FOTO DE ARCHIVO: Papa Francisco orando en la basílica de San Pedro en el Vaticano, 31 de diciembre, 2019. REUTERS/Yara Nardi
FOTO DE ARCHIVO: Papa Francisco orando en la basílica de San Pedro en el Vaticano, 31 de diciembre, 2019. REUTERS/Yara Nardi

Hace unos días, en la Capilla de Santa Marta del Vaticano, el Papa abordó nuevamente el tema de la envidia.

¿De qué se trata?

La envidia es el sentimiento de rechazo que se siente frente al bien ajeno, sea este un bien material como los bienes patrimoniales, inmaterial como el prestigio o la fama, la tenencia de virtudes o cualidades como la inteligencia, el amor o la belleza.

Carcoma de quien quiere dañar y se daña a sí mismo

La envidia es un sentimiento destructivo, que daña al ser envidiado y al envidioso.

En la función pública es frecuente ver que el corrupto envidia al que no lo es, el cobarde al que con valor afronta situaciones de adversidad con el fin de hacer lo que debe y es reconocido por ello, al mediocre que envidia al talentoso o sobresaliente, a veces los ancianos que no saben aceptar la riqueza de esa etapa de la vida envidian a los jóvenes.

Un bacilo que se encuentra en el arquetipo de la sombra

En general los sentimientos de envidia y celos ocupan un lugar privilegiado de la sombra del envidioso. Como enseña Carl Jung, el arquetipo de la sombra es el lado oculto de nuestra personalidad. Cara oculta donde se contiene “lo más primitivo, los egoísmos más afilados, los instintos más reprimidos”. El “yo” frente a la virtud o cualidad del otro puede aceptarlo o sentirse desautorizado, disminuido, abajado -palabra esta última propia del lenguaje bergogliano- por esa presencia. Más aún cuando la misma expone el desorden del sujeto. Entonces la propensión al mal despierta el bacilo de la envidia que permanecía sumergido en los abismos más profundos de su ser y el deseo de la destrucción del envidiado.

La luz que irradia el sujeto social de la justicia -por poner un ejemplo- cuando su comportamiento es un real “ajustamiento” a los desbordes e ilicitudes del juzgado -aunque los recursos mundanos la puedan negar, apagar y tergiversar- opera como un flash en medio de la noche poniendo de relieve la parte oculta de aquel.

La peste de la envidia se extiende fácilmente en el ser sombrío cuando otros recursos podrían haber evitado los sentimientos perversos persistentes, los reproches insoportables y que la inteligencia se vuelque contra el otro y a la vez contra sí misma. Nos referimos a la terapia psicoanalítica o al amor interhumano que enseña Nuestro Señor Jesucristo.

La historia (personal) y el amor son capaces de penetrar las sombras y revelarnos la raíz de nuestros sentimientos desde la comprensión y la caricia. “Uno no ilumina…sino haciendo consciente la oscuridad”, dice Carl Jung.

La experiencia del análisis y el ascenso del alma por la reconversión espiritual son polos que lejos de excluirse resultan complementarios.

La envidia llevó a Jesús a la muerte

“Pilatos (el que se lavó las manos) -dice el Papa Francisco- era inteligente. Y Marcos, en el Evangelio, dice que Pilatos se dio cuenta de que los jefes de los escribas le habían entregado a Jesús por envidia: la envidia -según la interpretación de Pilatos, que era muy inteligente pero cobarde- es lo que llevó a Jesús a la muerte. El instrumento, el último instrumento. A Jesús lo habían entregado por envidia. Pidamos al Señor, la gracia de no entregar a la muerte a un hermano, una hermana de la parroquia, de la comunidad, ni siquiera a un vecino del barrio. Cada uno tiene sus pecados y virtudes. Son propias de cada persona. Miremos el bien y no matemos... por envidia o por celos”.

Las armas modernas de la envidia

La calumnia, los testigos falsos, el fariseísmo, el armado de causas judiciales y muchas condenas de la prensa contaminada por el odio o el dinero, las fake news, la repetición machacona y vil de la mentira pueden asumir un carácter performativo y desviado de la opinión pública. Esos vehículos de la mentira y de la calumnia, apoyados en actos de poder político y mediático, serán muy difíciles de desmentir, es decir, que la víctima de la envidia pueda reapropiarse de la verdad de su propio comportamiento.

Al mismo tiempo estas formas de persecución se hacen más fuertes cuanto mayor es la razón o el acierto del envidiado.

Por eso mismo los medios -empresas y periodistas- deberían -en una buena ecología de la prensa- no hacerse eco de la envidia.

“Recen por sus perseguidores”, dicen Mateo y Francisco

El ejemplo de Cristo víctima de la envidia y la mentira es relatado por San Lucas 23, quien cuenta: “Al llegar al lugar llamado de la Calavera, lo crucificaron allí, y con él a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda (33). Y …mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»” (34).

Y Mateo recordado en este punto por el papa Francisco dice que el Señor Jesús lo dijo muy claro: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos” (Mt 5, 44-45).

“Porque -añade Francisco- tratar bien a quien bien nos trata, no tiene mucho mérito ni reconocimiento, cualquiera es capaz de hacerlo. Lo que nos hace crecer viene cuando guardamos atención, respeto y preocupación por aquellos que, a nuestros ojos, no merecen nuestro cariño. Cristo nos hace un llamado mayor, nos pide que busquemos la perfección de Dios: ‘Sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo’" (Mt 5, 48).