La representante Alexandria Ocasio-Cortez y el senador Edward Markey, a la derecha, presentaron el Green New Deal en el Capitolio en febrero (Pete Marovich / The New York Times)
La representante Alexandria Ocasio-Cortez y el senador Edward Markey, a la derecha, presentaron el Green New Deal en el Capitolio en febrero (Pete Marovich / The New York Times)

TENEMOS LAS HERRAMIENTAS. AHORA ESTAMOS CREANDO EL PODER POLÍTICO.

Las cosas toman más tiempo en ocurrir de lo que creemos que lo harán, pero luego pasan mucho más rápido de lo que pensábamos que podían hacerlo.

Los impactos destructivos de la crisis climática ahora están siguiendo la trayectoria de esa máxima de la economía a medida que los horrores pronosticados por los científicos desde hace tiempo se están convirtiendo en realidades.

Se están formando huracanes de categoría 5 más destructivos, arden incendios monstruosos en todos los continentes, a excepción de la Antártida, donde el hielo se está derritiendo en grandes cantidades al igual que en Groenlandia y el aumento acelerado del nivel del mar amenaza ahora a ciudades que se encuentran en zonas bajas, así como a naciones insulares.

Las enfermedades de los trópicos se están extendiendo a latitudes más altas. Las ciudades enfrentan la escasez de agua potable. El océano se está calentando y volviendo cada vez más ácido , por lo que está destruyendo los arrecifes de coral y poniendo en peligro las poblaciones de peces que proporcionan la proteína vital que consumen alrededor de mil millones de personas.

El empeoramiento de las sequías y los diluvios bíblicos están reduciendo la producción de alimentos y desplazando a millones de personas. Las temperaturas elevadas históricas amenazan con provocar que las zonas del Medio Oriente y el golfo Pérsico, África del Norte y el Sudeste Asiático sean inhabitables. Las migraciones en aumento de refugiados climáticos están desestabilizando a las naciones. Una sexta gran extinción podría acabar con la mitad de las especies que viven en la tierra.

Por fin, la gente está reconociendo que el clima está cambiando y las consecuencias se agravan mucho más rápido de lo que la mayoría creía posible. Una cifra histórica del 72 por ciento de los estadounidenses encuestados dijo que el tiempo es cada vez más extremo. No obstante, todos los días seguimos emitiendo más de 140 millones de toneladas de contaminación de calentamiento global en todo el mundo hacia la atmósfera que rodea la Tierra, de acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. A menudo, cito la observación del climatólogo James Hansen: la acumulación de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero —algunos de los cuales envolverán el planeta durante cientos y posiblemente miles de años— ahora está atrapando tanta energía adicional diaria como la que liberarían 500.000 bombas atómicas como las de Hiroshima cada 24 horas.

De esa magnitud es la crisis a la que nos enfrentamos.

Ahora, necesitamos preguntarnos: ¿somos realmente incapaces y reacios a responder a la amenaza más grave que enfrenta la civilización? ¿Acaso es momento, como algunos han comenzado a aconsejar, de perder las esperanzas, rendirse y centrarse en “adaptarse” a la pérdida progresiva de las condiciones que han sustentado el florecimiento de la humanidad? ¿De verdad somos cobardes morales, fácilmente manipulados hasta llegar a una complacencia letárgica inducida por el enorme esfuerzo continuado para engañarnos a fin de hacer caso omiso de lo que vemos con nuestros propios ojos?

Es inevitable que haya más daño y pérdidas, sin importar qué hagamos, porque el dióxido de carbono permanece durante mucho tiempo en la atmósfera. Así que tendremos que hacer nuestro mejor esfuerzo para adaptarnos a los cambios desagradables. No obstante, todavía conservamos la capacidad de evitar consecuencias verdaderamente catastróficas que acabarían con la civilización, si actuamos rápidamente.

Este es el desafío de vida o muerte de nuestra generación. Es Termópilas, Azincourt, Trafalgar, Lexington y Concord, Dunkerque, Pearl Harbor, la batalla de las Ardenas, la de Midway y el 11 de septiembre. En tales momentos de crisis, Estados Unidos y el mundo han de movilizarse, pero antes de que eso suceda, tenemos que encontrar la inspiración para creer que podemos ganar esta batalla. ¿Realmente es mucho pedir ahora que los políticos hagan acopio de valor para hacer lo que la mayoría de ellos ya sabe que es necesario?

