
Murió Francisco, un papa, por decir lo menos, polémico. Sin duda fue un gran líder espiritual que apuntó la Iglesia hacia los pobres y los desposeídos con una mirada de misericordia única para un prelado de esta altura. Jorge Mario Bergoglio, su nombre de pila, fue un papa tolerante en muchas cosas y totalmente intolerante con sus críticos, que deja un legado espiritual muy importante, que es su principal función, seamos sinceros; una herencia política muy cercana a su ideología peronista y una Iglesia abierta a nuevos temas, pero muy dividida en un momento muy complejo.
El legado de Juan Pablo II era muy difícil de superar. Su trabajo, fundamental en la caída del muro de Berlin, y su carisma, bien conservador, eso sí, lo convirtieron en un ícono de la Iglesia católica de los últimos 50 años. Luego de su sucesor, Benedicto XVI, llegó el primer papa latinoamericano y el primero no europeo en más de 1.300 años, no poca cosa.
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El cambio fue inmediato. En su primera salida al balcón como nuevo pontífice obvió la capa roja papal, símbolo de la realeza pontificia, y los zapatos rojos, símbolo del martirio y el poder papal. Salió con sus zapatos normales y el sencillo vestido de obispo, le pidió a los fieles en la plaza de San Pedro que rezaran por él, antes de bendecirlos como nuevo papa, y se identificó como un obispo de Roma.

La humildad fue uno de sus rasgos más profundos en toda su vida como sacerdote y su trabajo como pontífice en ese sentido tenía un objetivo, mostrar a una iglesia cercana al fiel y romper con esa estructura de realeza que ponía una barrera entre el Vaticano, la misma Iglesia y los fieles. Nunca utilizó el palacio apostólico para vivir y prefirió un cuarto de 70 metros en la casa de Santa Marta, un hotel para los sacerdotes que visitan el Vaticano. Igualmente, comía en el comedor del hotel con el resto de comensales. Decía no querer vivir “aislado” para mantener la sobriedad espiritual y estar en contacto con la realidad.
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El segundo mensaje que envió Francisco al inicio de su papado fue clarísimo: yo me debo a ustedes, los fieles. Sin duda inició un camino de inclusión en la Iglesia que si bien no llenó las expectativas de los sectores más radicales (en la Iglesia también hay un sector woke) sí abrió la discusión sobre muchos temas y creó mucho más espacio para las mujeres y los laicos en el trabajo tanto del Vaticano como en la Iglesia en general.
Hoy pensar que en un futuro habrá mujeres en el sacerdocio y sacerdotes casados, algo con lo que estoy de acuerdo, no es descabellado. Esa discusión la abrió Francisco, y así muchos le reclamen no haberlo hecho sí comenzó ese camino. Frente al tema gay fue claro: “quien soy yo para juzgar”, contestó ante una pregunta sobre el tema. Cambió el tono de la discusión del pecado grave y la condena al de respeto y compasión. Abrió la puerta a la bendición pastoral a parejas del mismo sexo, algo distinto a aceptar el matrimonio gay, lo que le generó tremendos problemas con obispos de todo el mundo, en especial de África, que se negaron a aplicarlo. Nuevamente, Francisco inició un camino que ojalá no acabe siendo la entrada de toda esa ideología woke al sínodo de la Iglesia.
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En ese mismo sentido, sus acciones y sus discursos a favor de los “más pobres y los más humildes” fueron el centro de su papado. Sin embargo, esto no se quedó solo en palabras y en símbolos, lo dejó consolidado como uno de los temas centrales de la Iglesia al incluirlo en la constitución de la Curia y en el trabajo de todos los dicasterios, o ministerios, en lenguaje laico, del Vaticano. Claro, este tema también generó críticas, no por el enfoque en sí sino por el discurso permanente en contra del capitalismo desregulado o neoliberal, lo que llevó a algunos sectores a calificarlo de anticapitalista. Su mensaje fue más en contra de la exclusión y del culto al dinero, un mensaje muy acorde con el populismo del Siglo XXI de Latinoamérica. Su historia peronista ahí salía a flote.
El tercer mensaje, cuando se identificó como el obispo de Roma, fue el de querer una iglesia descentralizada donde el Vaticano ya no es el poder absoluto que todos obedecen. Lo que el Papa llamó la “saludable descentralización” se convirtió en la transferencia de poderes del Vaticano a los obispos y las conferencias episcopales de los distintos países, eso sí, sin afectar la unidad de doctrina de la Iglesia. Incluso, Francisco propició sínodos locales y regionales como el sínodo de la familia o el sínodo de la Amazonía.
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El papa Francisco se convirtió en una voz política muy importante, no solo en el tema económico antes mencionado. La migración y los refugiados, el cambio climático y la justicia social fueron elementos permanentes en su discurso. Se quejó en público y en carta a los obispos norteamericanos sobre la política de migración de Trump en su primer período; sin embargo, guardó silencio frente a la masiva generación de refugiados producto de la dictadura de Maduro.

Fue en estos temas políticos donde más se equivocó el papa y donde mostró su ideología peronista, adquirida desde su infancia. Trató a Cuba y a Venezuela con guantes de seda y en el caso de Hamas nunca condenó explícitamente los atentados terroristas, mientras sí utilizó un lenguaje muy duro en contra de las acciones de Israel en Gaza. Lo mismo sucedió con la guerra de Ucrania, donde evitó acusar a Putin y a Rusia de la invasión y sí dijo de la OTAN que “ladraba en las puertas de Rusia”, lo que muchos interpretaron como una justificación de la invasión.
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Su mirada política fue inconsistente, pues su crítica se obviaba o se suavizaba si iba dirigida contra un régimen de izquierda, así fuera una dictadura, o un país con dificultades en las relaciones diplomáticas como China. En este último caso, nunca condenó la persecución a las minorías católicas, cristianas o uigures y, además, aceptó las condiciones del régimen Chino para el nombramiento de obispos. Muchos dentro y fuera de la Iglesia consideraron esto como una claudicación por razones políticas.
En fin, muere un papa que llevó a la Iglesia al siglo XXI y que en temas propios fue sensato aunque disruptivo. Deja un camino para seguir, pero con la dificultad de una Iglesia que crece en África, Asia y América Latina y cae brutalmente en Europa y en los países desarrollados, donde la cultura woke es muy fuerte, en contravía a lo que se da en otras regiones del mundo.
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Veremos qué camino toma la Iglesia con el nuevo papa y, como católico practicante que soy, estoy seguro de que el Espíritu Santo iluminará a los que asisten al cónclave para elegir el mejor líder espiritual para afrontar un mundo que está en crisis moral, ideológica, de fe y, sobre todo, de líderes. Dios los bendiga.
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