
En los años setenta, la princesa Grace Kelly llegó a los extremos más impensables para separar a su hija del hombre que consideraba inadecuado: la llevó hasta las remotas islas Galápagos, a miles de kilómetros de cualquier civilización, en un intento desesperado por acabar con el escandaloso romance entre Carolina de Mónaco y Philippe Junot, un banquero parisino con fama de playboy, según reseñó People.
Ella tenía 20, él 36 y una fama que escadalizada incluso a los mas modernos de la realeza europea
El “emperador de la noche” parisina
La alarma en el palacio de Mónaco había comenzado mucho antes. Philippe Junot arrastraba fama de playboy y vida ostentosa, características que inquietaban profundamente al príncipe Rainiero y a la antigua estrella de Hollywood convertida en princesa.

El banquero parisino, descendiente de Jean-Andoche Junot -un general napoleónico cuyo apellido figura grabado en el Arco del Triunfo- se había ganado el título de “emperador de la noche” en los círculos parisinos, donde lucía camisas abiertas que dejaban ver sus cadenas de oro y frecuentaba los locales más exclusivos de la capital francesa.
El romance había florecido en el glamuroso club nocturno Régine’s de Manhattan, un epicentro de celebridades y miembros de la realeza internacional que se convirtió en el escenario del encuentro inicial entre los futuros amantes.
Desde esa primera cita, Junot se instaló como una presencia constante en el universo de Carolina: aparecía en el palacio, acompañaba a la princesa en eventos de alto perfil y hasta ocupó un lugar en el palco real durante un torneo de tenis, un privilegio reservado tradicionalmente para la familia reinante.
La estrategia desesperada que falló
La estrategia de separación familiar siguió una escalada progresiva. Primero, el príncipe Rainiero y Grace Kelly enviaron a Carolina a una gira cultural por Ecuador, pero cuando esta medida resultó insuficiente para enfriar la relación, madre e hija emprendieron el viaje aún más radical hacia las islas Galápagos.

El desplazamiento hacia ese remoto archipiélago ecuatoriano fue interpretado por los medios y el entorno palatino como el último recurso de la expresidenta de Hollywood para alejar a su hija del romance que consideraba inadecuado.
Sin embargo, la distancia geográfica no logró el efecto deseado por la familia real. En un giro que People calificó como decisivo para el destino de la pareja, Junot emprendió un vuelo de más de 1.600 kilómetros para reunirse con Carolina en las Galápagos, donde le declaró que ella era la única mujer de su vida, según reveló la publicación estadounidense. Esta demostración de determinación romántica echó por tierra los planes maternos de Grace Kelly.
Una boda marcada por la tensión familiar
La presión familiar no logró disuadir a los jóvenes enamorados. El 29 de junio de 1978, la princesa Carolina contrajo matrimonio con el banquero parisino en una ceremonia al aire libre celebrada en los jardines del Palacio del Príncipe de Mónaco, el mismo escenario donde Grace Kelly había desposado al príncipe Rainiero en 1956.
Los recorridos por las calles del principado fueron vitoreados por la mayoría de los 26.000 habitantes de la época, aunque el príncipe Rainiero apenas conseguía disimular su disgusto.

Para la ocasión, la novia lució un vestido personalizado creado por Marc Bohan para Christian Dior, quien mantenía una estrecha amistad con Grace Kelly y ocupaba el cargo de director creativo con mayor antigüedad en la prestigiosa casa de moda francesa. El diseño en organdí blanco con bordados florales presentaba un corsé de encaje transparente, mangas fluidas y una falda amplia que rompía con los estilos ostentosos de la época.
Siguiendo las tendencias nupciales de los años setenta, Carolina peinó su cabello en dos moños adornados con pequeñas flores y un velo extenso, prescindiendo de la tiara tradicional real.
Pese a que la boda se convirtió en un evento mediático global, el matrimonio tuvo una duración efímera. People confirmó que en 1980, apenas dos años después de la ceremonia, la princesa Carolina y Junot se divorciaron en medio de escándalos por las supuestas infidelidades del banquero, quien fue fotografiado acompañado de otra mujer mientras su esposa permanecía sola y cada vez más demacrada.

En 1983, Carolina inició un nuevo capítulo al casarse con Stefano Casiraghi, con quien tuvo tres hijos antes de que él falleciera en un trágico accidente durante una carrera de lanchas motoras en 1990. Casi una década después, en 1999, la heredera del trono monegasco selló una alianza que consolidó los lazos de Mónaco con la aristocracia europea al contraer matrimonio con el príncipe Ernst August de Hannover, fortaleciendo así los vínculos dinásticos continentales.
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