
Uno de los problemas que el coronavirus le presenta a la comunidad internacional es que justo en el momento en qué más necesitamos del multilateralismo, este atraviesa una profunda crisis.
Entre otras funciones, el multilateralismo -definido como el trabajo coordinado de los Estados para alcanzar un objetivo común- facilita la interacción de los funcionarios de los distintos gobiernos. Esto ocurre, por ejemplo, durante los encuentros del Grupo de los 20 o en la asamblea anual de Naciones Unidas. El intercambio de información que tiene lugar en estas ocasiones ayuda a eliminar el tipo de malentendidos que incrementan los niveles de incertidumbre y, con estos, los conflictos internacionales.
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El multilateralismo también ayuda a establecer reglas. Luego de la Segunda Guerra Mundial, se crearon una serie de organismos que tienen como función regular la conducta de los Estados. Por tomar un caso, si un país impone restricciones a la entrada de productos de otra nación, la Organización Mundial del Comercio puede permitirle al país afectado imponerle sanciones en reciprocidad. Estas reglas brindan mayor previsibilidad, fomentando así el bienestar de todos los países.
El multilateralismo jugó un rol clave durante la recesión económica del 2008 al evitar que esta se transformara en una depresión mundial. En ese entonces el G20 (del cual la Argentina forma parte) sirvió como foro para que ministros y presidentes coordinaran sus políticas monetarias y fiscales. Su rol también ha sido fundamental a la hora de enfrentar a las nuevas amenazas. Gracias a este fue posible la firma del Acuerdo de París para combatir el cambio climático. Hoy en día, la aparición del coronavirus deja en claro la necesidad de que los gobiernos compartan información sobre la pandemia, desarrollen una vacuna para combatirla y brinden mayores recursos a la Organización Mundial de la Salud.
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Pero a pesar de su importancia, en los últimos años el escenario internacional se ha vuelto más hostil para multilateralismo. Los líderes actuales tienden a ser más nacionalistas que en el pasado y el conflicto estratégico entre China y Estados Unidos ha llevado a que las potencias prioricen sus intereses de corto plazo. En un contexto como este, la colaboración se ha vuelto más difícil. ¿Qué podemos hacer entonces para que las instituciones internacionales vuelvan a ganar influencia?
En primer lugar, no debemos repetir los errores del pasado. Estas organizaciones suelen cumplir con sus objetivos cuando se limitan a coordinar las acciones de los países miembros. Los intentos por darle autonomía de los gobiernos que los conforman han sido poco exitosos. Esta sucesión de fracasos es, en parte, responsable del debilitando actual del multilateralismo.
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Tomemos el caso de las Naciones Unidas. Este organismo puede generar incentivos para que los conflictos disminuyan, pero cuando ha intentado frenar el accionar de las potencias generalmente fracasó. Estados Unidos y Rusia, por ejemplo, han intervenido militarmente en otros países sin que la ONU pudiera hacer mucho al respecto. Algo similar ocurre con la Unión Europea, que por un tiempo fue vista por las élites europeas como un proyecto superador de los Estados que la conforman. Hoy en día la UE atraviesa una profunda crisis debido a que las distintas poblaciones se han opuesto a que esto suceda, siendo el del Brexit el ejemplo más claro. En definitiva, si no somos realistas respecto a lo que pueden lograr las instituciones internacionales -y el multilateralismo en general- no tendremos éxito.
Esperemos entonces que la aparición del coronavirus generé incentivos para que los Estados trabajen en conjunto más allá de sus diferencias. Pero para ser exitosa, esta colaboración debe darse bajo un marco realista que tenga en consideración los intereses de los países -y en especial los de China y los Estados Unidos.
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El multilateralismo es especialmente importante para un país medio como la Argentina, dado que nos permite sentarnos en algunas de las mesas en donde se toman -o al menos se discuten- las decisiones. Como mínimo esto nos permite mantenernos informados, pero en ciertas ocasiones también nos permite limitar, junto a otros países, el accionar de las grandes potencias -que, en busca de alcanzar cierta legitimidad, estarán dispuestas a hacer concesiones.
En el plano internacional, debemos aprovechar nuestra presencia en foros como el G20 para impulsar los temas de la agenda internacional que más nos preocupan. Una mejor coordinación de los sistemas de salud será a partir de ahora una prioridad, pero también lo deben ser la promoción del comercio, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y la lucha contra el cambio climático. En la región, tendríamos que promover aquellas organizaciones que tengan como objetivo coordinar el accionar de los Estados y no impulsar un determinado proyecto ideológico. El no haberlo hecho en el pasado es uno de los motivos que explica el fracaso del Unasur, promovido por los gobiernos progresistas, y del Prosur, por los liberales. En este sentido, el Mercosur debe servir de puente para integrarnos a la economía mundial y promover, al mismo tiempo, una mejora de la infraestructura que nos une con nuestros vecinos sudamericanos. Estos objetivos son deseables y alcanzables.
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El multilateralismo le permite a la comunidad internacional acordar objetivos y reglas en un mundo cada vez más incierto. Su defensa debe por lo tanto ser un objetivo central de nuestra diplomacia.
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