Tenemos la tecnología que necesitamos. Esta máxima económica sobre los fenómenos lentos-rápidos, articulada por primera vez por el economista del MIT Rudiger Dornbusch y conocida como la ley de Dornbusch, también explica el tsunami del cambio tecnológico y económico que nos ha dado herramientas para reducir de manera importante la contaminación que produce el calentamiento global mucho más rápido de lo que pensábamos que era posible hace apenas poco tiempo. Por ejemplo, de acuerdo con el grupo de investigación de Bloomberg New Energy Finance, ya para 2014 —un año antes de que se firmara el Acuerdo de París— la electricidad generada a partir de energía solar y eólica era más barata que las nuevas plantas de carbón y de gas quizá en el uno por ciento del mundo. Hoy en día, tan solo cinco años después, la energía solar y eólica proporcionan las fuentes más baratas de nueva electricidad en dos terceras partes del mundo. Dentro de cinco años, se espera que estas fuentes proporcionen la nueva electricidad más barata en todo el mundo. Y en 10 años, en casi todas partes, la electricidad solar y eólica será más barata que la electricidad que podrán producir las plantas existentes de combustibles fósiles.

Esta transición ya se está desarrollando en las economías más grandes. Tengamos en cuenta los avances alcanzados por los cuatro principales emisores de gases de efecto invernadero en el mundo. El año pasado, la energía solar y eólica representó el 88 por ciento de la nueva capacidad eléctrica instalada en las 28 naciones de la Unión Europea, el 65 por ciento en India, el 53 por ciento en China y el 49 por ciento en Estados Unidos.

Este año, varias empresas públicas de servicios estadounidenses han anunciado planes para cerrar las plantas generadoras de gas natural y carbón existentes —algunas de las cuales tienen décadas de vida útil restante— a fin de remplazar su producción con electricidad más barata mediante parques eólicos y solares conectados a almacenamientos de batería cada vez más baratos. Como el director ejecutivo de Northern Indiana Public Service Company anunció recientemente: “La sorpresa fue la forma drástica en la que las energías renovables y las propuestas de almacenamiento le ganaron al gas natural”. Y añadió: “No podría haber predicho esto hace cinco años”.

Hoy en día, la ocupación de más rápido crecimiento en Estados Unidos es ser instalador de paneles solares, según la Oficina de Estadísticas Laborales y esta ocupación ha superado el crecimiento del empleo promedio seis veces en los últimos cinco años. El segundo empleo con el mayor crecimiento: técnico de mantenimiento de aerogeneradores.

En Australia, se dice que un empresario de alta tecnología, Mike Cannon-Brookes, está planeando vender electricidad renovable generada en los territorios del norte a las ciudades del sur de Asia mediante un cable submarino de larga distancia. A nivel mundial, cerca de 200 de las empresas más grandes del mundo han anunciado compromisos para utilizar energía cien por ciento renovable y varios ya han alcanzado ese objetivo. Cada vez más ciudades, estados y provincias se comprometen a hacer lo mismo.

El número de vehículos eléctricos que ya están en circulación ha aumentado en un 450 por ciento en los últimos cuatro años y varios fabricantes de automóviles están dejando de invertir en investigación y desarrollo para vehículos de combustión interna, porque esperan que la curva de reducción de costos para los vehículos eléctricos disminuya pronto el costo del vehículo muy por debajo de los modelos equiparables de gasolina y diésel. Más de la mitad de todos los autobuses en el mundo serán eléctricos en los próximos cinco años, la mayoría en China, de acuerdo con algunos expertos en el mercado. Al menos dieciséis naciones han establecido objetivos para eliminar los vehículos de motor de combustión interna.

En términos más generales, la evidencia indica ahora que estamos en las primeras etapas de una revolución de sustentabilidad que tendrá la magnitud de la Revolución Industrial y la velocidad de la Revolución Digital, lo cual será posible gracias a las nuevas herramientas digitales. Como ejemplo, Google ha reducido la cantidad de electricidad requerida para enfriar sus enormes granjas de servidores en un 40 por ciento mediante el uso de inteligencia artificial avanzada. No requirió nuevo hardware. Cada vez más empresas están en busca de alternativas sustentables a los métodos existentes de producción industrial.

También está en curso una revolución de agricultura regenerativa, encabezada por los agricultores, que evita el arado y se centra en fomentar la salud del suelo mediante el aislamiento del dióxido de carbono en la tierra, lo cual la hace más fértil. Los agricultores están recurriendo al pastoreo de rotación y plantando árboles y diversos cultivos de cobertura para enriquecer el suelo y evitar la erosión.

Y hasta ahora, la mejor tecnología disponible para extraer el dióxido de carbono del aire es una herramienta llamada árbol. Por ello, muchas naciones están emprendiendo esfuerzos ambiciosos para plantar árboles. Recientemente, Etiopía plantó 353 millones de árboles en doce horas, casi el doble de la meta de 200 millones. Los científicos calculan que tenemos suficiente tierra disponible a nivel mundial para plantar entre un billón y uno y medio billones de árboles. Para proteger nuestros bosques, vastos pero cada vez más escasos, ahora nuevos satélites y herramientas digitales pueden monitorear la deforestación casi árbol por árbol, así las empresas sabrán si los productos que compran fueron cultivados en bosques deforestados o quemados.

