(The New York Times)
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Debido a los miles de incendios provocados de manera intencional que en estas últimas semanas se extienden por su enorme territorio, el bosque tropical de la Amazonia brasileña se ha convertido en un verdadero caos de humo: las carreteras y los aeropuertos están envueltos en una espesa neblina. Los gobiernos locales declaran situaciones de emergencia y aconsejan a la gente que permanezca en interiores. Muchas personas con tos y esputo tienen los pulmones congestionados debido a las partículas de polvo irritantes.

Para casi todas las personas que viven y trabajan en la Amazonia —así como para los ambientalistas de todo el mundo— los incendios son un desastre absoluto que no solo plantean amenazas inmediatas para la salud, sino que también devastan enormes zonas de un bosque que tiene una participación fundamental en la absorción del dióxido de carbono y en el proceso que evita el aumento de la temperatura del planeta.

No obstante, para algunos pocos privilegiados, el humo huele a dinero: muchos de estos incendios fueron provocados por propietarios de ranchos, un poderoso sector de la economía brasileña, con el fin de despejar zonas que serán usadas para el pastoreo de sus enormes rebaños de reses.

En Brasil se crían alrededor de 200 millones de cabezas de ganado y, según la Yale School of Forestry, cerca de 45 millones de hectáreas de bosque se han convertido en pastizales en las últimas décadas.

Los expertos culpan a la cría de ganado por hasta el 80 por ciento de la deforestación de la Amazonia en los últimos años, lo cual ha originado campañas internacionales de protección al medioambiente que presionan a las empacadoras de carne para que dejen de comprar reses de los ganaderos que participaron en esos incendios.

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Los incendios son una forma rápida pero ilegal de transformar las densas junglas en campos adecuados para pastar. Las limitaciones en la aplicación de la ley —y las multas que, si acaso se imponen, rara vez se pagan— hace que el riesgo-beneficio de provocar un incendio sea fácil de pagar para los propietarios de grandes ranchos, quienes por lo general viven en ciudades que están a cientos de kilómetros del humo.

Es poco probable que los dueños de extensiones más pequeñas que viven en sus granjas participen en nuevos incendios a gran escala.

Lenaldo Batista Oliveira, de 63 años, propietario de un pequeño rancho en el estado de Pará, comentó que, a lo largo de los años, ha visto muchos incendios desde la terraza de la cocina de su cabaña de madera cuando se toma un descanso del trabajo con sus cien cabezas de ganado. Pero afirmó que cada vez está más preocupado por la cantidad de incendios que ve.

“Creen que pueden incendiar todo lo que quieran”, se quejó de sus influyentes vecinos que tienen propiedades más grandes.

Las opiniones sobre los incendios de los vaqueros y los peones que trabajan la tierra por salarios miserables son contrastantes: algunos se oponen terminantemente a esta práctica y otros la consideran un mal necesario para conservar su empleo.

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“Despertamos sin poder respirar bien”, comentó Roberto Carlos da Silva, un trabajador de 48 años de un rancho muy bien cuidado llamado Fazenda Nossa Senhora en el estado de Pará. “Proporcionar más tierra para el ganado solo beneficia a los ricos. Los pobres nada más sufren por tener que soportar el humo mientras tienen que trabajar mucho extinguiendo los incendios”.

A un kilómetro de distancia se propagaba un incendio por una extensión de tierra. Los trabajadores de la Fazenda Nossa Senhora insistían en que el fuego se había dispersado desde otro rancho.

Miguel Pereira, un peón de 52 años, mencionó que tampoco le gustaba el humo de esos incendios, pero tenía una opinión diferente a la de su compañero Da Silva.

“Si solo protegemos el medioambiente, entonces los granjeros no podrán hacer frente a sus gastos”, afirmó, mientras las guacamayas azules alborotaban aleteando alrededor de algunos árboles que ofrecían su sombra. “Si no podemos deforestar un poco, no hay manera de criar más ganado. Necesitamos generar una situación que sea buena para ambas partes”.

Existen normativas del gobierno que vigilan y regulan la deforestación de los ganaderos y de otras personas pero, en el mejor de los casos, están administradas de manera poco sistemática, y los intentos de aplicarlas se diluyen por la vastedad y la lejanía de la Amazonia.

La vigilancia de la Amazonia ha dejado de ser una prioridad desde el mes de enero cuando tomó posesión el presidente Jair Bolsonaro, un populista de derecha que ha privilegiado el desarrollo económico antes que los intereses del medioambiente. Muchos ganaderos y agricultores han considerado que esta postura es un permiso para incendiar más bosques.

Eso no quiere decir que no haya consecuencias para los ganaderos que provocan estos incendios. Las empacadoras más importantes de Brasil se han comprometido a no comprar ganado directamente de las granjas que usan la tierra deforestada de manera ilegal.

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Sin embargo, existe un gran vacío alrededor de esta promesa: el ganado con frecuencia se “lava” en la cadena de suministro; por lo general nace en una granja donde hubo una deforestación ilegal y se engorda en otro rancho recién creado por un incendio antes de venderlo a un rancho final que sí cumple con la ley brasileña y las convenciones internacionales relacionadas con el medioambiente.

Los propietarios de los ranchos que, según ellos, no incendian el bosque nuevo sienten que les están robando sus ganancias y que se ven limitados por la normatividad contra la deforestación.

“Estoy perdiendo dinero porque no me dejan quitar más árboles”, señaló Valdemar Gamba, cuya familia es la propietaria de la Fazenda Gramado II, un rancho de 150 hectáreas con 200 cabezas de ganado. “Hablan mucho de conservar la Amazonia, pero nunca he visto que un productor gane dinero con esa conservación”.

Sin importar cuál sea su postura ante el cambio climático y la conservación, los ganaderos están sintiendo los efectos del calentamiento del planeta, y les preocupa la forma en que tantos incendios dificultan su vida y la de sus animales.

“Vivimos de los árboles y el clima se está calentando porque hay menos árboles”, comentó Luis Rodríguez, un ganadero de 53 años que tiene 350 cabezas de ganado en el rancho Fazenda Universal en el estado de Pará. “Incluso las reses están sufriendo porque cada vez hay más sequías”.

c. 2019 The New York Times Company