayó bajo la influencia de Jomeini.
También lo influenciaron los escritos de Sayyid Qutb, ideólogo fundamentalista egipcio y partidario del Estado islámico, algunas de cuyas obras tradujo Jamení del árabe al persa.
En 1963, una época de gran efervescencia por los esfuerzos del sah por modernizar Irán, el joven Jamení sirvió como mensajero secreto entre Jomeini en Qum y los clérigos en Mashhad. Ese mismo año, fue detenido por primera vez (sería detenido en otras cinco ocasiones) por la policía secreta del sah y pasó una noche en la cárcel.
Un año después se casó con Khojasteh Bagherzadeh. Aunque se sabe poco de ella, la pareja tuvo seis hijos: cuatro varones, Massoud, Mojtaba, Mostafa y Meysam, y dos hijas, Bushra y Hoda. No se dispuso de inmediato de una lista completa de quienes le sobrevivieron.
Jamení sacó mucho partido de sus seis detenciones, como una prueba de sus credenciales revolucionarias, y culminaron a mediados de la década de 1970, cuando estuvo recluido en régimen de aislamiento antes de ser desterrado, primero a Iranshahr y luego a Jiroft, ambas en el sureste de Irán.
Durante muchos de estos años, Jomeini estuvo exiliado de Irán, hasta su triunfal regreso a casa tras la huida del sah a principios de 1979, en medio de un levantamiento contra el largo y represivo gobierno del monarca.
Jomeini declaró a Irán república islámica y designó a Jamení para dirigir las oraciones del viernes en Teherán, uno de los principales puntos de encuentro de la revolución. Jamení también fue brevemente viceministro de Defensa y supervisor de la Guardia Revolucionaria.
En noviembre de 1979, después de que Estados Unidos admitiera al sah exiliado para recibir tratamiento contra el cáncer, estudiantes revolucionarios tomaron la embajada estadounidense, y así se desencadenó una crisis de 444 días con rehenes.
En junio de 1981, Jamení resultó gravemente herido al estallar en una conferencia de prensa una bomba oculta en una grabadora por opositores al régimen clerical, que le dejó el brazo derecho incapacitado.
La elección de Jomeini
Con el respaldo de Jomeini, Jamení se convirtió en presidente en octubre de 1981 y ocupó el cargo durante dos mandatos, hasta el 3 de agosto de 1989.
En la pugna por suceder a Jomeini tras su muerte en 1989, las credenciales clericales de Jamení no cumplían los requisitos constitucionales. Pero, según relatos de la época, el presidente del Parlamento, Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, y el hijo de Jomeini, Ahmad, mantuvieron que el último deseo de Jomeini había sido que Jamení le sucediera.
Esa bendición triunfó y Jamení fue elevado a ayatolá y líder supremo. Como líder, adoptó una postura humilde, y se llamó a sí mismo "un individuo con muchos defectos y carencias, y verdaderamente un seminarista menor".
Parecía vivir modestamente en un complejo de oficinas y vivienda, donde se reunía con jefes de Estado en una sala escasamente amueblada con una alfombra beige, un sofá y unas cuantas sillas de madera. Las pocas fotos de su residencia privada muestran cojines alineados contra la pared en el suelo.
Muchos detalles de su vida privada y sus finanzas siguen siendo opacos. En 2013, Reuters informó que controlaba un conglomerado empresarial de propiedad estatal valorado en unos 95.000 millones de dólares, creado a partir de "la incautación sistemática de miles de propiedades pertenecientes a iraníes de a pie". Aunque el negocio le proporcionó un enorme poder económico, Reuters no encontró pruebas de que el ayatolá lo utilizara para enriquecerse.
Jamení no tuvo reparos en adoptar posturas que eran anatemas en otros lugares.
Rechazó el Holocausto como "el mito de la masacre de judíos". En 2005, confirmó el mandato religioso emitido por su predecesor que instaba a las personas musulmanas a acabar con la vida del novelista Salman Rushdie por acusaciones de que su libro Los versos satánicos era blasfemo. En agosto de 2022, un hombre de 24 años de Nueva Jersey atacó a Rushdie con un cuchillo y lo apuñaló 10 veces.
Los medios estatales iraníes lo calificaron de "castigo divino".
La obstinación de Jamení a veces perjudicó a los iraníes, como durante la pandemia de la covid. Además de una planificación caótica, falta de transparencia y negativa a imponer cuarentenas, el ayatolá prohibió las vacunas contra el coronavirus fabricadas en Estados Unidos y el Reino Unido, e insistió en que Irán produjera las suyas propias.
Esa decisión probablemente contribuyó a una cifra de víctimas mortales que superó las 100.000.
"Era arrogante, letrado, obstinado, vengativo, incapaz de aceptar los errores, poco dispuesto a hacer concesiones y dado a las teorías conspirativas", dijo Abbas Milani, historiador y director de estudios iraníes en la Universidad de Stanford. "Estaba constantemente en guerra con enemigos reales e imaginarios. Sus políticas condujeron a Irán al aislamiento internacional y a un despotismo esclerótico en el interior".
Tras más de 35 años en el poder, Jamení había modelado la República Islámica a su imagen y semejanza.
Neil MacFarquhar colaboró con reportería.
Alan Cowell radica en Londres y es colaborador independiente desde 2015, cuando concluyó una larga carrera como corresponsal del Times en África, Medio Oriente y Europa.
Farnaz Fassihi es la jefa del buró del Times para las Naciones Unidas y dirige la cobertura sobre la organización. También cubre temas iraníes y ha escrito sobre el conflicto en Medio Oriente desde hace 15 años.
Neil MacFarquhar colaboró con reportería.
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