A pesar de todas estas promesas, he aquí otra verdad cruda: todos estos esfuerzos juntos no serán suficientes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero si no hay cambios significativos en las políticas públicas. Y en este momento, no tenemos las políticas públicas correctas debido a que los legisladores equivocados son los que están a cargo. Tenemos que poner fin a los descomunales subsidios financiados por los contribuyentes, que fomentan la quema continuada de combustibles fósiles. Es necesario ponerle un precio directo o indirecto a la contaminación de carbono para fomentar el uso de alternativas más baratas y sostenibles que ya están disponibles. Tal vez sea necesario crear también nuevas leyes y normas para fomentar la innovación y obligar a que haya una reducción de emisiones más rápida.

La reconfiguración política que hemos necesitado tan desesperadamente ha tardado demasiado en llegar, pero parece ser que ahora estamos en un punto de inflexión, ese momento en el que el cambio político comienza a desarrollarse más rápidamente de lo que pensábamos que era posible. Es la ley de Dornbusch, aplicada a la política.

La gente, en su verdadera función como poder soberano, está comprendiendo rápidamente la verdad de esta crisis, y son ellos quienes deben actuar, sobre todo porque el presidente no está en condiciones de hablar con la verdad y parece estar mucho más allá del ámbito de la razón.

Esto requerirá un feroz ataque contra la complacencia, la complicidad, la duplicidad y la mendacidad de aquellos en el Congreso que han financiado sus carreras mediante la entrega de sus votos y su juicio a poderosos intereses especiales que están sacrificando al planeta por su avaricia. Para hacer frente a la crisis climática, debemos hacer frente a la crisis de la democracia de manera que las personas mismas puedan recuperar el control de su destino.

Como a menudo ha sido el caso en las revoluciones políticas exitosas, los jóvenes han aceptado el reto con una pasión inspiradora. Greta Thunberg ha sacudido a millones a medida que el movimiento de huelga escolar que inició en Suecia se extendió a muchos países. El Sunrise Movement, Extinction Rebellion (conocida en español como Rebelión contra la Extinción o XR), Hora Cero y otros movimientos encabezados por jóvenes están cobrando impulso día a día. El viernes, cientos de miles de personas de todo el mundo marcharon y se reunieron para convocar a la acción sobre el cambio climático. Los empleados de muchas empresas están exigiendo de manera decidida que sus empleadores tomen medidas para ayudar a salvar el equilibrio climático.

La “ola azul” que les dio el control de la Cámara de Representantes a los demócratas en las elecciones intermedias del año pasado estuvo impulsada en parte por la preocupación por el clima. El Nuevo Pacto Verde, presentado por la representante de Nueva York Alejandría Ocasio-Cortés y el senador de Massachusetts Edward J. Markey vincula las soluciones a la crisis climática con la justicia ambiental y una “transición justa” que creará millones de empleos bien remunerados. Este esfuerzo se ha ganado el apoyo de muchos estadounidenses, al igual que el movimiento de congelamiento nuclear de la década de 1980 atrajo una amplia aprobación y ayudó a allanar el camino para un acuerdo de control de armas entre el presidente Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, el líder de la Unión Soviética.

Prácticamente todos los candidatos presidenciales demócratas de este año están haciendo del clima una prioridad. Muchos han dado a conocer planes impresionantes y detallados que habrían sido impensables hace apenas unos cuantos años. En abril, una encuesta de CNN descubrió que la crisis climática era la principal preocupación de los demócratas que están registrados para votar. Otra encuesta reciente mostró que un histórico 79 por ciento de los adultos estadounidenses y el 86 por ciento de los adolescentes creen, por fin, que la crisis climática es ocasionada por la actividad humana, y, lo que es más importante, también lo cree un 60 por ciento de los republicanos. La desaprobación de los estadounidenses del enfoque que ha dado el presidente Trump a la cuestión climática fue de un 67 por ciento, mayor que en cualquier otro tema.

Los republicanos universitarios en decenas de escuelas han pedido al Comité Nacional Republicano que apoye un impuesto al carbono y han advertido con voz firme al partido que de no hacerlo perderá el apoyo de los electores más jóvenes. Otra encuesta reciente muestra que el 67 por ciento de los votantes republicanos milénials dice que su partido necesita hacer más en relación con el clima.

Las elecciones del año próximo son la prueba crucial del compromiso de la nación para enfrentar esta crisis y vale la pena recordar que en el día después de la elección de 2020, los términos del Acuerdo de París le permitirán a los Estados Unidos retirarse de él. No podemos permitir que eso suceda. La voluntad política es un recurso renovable y debe ser convocada a esta lucha. El pueblo estadounidense es soberano, y tengo la esperanza de que se está preparando para emitir un mandato sobre el clima a los que pretendan representarlo: “Sean líderes, seguidores, o háganse a un lado”.

(Al Gore compartió el premio Nobel de la Paz en 2007 con el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático por su trabajo para frenar el calentamiento global. Es el autor de, entre otros libros, “La verdad incómoda: La crisis planetaria del calentamiento global y cómo afrontarla”).

*Copyright: 2019 The New York Times Company