
A propósito de cumplirse el 27 de octubre el centenario del nacimiento del Carlos Andrés Pérez, quienes le conocimos y acompañamos en su gestión estamos reviviendo los días de insensatez y miopía política que pusieron fin a su segunda administración para abrirle las puertas al populismo destructor. Fueron los días en que la dirigencia de Venezuela prefirió hacer colapsar la democracia antes que asumir la responsabilidad de abandonar el rentismo para sumarse a la creación de riqueza y a la profundización de la democracia.
Eran los días en que América Latina parecía haber llegado a la mayoría de edad. Con la única excepción de Cuba, el continente entero enarbolaba las banderas de la democracia y todas las naciones habían puesto sus casas en orden luego del ciclón de deuda que envolvió a la región en los años setenta y ochenta. Por primera vez en toda su historia, las naciones de América Latina habían colocado de manera casi simultánea el desarrollo por encima de las ambiciones de poder. Y todas compartían la visión del poder trasformador del libre comercio.
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En este contexto Carlos Andrés Pérez se abocó a la tarea de insertar a Venezuela dentro de la corriente transformadora latinoamericana. Era la agenda de la racionalidad. La razón indicaba que el desarrollo era inalcanzable sin disciplina fiscal; defensa del estado de derecho; libertad económica, mejora sustancial de los servicios públicos y competencia.
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Esta agenda, sin embargo, era una declaración de guerra a los intereses creados alrededor de las instituciones políticas de Venezuela. Herederas del Medievo español, fomentaron a lo largo de toda la vida independiente la creación por el Estado de monopolios artificiales para facilitar la extracción de renta. Y la sociedad entera derivaba su sustento de operaciones rentistas.
De allí que un programa que promoviera la creación de riqueza y diera cabida a la competencia económica fuese visto como un proyectil lanzado contra la línea de flotación de un sistema mediante el cual los empresarios no competían; los políticos no trabajaban; los militares no luchaban y las universidades no producían conceptos dignos de figurar en los índices de citación del mundo.
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El programa de Carlos Andrés Pérez pretendía acabar con la cultura medieval del rentismo y sembrar en su sitio las plantas de la libertad individual y la creación de riqueza.
La contraofensiva de los intereses creados no se hizo esperar.
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Aprovechando la decepción que el pueblo sentía con la democracia como consecuencia de la ausencia de progreso económico que había caracterizado a la década perdida y de la expansión de la corrupción, las cúpulas institucionales de Venezuela se agruparon detrás del proyecto de deshacerse del líder que fomentaba el cambio. Y en la medida que este desquerer popular afloró en las encuestas, las élites comenzaron a utilizar el argumento para crear una metaverdad que colocaba al pueblo de Venezuela como protagonista de la contra reforma. Era fundamental preservar el status quo imperante antes de la crisis de la deuda porque este le garantizaba el control de la economía y, por esa via, el poder político.
Y comenzamos a observar alianzas contra natura. El partido Comunista de Venezuela, por ejemplo, oponiéndose a la reforma financiera que pretendía colocar a la banca bajo el control de organismos reguladores efectivos. Los empresarios venezolanos que durante años habían enarbolado las banderas del libre comercio oponiéndose al ingreso del país en el GATT. Ambos unidos en la denuncia de una corrupción del gobierno que nunca pudo probarse porque se trataba de un gabinete poblado de talentos jóvenes sin amarres con los partidos políticos y sin interés alguno en hacer carrera política luego de la experiencia gubernamental, que era vista en términos weberianos
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Y esas arenas trajeron los lodos que hoy vivimos porque les abrieron la puerta a dos enemigos de la libertad. Uno doméstico, representado por los intereses del rentismo, que prefirió abrirle la puerta al populismo a expandir la libertad. Otro externo que desde hacía muchos lustros contemplaba la idea de usar a Venezuela como plataforma de financiación de su delirio revolucionario,. Y entre ambos lograron derrotar a Carlos Andrés Pérez y sepultar a Venezuela.
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