Mientras otras selecciones sueñan con clasificarse dentro de la cancha, Israel vuelve a convivir con un escenario donde la política, la guerra y las tensiones internacionales terminan condicionando incluso aquello que debería permanecer como territorio neutral: el fútbol.
Detrás de cada eliminación o de cada aislamiento no hay solamente una federación o un país. Hay chicos que entrenaron toda su vida soñando con vestir una camiseta en una Copa del Mundo. Hay carreras cortas, oportunidades irrepetibles y generaciones enteras que sienten que cargan con responsabilidades que exceden completamente al deporte.
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El fútbol mundial suele hablar de inclusión, de unión entre pueblos y de la capacidad del deporte para tender puentes aun en los peores contextos. Sin embargo, muchas veces esos principios parecen aplicarse de manera selectiva. Y allí aparece una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto es justo que los futbolistas paguen consecuencias por decisiones políticas o conflictos que no controlan?
El fútbol israelí reparte jugadores a muchos equipos de Europa pero cuando los junta para jugar un torneo tiene que enfrentarse con potencias mundiales para intentar logros.
Israel ya conoce demasiado bien esta historia. A lo largo de décadas, distintas generaciones vieron cómo partidos eran suspendidos, sedes rechazadas, competencias condicionadas o contextos internacionales convertían a la selección en mucho más que un equipo de fútbol. El resultado es que miles de hinchas y jugadores crecieron sintiendo que nunca compiten únicamente dentro de una cancha.
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En este mundial de 48 equipos hay decenas de equipos inferiores a la selección israelí, clasificaron legítimamente y nadie lo puede discutir. Pero lo lograron dentro de una cancha contra un rival de su continente. Israel no solo no jugó contra sus “vecinos” sino que tampoco pudo jugar de local. Una ventaja que es similar a decir en términos futboleros “les damos los puntos”
Nadie discute la gravedad de los conflictos internacionales ni el sufrimiento humano que producen. Pero precisamente por eso el deporte debería ser uno de los pocos espacios capaces de sostener el encuentro, la competencia y la convivencia aun entre diferencias profundas.
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Cuando el fútbol deja de resolver las cosas con una pelota y empieza a hacerlo mediante vetos, presiones o exclusiones, pierde parte de su esencia.
Y otra generación de jugadores vuelve a quedarse sin Mundial.
*El autor es el director del medio Vis a Vis
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