
La versión de la realidad que ofrecen los noticieros y las redes sociales puede ser desalentadora: el mundo está al borde de una nueva guerra, los estados hacen frente a desafíos estructurales y las sociedades sufren de exclusión e inseguridad. Y aunque todo eso sea cierto, vale decir que no es el panorama completo.
Ecuador no escapa a las complejidades del mundo globalizado y, a pesar de enfrentar situaciones críticas, tiene las condiciones y la entereza para construir un futuro de prosperidad, cada vez más abierto al mundo.
Quien conoce Ecuador sabe de lo que hablamos: toda la biodiversidad del planeta concentrada en un pequeño paraíso, habitado desde hace miles de años por culturas generosas que cultivaron una tradición gastronómica exquisita, ya sea a orillas de un océano cristalino, al pie de volcanes nevados o en medio de una densa vegetación tropical.
Ecuador es una tierra alucinante tanto como lo es la historia del cacao, ese fruto exótico del que viene uno de los productos más apetecidos y extendidos por el mundo: el chocolate. Pues sí, según estudios genéticos y arqueológicos recientes, el cacao no “nació” en Mesoamérica, como se creía hasta hace poco, sino en el sur de la amazonia ecuatoriana, hace más de 5.300 años.
Los vestigios encontrados en Santa Ana – La Florida (provincia de Zamora Chinchipe), revelan que culturas ancestrales como la Mayo- Chinchipe domesticaron la planta y fermentaban sus frutos para consumirlos como parte de su dieta, en prácticas rituales y con fines medicinales, muchos siglos antes de que lo hicieran los olmecas, hace unos 3.000 años. Al parecer, fue desde esta zona de Sudamérica que el cacao expandió su territorio, sus usos y encanto, primero hacia el norte del continente, y después más allá de los océanos.
Este hallazgo, demostrado científicamente a través de la detección de residuos químicos, granos fermentados y hasta trazas de ADN de cacao en piezas de cerámica halladas en el sitio, posiciona al Ecuador como el punto de partida de una tradición milenaria y lo consolida como un destino idóneo para el ecoturismo, sobre todo para quienes se interesan por comprender a profundidad lo que significan los productos con identidad y valor cultural, en la cotidianidad de las comunidades que han convertido, en este caso, al Theobroma cacao en una forma de vida, que va desde la sencillez de la producción artesanal hasta la complejidad del mercado global, las ferias y los premios internacionales.
Porque Ecuador, aparte de ser la cuna mundial del cacao, es el principal productor de una de sus más apreciadas variedades y el país de origen de algunas de las mejores marcas de chocolate en el mundo.
Además, gracias a la visión de sus productores locales, muchos de ellos organizados en cooperativas o redes rurales, en Ecuador prosperan las prácticas agrícolas sostenibles y las iniciativas de alojamiento comunitario y turismo ecológico que, a la vez que cuidan del medioambiente, mantienen viva una conexión con sus raíces y sus antepasados, y ofrecen un ambiente de hospitalidad y camaradería, en el que comparten sus saberes, sabores y sonidos, sus aromas, sus colores y sus condimentos, como expresiones de una cultura popular que está viva y celebra su profundo mestizaje.
Recorrer la ruta del cacao, descubrir su origen y su relación con decenas de generaciones que lo hicieron parte de su vida, puede ser, además de una experiencia inolvidable, un primer acercamiento al país de la mitad del mundo, la puerta de entrada a otras regiones que el Ecuador ofrece, a otros productos emblemáticos o con denominación de origen, a sus ciudades patrimoniales, su incomparable biodiversidad y su multiculturalidad.
Porque, aunque parezca una exageración, caminar entre volcanes activos o lagunas multicolores, bucear entre tiburones y lobos marinos, visitar ferias y comercios indígenas, dormir en alojamientos gestionados por comunidades rurales, participar en un ritual andino o una fiesta popular, avistar especies de aves o anfibios únicos en el planeta, se puede hacer sin tener que recorrer largas distancias ni someterse a itinerarios extenuantes, basta con visitar Ecuador y descubrir la otra cara de un país que está a la vuelta de la esquina.
* La autora es la embajadora de Ecuador en la Argentina.
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