El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.
El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.

Llegó al poder con una imagen pública cuidadosamente construida, una mezcla de estrella de rock y celebridad de Hollywood. Con linaje político, además, cautivó a la prensa, se coronó monarca de selfies y tweets, y se convirtió en campeón de todas las causas progresistas: medio ambiente, transparencia, derechos de las mujeres, LGBT, minorías e inmigrantes.

Ni que hablar de derechos humanos y democracia, si bien en realidad una agenda algo añeja para la vanguardia del actual iluminismo progresista. En otras palabras, un producto opuesto a su vecino del sur, su filigrana ha sido siempre ser el "anti-Trump", mensaje que su estrategia de comunicación proyectó con esmero.

El problema es que en esta era de la política en las redes sociales en simultáneo, es fácil morir de lo que se vive. Y algo de esto parece estar ocurriéndole a Justin Trudeau, Primer Ministro de Canadá.

Primero fue un escándalo de corrupción que derivó en crisis de gabinete. Una firma constructora, SNC-Lavalin, fue acusada en 2015 de obtener contratos en Libia por medio de sobornos. La propuesta del equipo de Trudeau para llegar a un arreglo con la empresa, y eludir una investigación judicial a fondo, fue rechazada por la propia Ministra de Justicia, la "Attorney General", luego desplazada a una cartera menor.

Según ella misma fue en represalia por no acatar las directivas del Primer Ministro. Lo cual provocó la renuncia de otros miembros de su gabinete. Jody Wilson-Raybould, la ministra en cuestión, no solo es mujer sino que fue la primera de origen indígena en ocupar dicho cargo.

La crisis ocurrió en marzo pasado. Inmediatamente después, en junio, fue publicado un informe de 1200 paginas sobre la violencia sufrida por mujeres y niñas indígenas, el resultado de tres años de audiencias y más de dos mil testimonios. El mismo documenta que el racismo y la misoginia forman parte del tejido de la sociedad canadiense, una violencia estructural ocultada por generaciones. El informe concluye que lo ocurrido amerita ser caracterizado como genocidio.

Trudeau había iniciado el proceso creando la "Comisión Nacional Investigadora sobre Mujeres y Niñas Indígenas Asesinadas y Desaparecidas". La entrega oficial del informe tuvo lugar en el Museo de Historia Canadiense, en Gatineau, Quebec, su propia provincia. Conmovido, el Primer Ministro dijo en su discurso que era un día "incómodo pero esencial para Canadá", reconociendo que el sistema de justicia había fracasado. No pronunció una sola vez la palabra "genocidio", término que aparece 122 veces en el reporte que le fue entregado en dicha ceremonia.

Son episodios desafortunados, por decir lo menos, en especial para quien tiene como agenda la reconciliación con los pueblos originales y otras minorías étnicas. Pues uno más de este tipo tuvo lugar esta misma semana. Se filtraron tres videos de Trudeau en diferentes etapas de su vida, como adolescente y como adulto, en los que se lo ve en fiestas de disfraces con la cara pintada de negro, imitando ser un "afro-canadiense", debería decirse.

Blackface, técnica de maquillaje teatral y parodia alguna vez aceptable, hoy es una forma de racismo socialmente censurable. Ello obligó a Trudeau a las disculpas y los arrepentimientos retroactivos de rigor.

"Lo que hice hirió a personas que no deberían tener que enfrentarse a la intolerancia y la discriminación a causa de su identidad. Estoy profundamente arrepentido". Aclaró también que jamás informó al Partido Liberal, su partido, acerca de estos hechos. "Para ser franco, me sentía avergonzado". De pronto se vio un Trudeau políticamente ingenuo. En año electoral, por si fuera poco, y hasta ahora annus horribilis, sus rivales prefirieron usar la palabra "hipócrita" como munición.

Es curioso el "progresismo" de hoy, enfatizo comillas. Tiene una lógica de secta religiosa, pues su corrección política lo hace dogmático en extremo. Así es como proclama una superioridad moral que nadie le concedió, más que expresar un proyecto político basado en la racionalidad. Y así es como su superioridad moral colapsa con frecuencia.

Es que el progresismo como idea es un producto de la filosofía positivista comtiana, "Orden y Progreso", precisamente. Como tal, no puede sino ser pragmático, reformista, a favor del conocimiento científico y el progreso técnico; es decir, la propia antítesis del dogma y la ideología. Y además es evolutivo, jamás creería que la historia empieza con uno ni termina con uno.

Tal vez Trudeau era racista en su juventud, no lo sabemos ni tendría importancia. Lo único importante es si fuera racista ahora. Tal vez lo era y cambió. En hora buena, la democracia se hace también con los conversos, no solo con los justos, los probos y los virtuosos. En definitiva, la política es una cena en la que sirven sapos, con la pura virtud es difícil hacer política. El problema es que estos progresistas de hoy terminan siendo victimas de su propia medicina.

La palabra hipocresía sirve, no obstante. No tanto por lo que Trudeau pensaba en su adolescencia sino por lo que su política exterior hace hoy: aliarse a Cuba y pretender convencernos que el régimen castrista tendrá un rol preponderante en la democratización de Venezuela. Tanto ocuparse de la identidad y los derechos de cuarta generación, Justin Trudeau parece desconocer los anteriores, los simples derechos civiles y políticos. Esos que la dictadura Cubana vulnera desde hace seis décadas.

Estos pseudo progresistas hacen muy difícil la tarea de ser progresista.