
Como fenómeno de masas, la política tiene una propensión natural hacia el espectáculo. No es nuevo el tema, el problema es que con frecuencia no es más que eso. Las estrategias electorales son como las publicitarias; los expertos en mercadotecnia son jefes de campaña; las preferencias del electorado se interpretan con los mismos métodos que se analizan los gustos del consumidor.
El ciclo de noticias opera a la velocidad de la luz, no hay ocasión para el análisis. Todo es efímero, sólo queda registro del espectáculo: tweets, posts y soundbites. Los políticos ya no son formadores de opinión; o sea, líderes, son espejos que reflejan esos gustos. No hay mensaje ni sustancia, tan solo proyectar una imagen y reproducir el espectáculo. Y desde luego los medios y redes sociales, con sus inevitables fake news, magnifican el show.
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Ello es un incentivo para lo impropio e inadecuado, hoy habitual en el discurso; es decir, la vulgaridad que muchos llaman “populismo”. Con frecuencia invita el insulto, pero no pasa por el lenguaje que se utiliza, ni la elegancia del interlocutor. Sea procaz o gentil el léxico, lo que importa es el carácter normativo de la deliberación pública, su ética y su estética.
El descontrol frente al micrófono y frente al teclado se ha naturalizado, es una manera habitual de hacer política. Es una suerte de plaga, capaz de intoxicar también las relaciones entre Estados. Improcedente e inaceptable, es normal que el mandatario de un país emita opiniones, juicios e insultos acerca de un gobierno extranjero, aún al precio de una crisis diplomática.
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Tal como acaba de ocurrir entre los gobiernos de Argentina y de España. Claro que comenzó mucho antes del reciente chicaneo entre Pedro Sánchez y Javier Milei. Y, de hecho, fue el presidente del gobierno español quien lo inició al tomar posición pública en las elecciones argentinas de 2023 en favor de Sergio Massa, el rival de Milei.
Desde entonces, él y varios miembros de su gobierno se han referido a Milei—a la postre elegido e investido presidente—con un aluvión incesante de insultos: fascista, facha, misógino, populista irresponsable y otros. Sánchez mismo le acusó de menospreciar a los enfermos de cáncer, y de liderar “la internacional ultraderechista”.
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La prensa adepta ha recogido y reproducido estos insultos disciplinadamente. Para muestra alcanza con el diario El País, convertido en órgano de difusión de Pedro Sánchez desde su llegada al gobierno en 2018, el cual acostumbra a referirse al “ultraderechista Javier Milei”. El más reciente insulto fue del ministro de transporte español, quien acusó a Milei de “ingerir sustancias”.
Cabe decir que Milei esperó y devolvió donde más duele por medio de un comunicado. En el mismo repudia las calumnias y destaca que los problemas del Ejecutivo español son “las acusaciones de corrupción que caen sobre su esposa, asunto que lo llevó incluso a evaluar su renuncia”.
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Milei puso el dedo en la llaga, a propósito de la política como espectáculo. Nadie en España creyó que pensara en renunciar, habría sido completamente anómalo en quien no dudó en asumir el gobierno siendo segundo con el 30 por ciento de los votos y por medio de alianzas espurias. Yo mismo analicé aquí “El populismo fallido de Pedro Sánchez”, a raíz del melodrama que protagonizó.
Pero el inconveniente de Pedro Sánchez no es sólo la investigación de su esposa, también lo es su déficit de legitimidad, lo cual lo hace débil. En su debilidad, lo único que le queda es el espectáculo, como en la famosa “carta de casi-renuncia”, el descontrol frente al micrófono, los soundbites de alguien que cree ser conocedor de todos los temas.
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Es grotesco Sánchez, capaz de pontificar sobre todos los temas con naturalidad y destreza: política exterior de la Unión Europea, Israel y Palestina, Ucrania y Rusia, por supuesto Estados Unidos y, por qué no, también Argentina. El problema es que Sánchez habla de todo porque no sabe mucho de nada, exhibe las clásicas certezas del ignorante. A propósito, si Milei es un “ultra”, en todo caso sería un “ultraliberal”, persuasión filosófica e ideológica incompatible con el fascismo.
Pero, además, Sánchez tiene una dificultad adicional con Milei. Pierde con él cuando se trata de la política como espectáculo, pues Milei sube a un escenario, canta rock y lo hace bien. Y pierde en cuanto a comunicar un mensaje con sustancia. Sánchez habla de woke y de lo que no sabe, Milei habla de cómo hacer funcionar el capitalismo para generar prosperidad. En la Argentina post-kirchnerista, una verdadera heterodoxia.
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Es decir, Milei habla de un sistema económico cuyo éxito se basa en estabilidad de los derechos de propiedad, apertura comercial y hospitalidad hacia la inversión extranjera. Algo así como lo que tiene España, de hecho, y que fue construido por un lúcido líder socialista entre 1982 y 1996. No era Pedro Sánchez.
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